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Joaquín y Ana, un Amor de cuento
#HilodelaInmaculada
–¡Ana, sal a despedir a tus tíos!
Caleb y Judith eran en realidad tíos de su, desde ayer, marido Joaquín, y volvían a Nazaret después de la boda. Había que despedirlos con honores pues habían sido los más generosos con los regalos. El resto de invitados se quedaría de celebración en Belén al menos una semana, pero estos familiares tenían que adelantar su regreso porque la enfermedad de Judith le impedía pasar largas temporadas fuera de casa.
–Gracias por todo, Ana –sonrió Judith–. Lo hemos pasado muy bien y volvemos encantados por vuestra acogida. Que Adonai bendiga vuestro matrimonio y os haga fecundos, que Él no aparte nunca su mano de vuestras cabezas. Mi sobrino es un buen hombre, pero tú eres una mujer excepcional. ¡Qué buen partido se ha llevado!
–Gracias a ti, Judith –respondió Ana sin perder aún el sonrojo–. Mi tío Caleb y tú habéis sido muy generosos con nosotros. Espero que el viaje no se te haga pesado y puedas descansar pronto en casa.
–¡Ay, sí! Gracias hija –contestó–. Es lo que más deseo en el mundo. Poder estar ya en casa. Cuando pase todo esto y os establezcáis por fin en Nazaret espero que vengáis mucho por casa.
–Así lo haremos, tía. Adiós, buen viaje –dijo Ana mientras la abrazaba.
Mientras que la caravana se iba alejando, la música comenzaba a sonar de nuevo en casa de Joaquín, donde se había celebrado el enlace. El olor a vino y a cabrito asado impregnaba el ambiente. Mientras paseaba por la casa saludando a los invitados, Ana no podía dejar de pensar en el día más maravilloso de su vida. ¡Qué hermoso lo vivido! ¡Cuánta emoción ayer en la dulce espera de su esposo rodeada de sus hermanas, de sus primas, de sus amigas del alma!
Cuando al fin oyeron los primeros sones de la música venir de tras la colina, el corazón parecía que se le iba a salir del pecho. Y, enseguida, las primeras lucecitas, allá a lo lejos, en lo alto del cerro. Los amigos de Joaquín, todos elegantes, guapísimos, con sus antorchas encendidas, bajaban cantando con tambores y cítaras: “¡Ábreme, hermana mía, amiga mía, paloma mía, mi perfecta! Que mi cabeza está cubierta de rocío y mis bucles del relente de la noche” 1.
–¡Ya viene Joaquín! ¡Ya viene Joaquín! –gritaban las primas chicas–.
¡Ay, qué gozo! ¡Qué ilusión cumplida! Solo podía rezar y dar gracias al Señor del universo:
–Pon en mi corazón la capacidad de amar, dale a mi espíritu el don del perdón –rezaba Ana en su interior–.
Ella sabía por experiencia que el perdón era muy necesario en el matrimonio. Lo había vivido en el de sus padres. Peleaban a diario, tenían un carácter fuerte; pero a la luz del fuego, en la noche de Nazaret, había visto a su padre pedir perdón y a su madre perdonar, había visto a su madre pedir perdón, y a su padre perdonar.
–¡Qué galante Joaquín! –pensaba Ana–. Me trató como a una reina en el camino desde mi casa hasta casa de su padre. En medio de la comitiva, rodeados de todos los invitados con luces encendidas. Yo ya sabía quién era él. Le había visto trabajar por su casa, honrar a sus padres, cuidar de sus hermanas pequeñas. Nunca decía no a hacer algo por los demás, y ¡qué ojos!
La mirada de Joaquín tenía algo especial, parecía penetrarte hasta el fondo de tu ser para reírse contigo cuando estabas alegre y llorar contigo cuando estabas triste.
Muchas casamenteras habían intentado echarle el lazo, pero a él no le interesaban ni las dotes de los padres, ni la belleza de las candidatas, ni que fueran la más hacendosas del pueblo. Él y sus padres primaban una mujer que temiera al Señor, porque “engañosa es la gracia y vana la belleza” 2.
Ana siempre decía que fue un ángel quien los unió. El ángel era Peraj, la hermana peq