El EUR, distrito fascista de la ciudad, ha de visitarse obligatoriamente un domingo de buena mañana, a esa hora en que el alba puede pasar por el crepúsculo, el olor a orina impregna aún el aire y yacen por el suelo cascos de botella y colillas de cigarro que quizá sean barridos en día laborable. Son estas las condiciones mejores para ver el lugar como lo vio un joven arquitecto americano en los años cincuenta del pasado siglo, cuando el área había sido, de manera sucesiva, campamento de tropas alemanas, de tropas aliadas, de refugiados y de nadie: «como un teatro, sin actores ya desde hace tiempo, pero con las luces todavía encendidas, olvidadas». Eso es el EUR un domingo a las siete de la mañana: la ciudad que no fue, la oficina de objetos perdidos del fascismo, penúltima utopía —totalitaria, como son todas las utopías— que soñó la humanidad europea.
En otras partes de Roma hay también excelente arquitectura fascista —así llaman en Italia, sin embarazo, a lo que también puede llamarse arquitectura racionalista, o inclusoart déco—. El Foro Italico, antiguo Foro Mussolini, donde lostifosi acuden a ver al Lazio o a la Roma; el campus de la universidad La Sapienza o la casa de correos en San Saba, edificio de una belleza ártica. No hay barrio romano, en realidad, que no tenga empotrado un armario fascista. Pero todo eso eran pruebas técnicas, ensayos de algo más grandioso. Como Fertilia, Mussolinia (hoy, Arborea), Littoria (hoy, Latina) y otros municipios que una febril actividad edilicia levantó en el resto de Italia. Solo aquí, en el EUR, se propuso el fascismo la demente tarea definitiva:repetir Roma. Iba a ser la tercera, tras la pagana y la cristiana, y síntesis de ambas, llamada a extenderse, como en una profecía, «desde las colinas que bordean el río sacro hasta las playas del mar Tirreno».
El profeta, sobra aclararlo, era Mussolini. En 1942 iban a cumplirse veinte años de su marcha sobre Roma. Bottai, gobernador de la ciudad, propuso celebrarlo con algo llamativo: una exposición universal en un barrio construidoex nihilo con palacios de tamaño colosal. El Führer y el nazismo habían tenido los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936. El Duce y el fascismo no merecían menos que unas Olimpiadas de la Civilización en las que todas las medallas de oro fueran para Italia. «Imagine estar en medio del Foro romano, entre plazas, columnas, paisajes, arcos, etcétera, y ver, al fondo a la izquierda, el Coliseo y, al fondo a la derecha, el Capitolio. Buscamos una visión análoga: clásica pero moderna, modernísima». Es Marcello Piacentini, arquitecto del régimen. A Mussolini, claro, le pirró la idea. Berlín expidió licencia de obra: la guerra que se tramaba no empezaría antes de esa fecha. Pero el Duce hizo mal en fiarse de su ligeramente más fanático colega dictador: la Wehrmacht invadía Polonia en 1939. La guerra desbarató la empresa constructora de Mussolini: primero vino la penuria de materiales y luego la parálisis. Lo que empezó llamándose E42 no superó su fase de crisálida de mármol para una exposición que no se celebraría.
«Clásica pero moderna», dijo Piacentini. Demos un paseo para verlo. Comienza en la plaza, grande como el desamparo, donde se levanta el obelisco de Marconi. El inventor fue senador del régimen y fascista convencido, pero, héroe de la ingeniería italiana, la democracia no objetó nada a que se le dedicara un monolito, completado en 1952. Por aquí pasa la otrora pomposamente llamada Via del Imperio, nuevo cardo del nuevo foro, destinada a unir Roma con las playas de Ostia. Dice un folleto de la época:
Quien venga de Roma o del mar debe asomarse a Via del Imperio y ver abrirse, entre cándidos mármoles y travertinos dorados, la ciudad nueva, viva de agua y de verde; una ciudad digna de estar junto a la antigua, pero con este añadido: que aquella, bajo una cornisa de su severa y potente arquitectura, será adecuada a la múltiple, dinámica vida del hoy y del mañana.
La arteria hoy es Via Cristoforo Colombo, fea autopista que atraviesa varias capas de periferia hasta desaguar en el mar como una deslustrada cañería.
Hacia el sur, hay que imaginar el enorme arco de acero inoxidable que Adalberto Libera pensó como entrada triunfal a la exposición. Los ingenieros lo llaman «arco catenario», tan bello e hipnótico sobre el papel que de vez en cuando un diputado soñador propone retomar su construcción. Una estructura sospechosamente parecida se levantó en Saint Louis, Misuri, en los años sesenta. Libera pensó en demandar por plagio. Lo dejó estar, advertido de que la fórmula de su arco sin materia pertenecía a la naturaleza. Más allá se divisa el lago artificial y el palacio de deportes con cúpula de cemento armado del ingeniero Nervi, completado tras la guerra.
Vamos a los altos pilares del lado occidental de la plaza. Tras ellos encontramos los mosaicos de dos futuristas: Enrico Prampolini y Fortunato Depero. Sus títulos sonLas corporaciones yLas profesiones y las artes, alegorías del régimen gremial y corporativista que sucedía al parlamento liberal y pluralista. La última vez que estuve alguien había abandonado bajo el mural de Depero un sofá capitoné rojo; junto a los matojos que crecen en los intersticios de las baldosas, era digno de una instalación de arte contemporáneo.
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