Fue una noche extraordinariamente clara. Selene prácticamente podía intuir su sombra proyectada por la luz lunar sobre el valle. Como tantos días, le había pillado el crepúsculo en la playa mientras recogía el preciado cristal que arrastraban las olas, que implacables, iban erosionando el Muro del fin del mundo. Clasificaba y guardaba meticulosamente cada pedazo en sacos de esparto, para volver al día siguiente con su padre y cargarlos en el carro.
Canturreando alegre entre los campos de cebada, rozaba con sus curtidas manos las espigas que aún verdes, se volverían amarillentas y en pocas semanas, habría que cosecharlas. La brisa nocturna refrescaba su cara, sensación que disfrutaba enormemente, más después de una intensa jornada de recolección.
La vida era sencilla por aquel entonces en las Tierras de los vidrieros. Los hombres se dedi