Presentación
Quienes hayan estado en picos de gran altitud conocerán de primera mano la «blancura total»: ese punto en el que una tempestad de nieve alcanza tal intensidad que es imposible distinguir entre la tierra nevada y la nieve del aire. El mundo se disuelve en un único tono cromático carente de toda profundidad. La percepción se nubla. La orientación se ve dificultada. Solo la verticalidad continúa siendo fiable.
La blancura total ártica es diferente. En el Ártico, la blancura total se produce no cuando la luz es demasiado escasa, sino cuando es excesiva. Sucede, tal y como explica Barry Lopez, «cuando la luz que viaja en una dirección y en un determinado ángulo tiene el mismo flujo luminoso, o potencia, que la luz que viaja en cualquier otra dirección, independientemente de su ángulo». Las dos corrientes de luz chocan y se suprimen mutuamente. «No hay sombras. El espacio no tiene profundidad. No hay horizonte. El suelo del mundo desaparece. Al caminar, tropezamos como cuando creemos bajar un escalón inexistente».
Barry López es, sin duda alguna, uno de los escritores vivos más importantes en lo relativo a la naturaleza y nuestra relación con ella. Para él, la característica que define un entorno salvaje es que nos hace en cierto modo «tropezar». Elimina un peldaño de nuestra escalera y por tanto pone de relieve la «impulsividad de estrechas miras» de la planificación humana. «Es precisamente por la gran diferencia en los regímenes del tiempo y de la luz en el Ártico —escribe— por lo que [este] es capaz de desvelar de forma sorprendente la complacencia de nuestras ideas sobre la naturaleza en un sentido general».
A menudo se sugiere que nos vemos atraídos hacia las tierras vírgenes para experimentar un proceso de sanación y consuelo. Para Lopez, los espacios salvajes no son terapéuticos ni reconfortantes. Son engañosos y el aprendizaje resulta duro. Su obra maestra,Sueños árticos, publicada en 1986, está repleta de personas cuyas expectativas se ven trastocadas por el entorno polar, a veces a costa de sus propias vidas. Un cazador, con la percepción de las proporciones alterada por la desnudez de la tundra, dedica una hora a seguir los pasos de un oso pardo que resulta ser una marmota. A un oso polar le salen alas y echa a volar cuando se acerca un grupo de hombres: habían estado siguiendo a un búho nival. Y luego está lafata morgana, el espejismo de hielo y luz que simula una línea de costa con dentadas cordilleras y que en ocasiones se cobró la vida de los exploradores del sigloXIXque navegaban hacia él con la esperanza de alcanzar tierra firme. La mitología de los nativos americanos deificó esta capacidad del paisaje para confundirnos en la figura de Cuervo: el dios embaucador. Barry Lopez entiende el fenómeno fundamentalmente como una cuestión física, pero también él lo venera por los desafíos que supone para nuestras estructuras de pensamiento y formas de conocimiento.
Antes de escribirSueños árticos, Lopez viajó durante cinco años en calidad de biólogo de campo por el norte de Canadá. Atravesó los variados territorios de la región: las anaranjadas y ocres tierras yermas de la isla Melville; los profundos cañones del río Hood; la bahía de Baffin, donde gigantescos icebergs se desplazan lentamente; y la isla de Pingok, en el mar de Beaufort, donde las mareas son tan leves que «es posible rozar con la punta de los pies el extremo del agua y, con la debida paciencia, verla avanzar únicamente hasta los talones de las botas en seis horas». Su contacto continuo con estos lugares, así como el análisis que exigía su trabajo de investigación, lo llevó a adquirir una aguda comprensión de la región. También sentó las bases del particularmente austero estilo de sus obras. El Ártico, señala, tiene «las clásicas líneas del paisaje desértico: sobrio, equilibrado, ilimitado y mudo» (percibimos con admiración el equilibrio de los adjetivos: corto-largo-largo-corto, de esta descripción). Lo mismo puede decirse de la prosa de Barry Lopez. De todos los grandes escritores paisajistas modernos, su estilo parece el que con más pureza representa el terreno que describe.
Cuando comenzó a escribir sobre el Ártico, Barry Lopez se tuvo que enfrentar al problema de la representación: ¿cómo podía el lenguaje apresar un paisaje tan descomunal y «monocorde»? ¿Cómo describiría el