En la escuela de la compasión
A modo de cita de encabezamiento para la oración del Padrenuestropodríamos colocar las palabras que el Altísimo dirige a Jonás: «¿Por qué tienes ese disgusto tan grande por lo del ricino?» (Jon 4,9). Con estas palabras, el Señor parece justificarse ante el profeta, enfadado por la compasión y la piedad de su corazón misericordioso.
La oración del Señor se convierte día tras día en una escuela en la que aprendemos a captar los tonos y colores de la vida sobre el trasfondo de la compasión y del amor divino. Aprendemos así a descubrir el rostro de un Dios que renuncia a su poder ilimitado para no humillar nuestra debilidad y permitirnos no solamente respirar, sino también reconocerlo como nuestro Padre. Con estas palabras, heredadas de los padres y entregadas a sus compañeros de camino más íntimos, el Señor Jesús responde a la pregunta de uno de sus discípulos y se hace maestro de oración para la vida en cada rincón del mundo y en cada segmento del tiempo. Repitiendo las palabras de la oración, entramos en un verdadero trabajo de orientación adecuada en el camino de la vida, que exige siempre la capacidad de distinguir, aclarar y elegir.
La oración, tal como nos la enseña el Señor Jesús, haciéndose, a la vez, modelo de ella para nosotros, es ante todo un instrumento para trabajar sobre nosotros mismos a fin de hacer crecer una relación con Dios que nos cure de nuestras derivas y nos libere de nuestros miedos. De ese modo nos volveremos cada vez más capaces de construir puentes de hermandad y de reconciliación. Mientras nuestro corazón se abre a la oración recibimos el pan de la piedad y del perdón, sin los cuales la vida no sería posible. La vida correría el peligro de revelarse imposible de vivir o, con toda seguridad, sería menos gozosa. La oración que nos ha enseñado el Señor es un verdadero aprendizaje del arte de vivir y una escuela cualificada de compasión. Un aprendizaje semejante pasa por la decisión de asumir nuestra pobreza hasta integrar amorosamente la de los hermanos y hermanas con los que compartimos el camino de la existencia, a veces tan duro. La oración, lejos de ser una fuga opiácea de la realidad, se convierte, por el contrario, en una escuela cotidiana de sabiduría y de caridad creativa. Esta escuela se prolonga durante toda la vida y es el trabajo interior que nos impulsa a zarpar hacia espacios cada vez más amplios de la existencia para no permanecer encallados en puertos tan seguros como mortíferos. Orar en la lógica encarnada e involucrada que subyace a las palabras del Padrenuestro<