No hacen lo que dicen (Mt 23,3).
Un famoso cuento sufí del santo loco Mullâh Nasrudin narra que un rey, decepcionado por la falta de honestidad de sus súbditos, decidió obligarlos a decir la verdad. A tal efecto hizo colocar una horca a la entrada de la ciudad, mientras un guardia anunciaba:
–Todo el que entre por la ciudad deberá responder a una pregunta que le hará el capitán de la guardia. Y quien no diga la verdad será ejecutado.
El primero en pasar fue Nasrudin. El capitán le dijo:
–¿Dónde vas? Dime la verdad... o morirás ahorcado.
–Voy a que me cuelguen en esa horca –dijo Nasrudin.
–¡No te creo! –respondió el capitán.
–Muy bien –respondió tranquilamente Nasrudin–. Entonces ahórcame si he dicho una mentira.
–¡Pero entonces se convertiría en verdad! –dijo el guardia confundido.
–Exactamente –respondió tranquilamente Nasrudin–, tu verdad.
Las palabras son tan limitadas como nuestra mente. Y esta únicamente se mueve con soltura y eficacia en el mundo de los objetos (materiales, mentales o emocionales), ya que la tarea de pensar equivale a delimitar, es decir, a establecer fronteras y, en consecuencia, a separar y objetivar.
Cada vez somos más conscientes de que, debido a su propia naturaleza, la mente engaña desde el inicio, porque considera como «objetos separados» lo que no es sino una unidad inextricablemente interrelacionada. Toda separación es solo una ilusoria ficción mental.
Las palabras adolecen de ese mismo límite, con el añadido de que hacen creer que, por el hecho de nombrar algo, ya lo conocemos adecuadamente 1. No es extraño que nuestros antepasados, fascinados por tal espejismo, consideraran que «poner nombre» a algo equivalía a «tener poder» sobre lo nombrado.
En esa acción de nombrar ocurre además que el lenguaje tiende a sustantivar todo, con lo que, inadvertidamente, reduce la realidad a una suma de «cosas» aisladas, clausuradas y terminadas en sí mismas, ignorando que todo lo que existe forma parte de –y constituye– un flujo permanente en constante devenir. De hecho, el uso del infinitivo, y más aún del gerundio, dentro de los inevitables límites verbales, daría razón más adecuada de lo real. Todo es un incesante hacerse oestar siendode la Totalidad desplegándose en infinidad de formas que a su vez, dinámicamente, «están siendo» y «dejando de ser» 2.
La física cuántica nos descubre que no existen partes separadas en ningún nivel de la escala evolutiva: como una placa holográfica, cada fragmento es una expresión concreta de la única y misma realidad. El mundo –sigue advirtiendo la física cuántica– no es una suma de cosas (sustantivadas), sino una telaraña de intrincadas relaciones en perpetuo juego.Lo que vemos, por tanto, y por más que resulte extraño a nuestra mente y al llamado «sentido común»,no son nunca cosas, sino nuestra interacción con ellas. Porque, finalmente, no existen «objetos», sino «probabilidades de existir» bajo determinadas condiciones. Las llamadas partículas elementales no son en realidad objetos, sino estados excitados del originario vacío cuántico.
Cuando vemos cualquier objeto creemos estar viendo una realidad consistente, separada de todo lo demás y cerra