: Joseph Ratzinger
: Ser cristiano en la era neopagana
: Ediciones Encuentro
: 9788490558409
: 3
: CHF 8.90
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: Christentum
: Spanish
: 214
: DRM
: PC/MAC/eReader/Tablet
: ePUB
Este libro reúne diversas conferencias y entrevistas llevadas a cabo por Joseph Ratzinger -hoy el papa emérito Benedicto XVI- durante su periodo como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, cargo que ocupó desde el año 1981 hasta el comienzo de su pontificado en el año 2005. En ellas puede verse de qué modo Ratzinger ha sido, desde hace años, protagonista destacado del intenso diálogo habido entre la tradición y las ideas y acontecimientos de nuestro tiempo. Los temas que se abordan en el libro son amplios y variados (el reformismo, el ecumenismo, la laicidad, la evangelización, entre otros) y, aunque están planteados al hilo de los debates del momento, siguen teniendo una gran actualidad, y permiten descubrir el sólido apego a lo esencial que caracterizó al entonces Cardenal, a la vez que su gran libertad respecto de lo contingente de la Iglesia. Todo ello fruto no de un cálculo político, sino de una fe acogida, vivida y comunicada en un diálogo al que Ratzinger siempre se ha prestado.

Joseph Ratzinger nació en Marktl am Inn (Alemania) en 1927, y fue ordenado sacerdote en 1951. Es Doctor en Teología desde 1953, y ha sido catedrático, entre los años 1959 y 1969, en las Facultades de Teología de Bonn, Münster, Tubinga y Ratisbona. En 1972 fundó, junto con Urs von Balthasar y Henri de Lubac entre otros, la revista sobre teología Communio. Posteriormente, en 1977, fue nombrado arzobispo de Munich y cardenal. Desde 1981 fue Prefecto de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe y Presidente de la Pontificia Comisión Bíblica y de la Comisión Teológica Internacional, hasta que el 19 de abril de 2005 fue elegido Papa y tomó el nombre de Benedicto XVI. Tras ocho años de pontificado, renunció al ministerio papal el 28 de febrero de 2013.

2. CONCIENCIA Y VERDAD


En la siguiente conferencia, publicada por 30D en 1991, Ratzinger afronta la relación entre conciencia y verdad a la luz de la enseñanza del gran cardenal inglés John Henry Newman.

El problema de la «conciencia» se encuentra situado en el centro del debate actual sobre la vida moral. Ratzinger reconoce que la adhesión a la conciencia es la forma necesaria de la vida moral, pero rechaza tajantemente la reducción de la «conciencia» a la certidumbre subjetiva, que en muchos casos es un mero reflejo de las opiniones difundidas en el ambiente social.

Para Ratzinger, como para Newman, la primacía de la conciencia no significa que el sujeto es el criterio decisivo frente a las pretensiones de la autoridad, sino la presencia perceptible e imperiosa de la voz de la verdad dentro del sujeto mismo.

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En el actual debate sobre la naturaleza propia de la moralidad y sobre las modalidades de su conocimiento, la cuestión de la conciencia se ha convertido en el punto crucial de la discusión, sobre todo en el ámbito de la teología moral católica. El debate gira en torno a los conceptos de libertad y de norma, de autonomía y de heteronomía, de autodeterminación y de determinación desde el exterior mediante la autoridad. En él a la conciencia se la presenta como el baluarte de la libertad frente a las limitaciones de la existencia impuestas por la autoridad. En dicho contexto están contrapuestas de este modo dos concepciones del catolicismo: por una parte, la comprensión renovada de su esencia, que explica la fe cristiana partiendo de la libertad y como principio de la libertad, y, por otra, un modelo superado, «preconciliar», que somete la existencia cristiana a la autoridad, la cual mediante normas regula la vida hasta en sus aspectos más íntimos y trata de esta manera de mantener un poder de control sobre los hombres. Así pues, «moral de la conciencia» y «moral de la autoridad» parecen contraponerse entre sí como dos modelos incompatibles; la libertad de los cristianos se pondría a salvo apelándose al principio clásico de la tradición moral, según el cual la conciencia es la norma suprema que siempre se debe seguir, incluso frente a la autoridad. Y si la autoridad —en este caso el Magisterio eclesiástico— quiere tratar de la moral, desde luego que puede hacerlo, pero solamente proponiendo elementos para que la conciencia se forme un juicio autónomo, si bien aquella ha de tener siempre la última palabra. Algunos autores conectan este carácter de última instancia, propio de la conciencia, a la fórmula según la cual la conciencia es infalible.

Llegados aquí se puede presentar una contradicción. Ni que decir tiene que siempre se ha de seguir un dictamen claro de la conciencia, o que por lo menos, nunca se puede ir contra él. Pero otra cuestión es si el juicio de conciencia, o lo que se toma como tal, tiene también siempre razón, es decir, si es infalible. Si así fuera, querría decir que no existe ninguna verdad —por lo menos en materia de moral y religión; es decir, en el ámbito de los fundamentos de nuestra existencia—. Desde el momento en que los juicios de conciencia se contradicen, se tendría solo una verdad del sujeto, que se reduciría a su sinceridad. No habría ni puerta ni ventana que pudiera llevarnos del sujeto al mundo circunstante y a la comunión de los hombres. Aquel que tenga el valor de llevar esta concepción hasta sus últimas consecuencias llegará a la conclusión de que no existe ninguna verdadera libertad y que lo que suponemos que son dictámenes de la conciencia no son en realidad más que reflejos de las condiciones sociales. Esto tendría que llevar al convencimiento de que la contraposición entre libertad y autoridad deja algo de lado; que tiene que haber algo aún más profundo, si se quiere que libertad y, por consiguiente, humanidad, tengan un sentido.

1. Una conversación sobre la conciencia errónea y algunas primeras conclusiones

De esta manera se ha hecho evidente que la cuestión de la conciencia nos lleva al centro del problema moral, de la misma manera que la cuestión