INTRODUCCIÓN
Un antiguo ritual
Me pongo en marcha a las siete de la mañana. Ya ha pasado el solsticio de verano, así que el sol ha salido hace horas y brilla intensamente en el cielo, sobre mi cabeza, cuando enfilo la bicicleta hacia el camino. Por lo general me encanta el calor. Como le sucede a tanta gente que vive sometida al húmedo y cambiante clima de una isla, me apresuro a salir en cuanto percibo el primer atisbo de sol. Pero ahora mismo estamos en medio de una larga y persistente ola de calor, el verano más cálido del que se tiene constancia en todo el hemisferio norte. A lo largo de seis semanas las temperaturas rebasarán los 30oC durante el día. Las flores de las jardineras se están secando. La ropa se pega a la piel. El césped de Castle Park, el lugar favorito de la gente de Bristol para reunirse a beber, está totalmente pelado.
Mientras acelero por la red de carriles bici de la ciudad, que se despliegan como arterias de este a oeste, trato de hacer caso omiso a las plantas marchitas, al humo y al tráfico de la hora punta que abarrota las calles para acudir una jornada más al trabajo. Dejo atrás bloques de oficinas y centros comerciales, y luego pasos elevados y complejos industriales. Por fin llego a los límites de la ciudad. Pese a que el campo está desteñido por el sol —otra víctima de la ola de calor—, me siento agradecida. Abandono el cemento y el asfalto, y a mi espalda quedan el olor a gasolina y a alquitrán recalentado.
Desde los límites de la ciudad, tardaré otra hora más en llegar a mi destino. Según el mapa que tengo en mi teléfono móvil la ruta me hará trasponer granjas, campos, a lo largo de la orilla de un río, antes de adentrarse en el norte de Somerset culebreando tras las vías de los trenes. Ya estoy empapada de sudor, pero ahora no puedo volverme atrás. Al escapar de la ciudad, estoy dando comienzo a un ritual que es a un tiempo asombrosamente antiguo y absolutamente moderno. Acudo a la naturaleza en busca de salud.
No es porque me encuentre mal, de momento. Pero llevo un tiempo advirtiendo el interés que despierta en todas partes la naturaleza curativa. Los colegios están sacando sus clases a la calle. Los hospitales se están viendo engalanados, un poco a la antigua usanza, de jardines y espacios verdes ideados para esparcimiento y relax de los pacientes. Las instituciones benéficas en pro de la salud mental nos aconsejan tomar nuestra «dosis diaria de vitamina N», buscar una manera de desconectar en los bosques y las reservas naturales. Los consultores naturales ofrecen a las empresas excursiones a entornos silvestres bajo la promesa de que sus empleados serán más productivos, más creativos y flexibles. En el pequeño archipiélago escocés de Shetland, ya es posible acudir a la consulta médica con síntomas de depresión, ansiedad y estrés y salir de allí con una «receta natural», en la que no falta el consejo de reconectar con ese mundo repleto de vida que hay en las costas de Shetland, sempiternamente barridas por el viento.
Por repentina que parezca esta moda, no hay nada nuevo en la noción de que la naturaleza pueda ser curativa. Durante mucho tiempo nos han rodeado las historias de gente que recupera la salud, que encuentra alivio y sentido, en los entornos naturales. Podemos atribuir a los poetas románticos la invención de una naturaleza curativa, benéfica: un lugar de inocencia que nos enseña a ser buenos, y donde podemos entrar en contacto con lo mejor de nosotros mismos. Pero si echamos la vista todavía más atrás, veremos que nuestros recuerdos culturales más profundos, los mitos y las leyendas más antiguos de las culturas occidentales, ya referían que la naturaleza podría curar la mente y el alma. Los antiguos griegos y romanos tenían la poesía bucólica, relatos de las granjas y los bosques que incitaban a los ciudadanos a que abandonasen los muros de la ciudad, con la promesa de que allí encontrarían un tipo de vida más puro, más sensual y emocionante. La alargada sombra de lo que para aquellos individuos era un paraíso rural, la Arcadia, planea sobre el arte y la literatura. Lo bucólico apunta a un enclave áureo donde personas, animales, plantas, y tierra, agua y aire (las fuerzas elementales de la medicina ancestral) coexisten en feliz armonía.
Como a tantos otros, la naturaleza no ha dejado de tentarme durante buena parte de mi vida para que abandonara las ciudades, las oficinas y la comodidad de mi hogar. Nunca he llegado a considerar esos viajes como una búsqueda de salud, ni siquiera como un rem