Liminar
Afirmaba Manuel Azaña que, en España, «la mejor manera de guardar un secreto es publicarlo en un libro». Así que, aprovechando que nadie nos lee, voy a revelar (quiero decir, a guardar) el secreto más lacerante que esconde mi corazón. Yo me manifesté como escritor hace más de un cuarto de siglo, cuando todavía era un pipiolo que no alcanzaba el cuarto de siglo de vida; y, por diversas circunstancias que ahora dudo si calificar de providenciales o siniestras, alcancé de inmediato el éxito (o lo que el mundo entiende por éxito). La vanidad nos hace creer que el éxito –cuando es propio– es consecuencia natural (y justísima) de nuestros merecimientos; y el resentimiento nos hace creer que el éxito ajeno es consecuencia de la fortuna (y, por lo tanto, injusto o siquiera arbitrario). Ambas consideraciones son erróneas, y en el fondo hijas de la misma insidiosa malignidad. El éxito, en puridad, no es más que la recompensa que el mundo nos concede cuando piensa que puede sacar provecho de nuestras dotes, utilizándonos como peleles o tontos útiles de sus designios; y la duración del éxito dependerá exclusivamente de la docilidad con que nos mostremos dispuestos a acatar esos designios. Con esto no quiero decir que quien disfruta (o más bien padece) el éxito no lo merezca, o que para alcanzarlo se haya resignado a convertirse en un pelele o tonto útil; por el contrario, creo que hay personas exitosas que poseen prendas admirables, del mismo modo que creo que no todas las personas exitosas se han resignado a convertirse en peleles o tontos útiles. Pero esto es lo de menos; pues lo que caracteriza el éxito no es lo que nosotros somos, sino lo que desde fuera se percibe de nosotros. El éxito es siempre mendaz, porque no depende de nuestros merecimientos; y quienes lo alcanzan, como quienes lo persiguen sin llegar nunca a alcanzarlo, son víctimas del mismo espejismo.
Desde que alcancé el éxito, allá en la juventud aturdida y fatua, he recibido muchos ofrecimientos para colaborar en las más variopintas publicaciones y medios de comunicación; ofrecimientos siempre halagadores, que parecían fundarse en las inquietudes literarias que reconocía en mí quien lanzaba la propuesta, o en el interés que le provocaban mis pesquisas intelectuales o mi particular visión del mundo. Y como en mi vocación de escritor se cuenta también una faceta de publicista, una y otra vez acepté esos ofrecimientos. Me costó mucho tiempo aceptar que el aplauso y los ofrecimientos del mundo no son consecuencia de nuestros dudosos méritos, sino del provecho que el mundo calcula que puede sacar de nosotros. Y aceptarlo fue una durísima prueba.
Así que, en unos años, me vi atendiendo ofrecimientos que nada tenían que ver con mis pesquisas intelectuales o con mi particular visión del mundo, tampoco con mis inquietudes literarias. Por supuesto, quienes nos ofrecen colaborar con tal o cual medio de comunicación nos engatusan afirmando que anhelan nuestro concurso precisamente porque quieren brindar un cauce de expresión a tales pesquisas y hacer un hueco a tales inquietudes; porque desean, en fin, que nuestra particular visión del mundo tenga una tribuna desde la que se pueda explicar libremente. Tales promesas se prueban enseguida falsas, en mayor o menor medida. En ocasiones, ciertamente, se nos ha permitido exponer nuestra visión del mundo (aunque, desde luego, a regañadientes y entre constantes muestras de hostilidad), pero ha sido a costa de renunciar progresivamen