: Peter Brook
: Hilos de tiempo
: Ediciones Siruela
: 9788417996192
: El Ojo del Tiempo
: 1
: CHF 8.90
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: Biographien, Autobiographien
: Spanish
: 288
: DRM
: PC/MAC/eReader/Tablet
: ePUB
LA AUTOBIOGRAFÍA DE PETER BROOK Premio Princesa de Asturias de las Artes 2019 «No siento ningún respeto por esa escuela de la biografía que cree que, con sumar todos los detalles sociales, históricos y psicológicos, aparece un retrato auténtico de una vida. Más bien me pongo del lado de Hamlet cuando pide una flauta y clama contra el intento de hacer sonar el misterio de un ser humano como si uno pudiera conocer todos sus orificios y registros».PETER BROOK Durante más de medio siglo, las puestas en escena de Peter Brook para ópera, teatro y cine han sorprendido y embelesado al público. Su dirección visionaria ha creado algunos de los montajes más deslumbrantes e influyentes del teatro contemporáneo. Esta autobiografía es un texto luminoso, inspirador, en el que medita sobre sus vicisitudes artísticas, sobre las personas que admiró o que más le enseñaron durante su amplia y vital trayectoria, y que él convierte en este texto en un viaje filosófico. Hilos de tiempo recoge la evolución y experiencia de una inteligencia artística extraordinaria, revelando las fuentes heterogéneas que subyacen en una pasión de toda una vida por hallar el modo más expresivo de contar una historia. «El más importante director de escena del mundo anglosajón.»The New York Times «Una leyenda viva del teatro.»London Times

Peter Brook (Londres, 1925) se graduó en Artes en Oxford, en donde fundó la Oxford University Film Society. Director del International Centre of Theatre Research (en el teatro Bouffes du Nord), que fundó en París en 1971, de sus más de cincuenta montajes destacan La tempestad, El rey Lear, Edipo, Marat/Sade o el Mahabharata y de sus libros sobre teatro, El espacio vacío, Más allá del espacio vacío, El punto de inflexión y La puerta abierta.

 

Podría haber llamado a este libroRecuerdos falsos. No porque tenga la intención consciente de contar una mentira, sino porque el acto de escribir demuestra que no existe en el cerebro un espacio de ultracongelación en el que se almacenan intactos los recuerdos. Al contrario, el cerebro parece disponer de un almacén de señales fragmentarias que no tienen ni color, ni sonido, ni sabor, y están esperando a que el poder de la imaginación les haga cobrar vida. En cierto sentido, esto es una bendición.

En este momento, en algún lugar de Escandinavia, un hombre con una prodigiosa capacidad de memoria está registrando también su vida. Me dicen que, como va consignando todos los detalles que le proporciona la memoria, le lleva un año escribir un año, y que como empezó tarde nunca podrá recuperar el retraso. Su apurada situación deja bien claro que la autobiografía tiene otro propósito. Es escudriñar en una desconcertante confusión de impresiones indiscriminadas, incompletas, que no son nunca totalmente esto ni nunca totalmente lo otro, en un intento de ver si gracias a la mirada retrospectiva logramos que emerja un esquema.

A medida que voy escribiendo, no siento obligación alguna de contar toda la verdad. Es imposible, por mucho que uno se empeñe, penetrar en las oscuras áreas de los motivos ocultos de uno mismo. Cierto que detrás de esta historia hay tabúes, traumas y áreas de oscuridad que no pienso explorar, y cierto que a mí no me parece que puedan caber aquí, igual que no caben los archiconocidos esplendores y miserias de las primeras noches, las relaciones personales, las indiscreciones, las indulgencias, los excesos, los nombres de amigos íntimos, los miedos privados, las aventuras de familia o las deudas de gratitud —que ya ellos solos podrían llenar un catálogo entero—. No siento ningún respeto por esa escuela de la biografía que cree que con sumar todos los detalles sociales, históricos y psicológicos, aparece un retrato auténtico de una vida. Más bien me pongo del lado de Hamlet cuando pide una flauta y clama contra el intento de hacer sonar el misterio de un ser humano, como si uno pudiera conocer todos sus orificios y registros. Lo que estoy intentando entretejer lo mejor que puedo son los hilos que han ayudado a desarrollar mi propio entendimiento práctico, con la esperanza de que de algún modo puedan ser útiles a la experiencia de otro.

La enfermera intenta ser amable con el niño de cinco años que está desconcertado por encontrarse en una cama de hospital en plena noche. «¿Te gustan las naranjas?», le pregunta. «No», contesto yo obcecado. Irritada porque le ha fallado el truco de costumbre, pierde la paciencia. «Pues te las van a dar de todos modos», chasca los dedos, y a mí se me llevan al quirófano. «Toma, huele estas naranjas», dice, y me encajan una mascarilla en las fosas nasales. Inmediatamente viene un rugido y un olor amargo, una caída brutal y un vertiginoso zarandeo ascendente. Intento aguantar, pero pierdo; el ruido y el miedo se funden en puro espanto, y después la nada. Fue una primera desilusión, y me enseñó lo difícil que es abandonarse.

 

 

Van pasando años. Estoy vestido para la guerra. Es un disfraz; esa figura anónima no puedo ser yo. Pero hay guerra, y el estudiante de Oxford tiene que pagar por sus privilegios una vez por semana entrenándose para ser oficial, porque todo universitario tiene madera de oficial. La idea de la guerra me viene aterrorizando desde la niñez pero, como parecía ocurrir a mucha distancia del tiempo normal, siempre creí que, si venía, me podría librar escondiéndome debajo de la cama hasta que se acabara. Ahora veo que no me puedo librar tan fácilmente y, como han fallado todas las disculpas y estratagemas, estoy en formación, con unas recias botas y una áspera guerrera.

Hoy es nuestra primera experiencia en la carrera de obstáculos. Al sonar el s