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ENCONTRARNOS CON EL RESUCITADO
Para bastantes cristianos, la resurrección de Jesús se reduce a un hecho del pasado. Algo que le sucedió a Jesús hace más de dos mil años. Un acontecimiento lejano e inaccesible, de importancia decisiva para la fe en Jesucristo, pero que no sabemos cómo vivir hoy desde nuestra propia experiencia.
Condicionados por una cultura que valora de manera predominante los «fenómenos observables», nos resulta difícil sintonizar con aquello que no podemos reducir a dato controlable. Entonces nos acercamos a la resurrección de Jesús como desde fuera. Hablamos del sepulcro vacío, las apariciones del Resucitado o el testimonio de los discípulos, pero no acertamos a vivir nosotros mismos la experiencia de encontrarnos con el Resucitado, que nos dice: «Yo soy el que vive. Estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos» (Apocalipsis 1,17-18).
Naturalmente, la resurrección de Jesús, como acontecimiento que alcanza su realidad plena más allá de la muerte, nos trasciende y desborda a los que nos movemos todavía en este mundo, tanto a nosotros como a los primeros discípulos. No nos es posible controlar ni verificar la resurrección de Jesús, solo acogerla gozosamente en la fe. Sin embargo, los primeros creyentes han vivido unas experiencias concretas que les han conducido a afirmar que «se han encontrado» con Jesús lleno de vida después de su muerte. El Resucitado se les ha hecho presente en sus vidas. ¿Podemos nosotros vivir hoy algo de lo que ellos han vivido? ¿Con qué experiencias podemos contar nosotros para encontrarnos con Jesús resucitado?
Sin duda, hay algo singular e irrepetible en la experiencia de aquellos primeros hombres y mujeres que se encontraron con el Resucitado. La suya es la experiencia primera de la que arranca propiamente la Iglesia de Jesús. Por el contrario, lo que nosotros podamos vivir se sitúa siempre en el interior de esa Iglesia nacida de la experiencia fundante y se apoya en el testimonio de los primeros que la tuvieron. Por otra parte, los discípulos reconocen en el Resucitado a aquel Jesús al que previamente han conocido en Galilea. En nosotros, por el contrario, solo se puede despertar la adhesión al Cristo que hemos conocido a través del testimonio de los apóstoles y la tradición guardada en la Iglesia.
Pero, una vez dicho esto, hemos de afirmar que la experiencia de los primeros discípulos no difiere esencialmente de la nuestra, puesto que todos hemos de movernos en el interior de la fe. El punto de partida es distinto y el contexto vital, diferente, pero el acceso a Cristo resucitado es, en ambos casos, un proceso de fe. De ahí que E. Schillebeeckx pueda decir que «no existe tanta diferencia entre el modo en que nosotros podemos alcanzar, tras la muerte de Jesús, la fe en el Crucificado resucitado y el modo en que los discípulos de Jesús llegaron a esa misma fe». Por eso es legítimo tratar de responder a preguntas como estas: ¿cómo podemos vivir hoy nosotros la adhesión a Cristo resucitado? ¿Cómo y cuándo podemos experimentar la fuerza y la vida que brotan de la resurrección de Jesús?
Sin duda, son múltiples las experiencias que, complementándose y sosteniéndose mutuamente, nos pueden encaminar hacia una fe viva en el Resucitado. Nosotros nos limitaremos aquí a recordar algunos de los rasgos de la experiencia vivida por los primeros discípulos para sugerir algunos caminos que nos permitan también a nosotros vivir hoy nuestra propia experiencia de encuentro con Jesús resucitado.
1. Encuentro personal con el Resucitado
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