: Octavia E. Butler
: La parábola de los talentos
: CAPITÁN SWING LIBROS
: 9788412442724
: Narrativa
: 1
: CHF 9.90
:
: Erzählende Literatur
: Spanish
: 440
: Wasserzeichen
: PC/MAC/eReader/Tablet
: ePUB
Publicada originalmente en 1998, el mensaje de esperanza y resistencia frente al fanatismo de esta profética novela es más relevante que nunca. En 2032, tras perder su hogar y su familia, Lauren Olamina estableció una pacífica comunidad en el norte de California, basada en su fe recién fundada: Semilla Terrestre. En ella ofrece refugio a los marginados y perseguidos por la administración de Jarret, un presidente ultraconservador que promete «hacer que Estados Unidos vuelva a ser grande». En una nación cada vez más peligrosa y dividida, la subversiva colonia de Lauren, una facción religiosa minoritaria dirigida por una joven mujer negra, se convierte en un objetivo del reinado de terror y opresión de Jarret. Años después, Asha Vere lee los diarios de su madre, Lauren, a la que nunca conoció. Buscando respuestas sobre su propio pasado, trata de reconciliarse con el legado de una madre atrapada entre la familia y la vocación de guiar a la humanidad hacia un futuro mejor. Con el trasfondo de un continente devastado por la guerra y un cruzado religioso de extrema derecha en la presidencia, la novela explora temas como la alienación y la trascendencia, la violencia y la espiritualidad, la esclavitud y la libertad, la separación y la comunidad en el quebrado -y escandalosamente familiar- mundo de 2032.

Octavia E. Butler. Pasadena (EE.UU.), 1947 - Lake Forest Park (EE.UU.), 2006. La «gran dama de la ciencia ficción» recibió su título de profesora asociada en Artes en 1968 en el Pasadena Community College, y asistió a la Universidad de California en Los Ángeles. Durante 1969 y 1970, estudió en el Screenwriter's Guild Open Door Program y en el Clarion Science Writers' Workshop, donde asistió a clase con el maestro de ciencia ficción Harlan Ellison. Su primera historia, «Crossover», fue publicada en la antología Clarion de 1971. Patternmaster, su primera novela y el primer título de la serie de cinco volúmenes Patternist, fue publicada en 1976, seguida por Mind of My Mind (1977), Survivor (1978), Wild Seed (1980), que ganó el James Tiptree Award, y Clay's Ark (1984). Con la publicación de Parentesco en 1979, Butler logró mantenerse como escritora a tiempo completo. Ganó el Premio Hugo en 1984 por su cuento «Speech Sounds», y en 1985 su novela Hijo de sangre ganó un Premio Hugo, un Premio Nebula, el Premio Locus y el Premio a la Mejor Novela de Science Fiction Chronicle. Es también autora de otras series como la trilogía Xenogenesis, así como de una colección de cuentos cortos: Hijo de sangre y otras historias (1995). La parábola del sembrador (1993), la primera parte de su serie Parábolas, fue finalista del Premio Nebula y también del Libro Notable del Año del New York Times. En 1995, se convirtió en la primera escritora de ciencia ficción que recibió la prestigiosa Beca Genius de la Fundación MacArthur.

01


De Semilla Terrestre, los Libros de los Vivos

La oscuridad

da forma a la luz

igual que la luz

moldea la oscuridad.

La muerte

da forma a la vida

igual que la vida

moldea la muerte.

El universo

y Dios

comparten esta plenitud,

uno

define al otro.

Dios

da forma al universo

igual que el universo

moldea a Dios.

DeRecuerdos de otros mundos

Taylor Franklin Bankole

He leído que la época turbulenta a la que los periodistas han empezado a referirse como «el Apocalipsis» o, de forma más habitual y más amarga, como «la Calamidad», duró desde 2015 hasta 2030, un decenio y medio de caos. Eso no es verdad. La Calamidad ha sido un tormento bastante más largo. Empezó mucho antes de 2015; tal vez incluso antes del cambio de milenio. Y aún no ha terminado.

También he leído que la Calamidad se debió a la coincidencia accidental de crisis climáticas, económicas y sociológicas. Sería más sincero decir que la Calamidad se debió a nuestra negativa a abordar problemas evidentes en esos ámbitos. Nosotros causamos los problemas y luego nos sentamos a ver cómo crecían hasta convertirse en crisis. He oído a gente negarlo, pero yo nací en 1970. He visto bastante para saber que es cierto. He visto cómo la educación se convertía más en un privilegio de los ricos que en la necesidad básica que debería ser si pretendemos que la sociedad civilizada sobreviva. He visto cómo el acomodamiento, el beneficio y la inercia excusaban una degradación medioambiental cada vez mayor y más peligrosa. He visto cómo la pobreza, el hambre y la enfermedad se volvían inevitables para cada vez más gente.

En general, la Calamidad ha tenido el efecto de una Tercera Guerra Mundial a plazos. De hecho, durante la Calamidad se produjeron varias guerras pequeñas y sangrientas en todo el mundo. Fueron acontecimientos sin sentido: pérdidas de vidas y de tesoros. Se libraban, presumiblemente, para defenderse de crueles ejércitos enemigos. Casi siempre se libraban, en realidad, porque unos dirigentes inadecuados no sabían qué otra cosa hacer. Esos dirigentes sabían que podían aprovechar el miedo, la sospecha, el odio, la necesidad y la codicia para conseguir el apoyo patriótico a la guerra.

En medio de todo esto, de algún modo, Estados Unidos de América sufrió una gran derrota no militar. No perdió ninguna guerra importante, pero no sobrevivió a la Calamidad. Tal vez perdió de vista, sin más, aquello que antes pretendía ser, y luego fue cometiendo errores al tuntún hasta que se consumió.

Desconozco qué queda ahora del país, en qué se ha convertido.

Taylor Franklin Bankole era mi padre. Por sus escritos, parece haber sido un hombre reflexivo, formal en cierto modo, que terminó unido a mi madre, esa mujer extraña y tozuda, a pesar de que ella tenía edad para ser su nieta.

Al parecer, mi madre lo quería y fue feliz con él. Se conocieron durante la Calamidad, cuando los dos eran caminantes sin hogar. Pero él era un hombre de cincuenta y siete años, médico de familia, y ella, una chica de dieciocho. La Calamidad les dejó unos terribles recuerdos en común. Los dos vieron destruirse sus barrios (el de él, en San Diego; el de ella, en Robledo, en las afueras de Los Ángeles). Al parecer, eso les bastó. En 2027, se conocieron, se gustaron y se casaron. Creo, leyendo entre líneas algunos de los escritos de mi padre, que él quería cuidar a esa joven tan extraña que se había encontrado. Quería mantenerla a salvo del caos de la época, a salvo de las pandillas, las drogas, la esclavitud y la enfermedad. Y, claro, le halagaba el interés de ella. No era de piedra y, sin duda, estaba cansado de estar solo. Su primera mujer llevaba muerta unos dos años cuando se conocieron.

Por supuesto, no pudo mantener a mi madre a salvo. Nadie podría haberlo hecho. Ella había elegido su camino mucho antes de que se conocieran. Su fallo fue verla como una jovencita. Ella era ya un misil; un misil armado y con un objetivo claro.

DeLos diarios de Lauren Oya Olamina

Domingo, 26 de septiembre de 2032

Hoy es el Día de la Llegada, el quinto aniversario de la fundación de una comunidad llamada Bellota aquí, en las montañas del condado de Humboldt.

A modo de perversa celebración del acontecimiento, acabo de tener una de mis pesadillas recurrentes. En los últimos años se han vuelto raras; viejas enemigas con desagradables costumbres ya cono