: Barbara Cartland
: Horizontes de Amor
: Barbara Cartland EBooks ltd
: 9781788671170
: 1
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: Erzählende Literatur
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La joven y bella huérfana, LadyIna, viviendo en el Castillo de los tíos, se refugia en la pintura para amenizar su soledad. Un día percibió que tenía extraños poderes, cuando dibujaba, sentía como si entrara en trance y pintaba escenas del futuro. Ina estaba desconcertada por el sofisticado mundo de la sociedad londinense.  Su tía Lucy, Lady Wymonde, contrariada, acepta la petición de su marido, de que ella fuera la acompañante de su inocente sobrina huérfana en las aclamadas fiestas de Londres. Ina estaba prestes a entrar en su primera temporada como debutante, pero a Lady Lucy, le parecía exasperante, tener que llevar a otra invitada con ella a Chale Hall, la majestuosa casa solariega del Marqués de Chale, en el campo. En una de esas fiestas, Ina conoció al Marqués de Chale, y inspirada por la presencia del fascinante noble, ella pintó un cuadro maravilloso... pero pronto, para la furia de Lucy, que estaría interesada en unaffaire de coeurcon el Marqués, se da cuenta, de que este se encuentra arrebatado por la belleza de Ina y por su percepción casi clarividente, de que parecía verlo profundamente, por el fondo de su alma. Ina también se sentía como hechizada por él y a pesar de los intentos de su tía de emparejarla con otros pretendientes demasiado ansiosos y poco atractivos, ella se estaba enamorando perdidamente por el apuesto nobre,  que le hacía sentirse en el más allá...   

CAPÍTULO I

1878

—¡No considero del todo ridículo!— exclamóLady Wymonde con voz aguda.

Se veía muy hermosa, aunque su esposo, que observaba con el ceño fruncido la carta que tenía en la Mano, no lo notó.

Lord Wymonde, ya se acercaba a los cuarenta y cinco años y empezaba a perder la esbelta figura que tuviera de joven.

Sin embargo, era todavía un excelente jinete y se le reconocía como uno de los más hábiles participantes en cualquier cacería.

—Es inútil discutir, Lucy— dijo—. ¡O llevamos a Ina a Chale con nosotros, o no vamos!

—Te estás portando de un modo absurdo— le recriminóLady Wymonde con visible enfado—. ¿Cómo puedo pedir a Alice que incluya a una muchacha inexperta, a una colegiala, en una fiesta como la que se prepara en Chale? Sabes tan bien como yo que tu inoportuna sobrina estaría fuera de lugar.

—Pero es mi sobrina— afirmóLord Wymonde—, y eso significa que tú tendrás que servirle de acompañante y guía durante lo que falta de la temporada y procurarles invitaciones a todos los bailes.

—¡Es intolerable que a los treinta años tenga yo que actuar como dama de compañía de una jovencita! Lo que quiero es bailar y divertirme, no buscar parejas para una muchachita torpe y fea.

Ambos sabían que había cumplido treinta y seis años en su último cumpleaños; pero las grandes beldades, por tradición, no tienen edad, yLady Wymonde era, sin la menor duda, una de las bellezas más notables de Londres.

En realidad, hubiera afirmado que tenía menos de treinta años, de no ser por la edad de su hijo Rupert de doce años, estudiante en Eton, que le impedía aparentar menor edad.

Lord Wymonde dobló la carta y la guardó en su bolsillo.

—Como la carta llegó atrasada debido, supongo, a la ineficiencia de los franceses— dijo—, debo manifestarte que Ina llegará mañana.

—¿Mañana?— la voz deLady Wymonde subió de tono hasta convertirse en un grito. Casi furiosa, añadió—. ¿Y esperas que en un día la pueda preparar, para asistir el viernes a Chale?

—Como ya he sugerido, nos podemos quedar en casa— contestóLord Wymonde—, pero sin duda alguna, tu anfitrión te echaría de menos.

Había una nota de sarcasmo en su voz, queLady Wymonde notó y a pesar de ello contuvo las palabras de encono que se agolpaban en sus labios.

George era un hombre tranquilo, un marido complaciente, en términos generales, pero ella sabía que no podía presionarlo demasiado. Y cuando se trataba del orgullo de su familia, podía ser un hombre difícil.

Por eso era que estaba haciendo tanto aspaviento sobre su sobrina. A Lucy le resultaba lo más inoportuno que le encargaran la tutela de una jovencita, justo en los momentos en que se hallaba involucrada en el idilio más emocionante de su vida.

Las chicas le disgustaban. Siempre las había detestado. No era sólo porque ellas poseían la única cosa que no podía comprarse con dinero, la juventud, sino porque resultaban muy restrictivas en una reunión, donde la gente se elegía por su ingenio y elegancia.

Ella sabía muy bien lo que significaba una reunión en Chale. Esta, sobre todo, había sido organizada en su honor y había tenido muy buen cuidado en la elección de los otros invitados del Marqués.

—Te quiero en Chale— le había dicho él la noche anterior, mientras descansaban después de bailar en una de las fiestas ofrecidas por el Embajador de Francia.

Era difícil hablar en privado y aunque el Marqués visitaba a Lucy en las tardes, cuando George estaba en el club, eran muy pocas las ocasiones en las que lograban que nadie importunara.

—Tú sabes cuánto deseo hablar contigo a solas— añadió el Marqués.

Lucy permitió que una leve sonrisa entreabriera la curva exquisita de sus labios.

Lucy Wymonde sabía con exactitud lo que quería decir con eso de “hablar a solas”. Quería besarla y, ¡vaya!, que ella lo deseaba también.

Lo examinó por debajo de sus pestañas y pensó que nunca, en todos sus años de éxito reconocido, había encontrado a un hombre tan atractivo como el Marqués de Chale.

Por lo general a Lucy le bastaba con ser admirada. Le halagaba que le dijeran cumplidos y saber que los hombres se sentían frustrados por su indiferencia, que sólo hacía que la desearan aún más.

—¡Me vuelves loco! ¡Eres tan fría y cruel!— solían decirle en forma apasionada—. ¿Cómo puedo hacer para que me ames?

Lucy había oído eso con mucha frecuencia, y respondía siempre:

—Sabes que estoy encariñada contigo, pero…

Siempre existía ese “pero”. Y si un hombre se ponía ardiente, Lucy, aunque disfrutaba de cada instante de su admiración, le decía con voz triste:

—Tengo que tener cuidado. George es muy celoso.

Pero con el Marqués todo había sido diferente. Inicialmente, ella había sido quien lo buscara a él.

El sólo verlo entrar en un salón de baile, tan alto y apuesto, tan imponente y a la vez displicente, había despertado en ella un sentimiento hasta entonces desconocido.

Cuando bailaban juntos, ella notaba que él estaba levemente interesado en su belleza porque no había ninguna ansiedad en la forma en que tomaba su pequeña cintura.

Comprendía muy bien, mientras se deslizaban por la pista de baile que el corazón de él no latía con mayor rapidez. En cambio, el de ella se comportaba de una manera poco usual.

Se necesitaron dos meses para que él comenzara a enamorarla. Durante ese lapsoLady Wymonde se había sentido al borde de la desesperación.

Practicaba cuanto recurso conocía para atraerlo e incitarlo, sin embargo, tenía la impresión de que él percibía todas las pequeñas maniobras usadas con otros hombres y que las reconocía sin dificultad.

Entonces, por fin, cuando Lucy estaba al borde de la ansiedad extrema, la había besado, cuando estaban solos en el salón de la casa de ella una tarde. Eso había encendido entre ellos una llama que ardía con mayor fuerza cada vez que se veían.

Para Lucy fue una revelación porque quienes consideraban que era una mujer fría estaban en lo cierto.

Era una mujer egoísta, interesada sólo en ella misma y en su belleza; no le conmovía el sufrimiento de nadie, como no fuera el suyo.

Pero con el Marqués era diferente. Y debido a que sabía, con gran dolor de su parte, que él era seis años más joven que ella, examinaba su rostro en el espejo, buscando cada pequeña línea que pudiera convertirse en una arruga, cada onza excesiva en su hermoso cuerpo que anticipara la edad madura.

«¡Soy joven, soy joven!», se decía Lucy todas las mañanas.

Sentía que con su sola fuerza de voluntad podía hacer que su cuerpo recuperara la esbeltez de junco que tenía a los diecisiete años, cuando al concluir las clases descubriera con asombro que era hermosa.

La fama, desde luego, no había llegado a ella de la noche a la mañana. Había tenido que esperar un año para casarse con George. Fue entonces, ya convertida enLady Wymonde, que causó sensación por su belleza entre la alta sociedad.

Aprendió a vestirse y a decir cosas divertidas en una voz que procuraba tornar musical.

Sobre todo, sabía que apareciendo hermosa y fría, los hombres acudían a ella en parvada, decididos vanidosamente a derretir a la “doncella de hielo”.

Siempre fallaban y Lucy empezaba a creer que era diferente a la mayoría de las mujeres, que admitían en la intimidad de sus alcobas, que el amor físico era algo que deseaban y las satisfacía.

—Yo detesto a los hombres que quieren tocarme y acariciarme. Eso me resulta muy fastidioso— había confiado Lucy a sus tres amigas más íntimas.

—¡No lo dices en serio!— exclamó una de ellas.

—Lo digo muy en serio— insistió Lucy—, cuando sé que un hombre está enamorado de mí, me gusta ese aspecto romántico que transforma sus ojos al mirarme pero, con toda franqueza, no deseo que me bese.

—¡Lucy, no puedes estar diciendo la verdad!

—De veras, así es.

—Entonces no eres normal— afirmó una mujer un poco mayor que las otras.

A Lucy no le había importado eso.

Sabía lo que...