: Rafael de Nogales Méndez
: Memorias II
: Linkgua
: 9788490075043
: Historia
: 1
: CHF 2.70
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: Geschichte
: Spanish
: 186
: Wasserzeichen
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En las Memorias de Rafael de Nogales Méndez, cuenta las aventuras que vivió en numerosos países, describiendo con deleite a sus amigos, relaciones, actividades y costumbres. Pero lo más conmovedor del texto, desde un punto de vista literario, es el posicionamiento de su voz narrativa. Al inicio de sus Memorias hace una distinción entre el aventurero y el caballero andante. El primero es 'un iletrado pedante, o socialmente un caballero ocioso, fuera de combate, que no posee una carrera en particular y que siempre está buscando ingeniosamente el modo de hacer dinero, lo que para él es primordial y digno de cualquier culto, aun cuando fuese asesinato, deshonor'. En cambio, el caballero es: '...un caballero de nacimiento. Para toda voluntaria o desinteresada acción audaz tiene un gesto elegante.' Y cual Quijote andante, empieza a narrarnos su aventuras...

Rafael de Nogales Méndez nació en San Cristóbal, Estado Táchira, el 14 de octubre de 1879 y murió en Ciudad de Panamá, 10 de julio de 1936. Se llamaba Rafael Ramón Intxauspe Méndez, pero se le conoce como Rafael de Nogales porque prefirió la traducción al español del apellido vasco Inchauspe. Fue militar profesional y guerrillero, conspirador político y espía, cazador y viajero, escritor y conferencista. Hablaba seis idiomas y frecuentó a la nobleza de Bélgica, Alemania y España. Rafael Nogales Méndez combatió al lado de Zapata y luego de Pancho Villa. Participó en la defensa de Nicaragua bajo las órdenes de Sandino. Combatió a los estadounidenses en Cuba, derrotó a los ingleses en Arabia y alcanzó el grado de general del ejército de Turquía. Ha sido excluido de la historia por considerarse enemigo de Estados Unidos. Recorrió cuatro continentes y su divisa era: «Cuando veas una guerra buena, alístate para combatir en ella». Sus libros son un ejemplo de la literatura biográfica venezolana, y también el testimonio histórico de un gran hombre que vivió mil batallas. «El general de Nogales era el hombre-noticia. Daba la impresión de una mente en permanente vigilia, con los ojos brillándole en la penumbra como dos brasas y una cierta actitud nerviosa sobresaltada de soldado en la estrategia.»

XI. LOS LLANOS DE VENEZUELA

La región de los llanos de Venezuela, a donde marché después de mi escapada de Bogotá, es notablemente interesante desde el punto de vista político, geográfico, zoológico y sociológico.

La carretera que sale hoy de la frontera de Colombia, mitad hacia Periquera, no estaba construida por aquellos días. Esta es la región donde termina el bosque y empieza la llanura. El único camino que lleva del Táchira a los llanos, por este tiempo, es la trillada vía de San Camilo. Se desprende desde San Cristóbal a lo largo de las serranías con abiertos precipicios que cruzan las húmedas y vírgenes montañas de la cordillera forestal hasta llegar a las interminables praderas del estado Apure, donde se encuentran las haciendas y hatos de ganado, que contienen a veces hasta cincuenta mil cabezas. El ochenta por ciento de esas praderas son sabanas abiertas, debido a que las candelas en las anchas sabanas destruyen las alambradas tan pronto se ponen. El trabajo en las haciendas es hecho por llaneros. Se parecen a los vaqueros del oeste de Estados Unidos en la época anterior a aquélla de los pastores de rebaños y payasos de Hollywood, cuando, montados en caballos de circo, invadieron esos libres dominios.

Nuestro ganado no tiene grandes cuernos, pertenece a la vieja casta española que fue introducida en Venezuela en los días de la conquista. Son generalmente grandes, bien formados, de cuernos corrientes y muslos ligeros y salvajes. Los toreros españoles clasifican nuestro ganado entre la mejor exhibición de toros de España, los que son llevados todos los sábados a propiciar la carnicería de viejos caballos de cabriolé para satisfacer la sed de sangre del populacho.

Los caballos de los llanos son imponentes. Descienden también de la casta española —cruzados con árabes— traídos a los llanos durante la conquista. Poseen ojos claros, belfos rosados, cuellos de cisne sobre nerviosos pechos, delgados menudillos, fuertes cascos, crines y colas onduladas. Una velocidad que puede ser vertiginosa. He montado muchos legítimos caballos árabes en Siria, Mesopotamia y Palestina durante la Guerra mundial. Sé de lo que estoy hablando.

Sobre la silla de un llanero no se encuentra un solo clavo. Es toda cosida y pespunteada. La cabeza de la silla es de plata, imitando la cabeza del animal; de igual material son los largos puntiagudos estribos. Las bridas consisten en un freno de hierro y una delgada correa lo sostiene detrás de las orejas del caballo, similar a las bridas árabes. Todas las correas, incluyendo las delgadas riendas, están fabricadas de cuero curtido, como la larga soga, o lazo, que es atada por una punta a la cola del caballo, mientras el rollo principal permanece atado al lado derecho de la silla. Cuando el nudo corredizo al final del primer rollo (diez yardas de largo) engarza y se hala con seguridad, el segundo y principal rollo (de veinte yardas de largo) es fácilmente halado de la silla y desenrollado, dándole a la jaca la oportunidad de pararse, de separar sus cuatro piernas en espera del final estirón. La cola de la jaca parece adherida a su nervioso cuerpo con hierro. Siempre está tensa. En momentos en que las jacas saltan al aire como una pelota al final de un hilo, la cola siempre se mantiene erecta. Cuando se les cae la crin se les suelta en los potreros hasta que vuelve a crecerles. Sistema infalible.

Nadie se aventuraría a ir por la sabana a pie, por temor a ser embestido por el más cercano novillo. El equipo del llanero consiste en un largo afilado cuchillo, una soga y un bayetón o gruesa chamarra de lana cuadrada, de dos por dos yardas, roja por un lado y azul por el otro, con un hueco en el centro, como el poncho. Su dueño mete por éste la cabeza para protegerse de la lluvia, pero regularmente lo lleva suelto, cuando va a caballo, listo para usarlo cuando se desmonta. Porque ésta es la única efectiva arma con que el hombre puede defenderse a pie de los toros salvajes de la llanura. En los llanos todos los hombres son toreros. La ruana sirve de capote.

El llanero nunca usa sus espuelas cuando trabaja. Teme que se le enrede la soga, la cual maneja con gran maestría, hacia adelante o hacia atrás, a derecha o izquierda, cuando va a galope tendido. La silla del llanero es tan ligera que se puede levantar con un solo dedo; el sudadero consiste en una vaqueta delgada. Las jacas no llevan herraduras.