7 Mejores Cuentos
Cera
Aquella noche no pudimos fumar. Todos los ginkés de Lima estaban cerrados. Mi amigo, que conducíame por entre los taciturnos dédalos de la conocida mansión amarilla de la calle Hoyos, donde se dan numerosos fumaderos, despidióse por fin de mí, y aporcelanadas alma y pituitarias, asaltó el primer eléctrico urbano y esfumóse entre la madrugada.
Todavía me sentía un tanto ebrio de los últimos alcoholes. ¡Oh mi bohemia de entonces, broncería esquinada siempre de balances impares, enconchada de secos paladares, el círculo de mi cara libertad de hombre a dos aceras de realidad hasta por tres sienes de imposible! Pero perdonadme estos desahogos que tienen aún bélico olor a perdigones fundidos en arrugas.
Digo que sentíame todavía ebrio cuando vime ya solo, caminando sin rumbo por los barrios asiáticos de la ciudad. Mucho a mucho aclarábase mi espíritu. Luego hice la cuenta de lo que me sucedía. Una inquietud posó en mi izquierdo pezón. Berbiquí hecho de una hebra de la cabellera negra y brillante de mi novia perdida para siempre, la inquietud picó, revoloteó, se prolongó hacia adentro y traspasóme en todas direcciones. Entonces no habría podido dormir. Imposible. Sufría el redolor de mi felicidad trunca, cuyos destellos trabajados ahora en férrea tristeza irremediable, asomaban larvados en los más hondos paréntesis de mi alma, como a decirme con misteriosa ironía, que mañana, que sí, que como no, que otra vez, que bueno.
Quise entonces fumar. Necesitaba yo alivio para mi crisis nerviosa. Encaminéme al ginké de Chale, que estaba cerca.
Con la cautela del caso llegué a la puerta. Paré el oído. Nada. Después de breve espera, dispúseme a retirarme de allí, cuando oí que alguien saltaba de la tarima y caminaba descalzo y precipitadamente dentro de la habitación. Traté de aguaitar, a fin de saber si había allí algún camarada. Por la cerradura de la puerta alcancé a distinguir que Chale hacía luz, y sentábase con gran desplazamiento de malhumor delante de la lamparita de aceite, cuyo verdor patógeno soldóse en mustio semitono a la lámina facial del chino, soflamada de visible iracundia. Nadie más estaba allí.
Dado el aspecto de inexpugnable de Chale, y, según el cual, parecía acabar de despertar de alguna mala pesadilla quizás, consideré importuna mi presencia y resolví marcharme, cuando el asiático abrió uno de los cajones de la mesa y, capitaneando de alguna voz de mando interior e inexorable, que desenvainóle el cuerpo entero en resuelto avance, extrajo de un lacónico estuche de pulimentado cedro, unos cuerpos blancos entre las uñas lancinantes y asquerosas. Los puso en el borde de la mesa. Eran dos trozos de mármol.
La curiosidad tentóme. Dos trozos ¿de mármol eran? Eran de mármol. No sé por qué, desde el primer momento, esas piezas, sin haberlas tocado ni visto claramente y de cerca, vinieron a través del espacio, a barajarse entre las yemas de mis dedos, produciéndome la más segura y cierta sensación del mármol.
El chino las volvió a coger, angulando en el aire miradas por demás febriles y de angustioso devaneo, para que ellas no descorrieran ante mí ciertas presunciones sobre la causa de su vigilia. Las cogió y examinólas detenidamente a la luz. Sí. Dos pedazos de mármol.
Luego, sin abandonarlos, acodado en la mesa, desaguó entre dientes algún monosílabo canalla que alcanzó apenas a ensartarse en el ojo tajado, donde el alma del chino lagrimeó de ambición mezclada de impotencia. Hala otra