Tell el-Mukayyar – La fuga
En la tienda laboratorio, los dos falsos beduinos que habían intentado robar a los alienígenas elvalioso contenidode su nave espacial, habían sido amordazados y atados con fuerza a un barril lleno de carburante. Estaban sentados sobre la tierra, con las espaldas apoyadas en el pesado contenedor metálico, colocados de manera que mirasen en direcciones opuestas. Fuera de la tienda, un ayudante de la doctora estaba de guardia y, de vez en cuando, se asomaba al interior para controlar la situación.
El más delgado de los dos que, a causa del golpe que había recibido del coronel en el costado tenía, seguramente, un par de costillas rotas, a pesar del dolor que le estaba impidiendo casi respirar, no había dejado ni un momento de mirar alrededor buscando algo que pudiese servirle para liberarse.
Desde un pequeño agujero en la pared la luz del sol vespertino penetraba tímidamente en el interior de la tienda, dibujando en el aire caliente y polvoriento un sutil rayo luminoso. Aquella especie de espada de luz perfilaba sobre el suelo una pequeña elipse blanca que muy lentamente se movía hacia los dos prisioneros. El tipo delgado estaba siguiendo, casi hipnotizado, el lento avance de aquella mancha blanca cuando un repentino rayo de luz lo devolvió a la realidad. Semienterrado en la arena, a unos cinco metros de él, una cosa metálica reflejó la luz solar directamente hacia su ojo derecho. Movió ligeramente la cabeza e intentó comprender de qué se trataba, sin conseguirlo. Intentó, entonces, alargar una pierna en aquella dirección pero un dolor agudo e intenso en el costado le recordó las condiciones de sus costillas y decidió desistir. Pensó que, de todas formas, no hubiese llegado; intentando hablar a través de la mordaza susurró: “Eh, ¿estás vivo?”
El compañero gordo no estaba mejor que él. Después de la caída que le había provocado la acción de Petri, sobre su rodilla izquierda había aparecido un enorme hematoma, tenía un bonito chichón sobre la frente, el hombro derecho le dolía a morir y la muñeca derecha estaba hinchada como una pelota.
«Creo que sí»respondió con un hilo de voz, murmurando él también a través de la mordaza.
«Menos mal. Hace ya tiempo que te estoy llamando. Me estaba preocupando»
«Debo de haberme desmayado. Tengo la cabeza como un bombo»
«Debemos escapar de aquí sin que nos vean»dijo con determinación el delgado.
«¿Tú cómo estás? ¿Te has roto algo?»
«Creo que tengo alguna costilla fracturada pero me las apañaré»
«¿Cómo hemos conseguido que nos pillasen por sorpresa?»
«Olvídate, lo que ha sucedido ha sucedido. Intentemos antes de nada liberarnos. Mira a tu izquierda, allí donde se refleja el rayo de sol»
«No