Yo quería ser dibujante de tebeos, y por eso iba a su encuentro aquel mes de marzo de 1972. Hugo gozaba ya de un prestigio considerable en el mundillo de los dibujantes y los aficionados al cómic «entendidos», tan escasos por lo demás que el mundillo semejaba más bien una especie de secta con sus luchas intestinas, pero el gran público lo ignoraba aún.Corto Maltés se publicaba en el semanarioPif Gadget sin pena ni gloria. Con cada nuevo episodio, la revista recibía cartas de lectores que no entendían nada y reclamaban material de Rahan, solo de Rahan. Muy afortunadamente, el redactor jefe se mantenía en sus trece. Joël Laroche, editor de la revista de fotografíaZoom, acababa de reunir las primeras aventuras de Corto en un álbum que parecía un libro de arte, tan bonito que proclamaba que aquel medio de expresión no andaba muy lejos de la pintura. Sus imágenes me cautivaban. Analizaba la composición de cada plancha, el encuadre de cada viñeta, me esforzaba por reproducir todo aquello. Había descubierto que Hugo vivía frente a Venecia, en un barrio llamado Malamocco, en la punta de la isla del Lido. Mi hermana, que apoyaba mis planes a pesar de su nulo interés hacia el cómic (aun así, le encantaban las gaviotas que volaban alrededor de Corto), me acompañaba. No teníamos la dirección, pero todo el mundo conocía a Hugo: «Por allí, al final de la calle...». Llamamos al timbre de un edificio mastodóntico, sin encanto, como los que se ven en los barrios ni pobres ni ricos de la mayoría de las ciudades italianas. Con la diferencia de que esta construcción se situaba en el límite entre dos mundos: más allá, después de un dique y unos juncos, se desplegaba el Adriático. Hugo se asomó a una ventana del último piso; todavía lo oigo preguntar: «Chi è?», e invitarnos a subir.
El piso-estudio no era grande. Habíamos irrumpido de improviso en plena sesión de trabajo con un colaborador. Hugo llevaba una americana de lana gruesa, azul oscuro. Unas hojas de papel plagadas de viñetas y dibujos cubrían todo el tablero de una mesa de caballetes. Las dimensiones de aquellas hojas me parecían gigantescas; nada más lejos, pero era la primera vez que veía planchas, y no su reproducción; planchas deFort Wheeling, si la memoria no me falla. Quizá nunca me había planteado que un tebeo pudiera existir en un estado anterior al de su publicación. Lo que estaba descubriendo, con una emoción tan vibrante como la del espeleólogo que arrima su antorcha a la huella de una mano sobre las paredes de una cueva, era algo así como una prueba. La prueba de una existencia, de la presencia de un hombre que ha trazado figuras. Me intrigaban los matices del entintado de aquellos originales. Por esas imágenes estaba yo allí, más que por Hugo; por aquel entonces, no sabía nada de su personalidad. Ver, para mí, era un ardor. Las imágenes bajo cuyo influjo vivía, ya fueran dibujadas o filmadas, ya las firmasen Hugo Pratt o Federico Fellini, me parecían únicas y de un valor inconmensurable. Como si todas ellas, almacenadas en algún rincón de mi cerebro, me conocieran mejor de lo que me conocía yo mismo, y pudieran leerme el porvenir, o fabricarlo.
Abrí mi carpeta de dibujos; las tapas se mantenían cerradas gracias a unas cintas que había que desatar como si fueran cordones. Hugo observaba mis pruebas con esa concentración que solo le vi cuando se trataba de su oficio. Me llamó la atención la intensidad de su mirada, y la blanca esclerótica bajo la pupila. De los dibujos no dijo nada aparte de que sería capaz de corregir mis defectos siempre y cuando trabajara a diario, pero me recomendó que aprendiera a narrar. A narrar, sin más. «Los lectores no son idiotas, pero los editores, sí. De hecho, aquí el caballero es editor —y señaló a la persona que había a su lado—, y también idiota. ¿Verdad que sí?