: Plutarco
: Consejos a los políticos para gobernar bien
: Ediciones Siruela
: 9788416854745
: Libros del Tiempo
: 1
: CHF 6.20
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: Erzählende Literatur
: Spanish
: 193
: DRM
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: ePUB
¿Un Gobierno o un buen gobierno? Un manual clásico para políticos modernos. «En primer lugar, no se debe elegir la política por un impulso repentino, por no tener otras ocupaciones o por afán de lucro, sino por convicción y como resultado de una reflexión, sin buscar la propia reputación, sino el bien de los demás». En estos lúcidos tratados, Plutarco, una de las más destacadas figuras del pensamiento helénico, ofrece una serie de acertados consejos para gobernar con ecuanimidad. Y es que entonces, como en nuestros días, la cuestión no residía tanto en que hubiese o no quien dirigiera los asuntos de Estado, sino en tener un buen gobierno y unos buenos gobernantes.

Plutarco nació en Queronea (Beocia), en la Grecia central, y vivió y desarrolló su actividad literaria y pedagógica entre los siglos I y II d. C., cuando Grecia era una provincia del Imperio romano. Se educó en Atenas y visitó, entre otros lugares, Egipto y Roma, relacionándose con gran número de intelectuales y políticos de su tiempo. Ocupó cargos en la Administración de su ciudad, donde fundó una Academia de inspiración platónica, y fue sacerdote en el santuario de Delfos.

A un gobernante falto de instrucción


1. Los habitantes de Cirene1 pidieron a Platón2 que les dejara escritas unas leyes y les organizara su forma de gobierno, pero él lo rechazó, alegando que era difícil dar leyes a los cireneos, ya que tenían tan alto grado de prosperidad. «Pues nada hay tan arrogante», cruel e ingobernable, «por naturaleza, como un hombre»3, cuando posee lo que presuntamente es la prosperidad. Por eso es difícil dar consejos sobre asuntos de gobierno a los gobernantes. Ellos, en efecto, temen aceptar a la razón como guía, no sea que les recorte los privilegios de su poder, haciéndolos esclavos del deber. Pues no conocen la respuesta de Teopompo4, rey de los espartanos, que fue el primero en asociar a los éforos5 con los reyes, cuando, después de haber sido reprochado por su mujer, porque dejaba a sus hijos un poder menor que el que él había recibido, le dijo: «En todo caso, mayor, en cuanto que también es más seguro». Porque él, habiendo abandonado lo excesivo y absoluto, evitó a la vez la envidia y el peligro. Con todo, Teopompo, al desviar hacia otros el vasto caudal de su autoridad, cuanto entregaba a los otros se lo quitaba a sí mismo, mientras que la razón que procede de la filosofía se convierte en consejero y guardián para el gobernante, como si de una buena salud se tratara, y, librando a su poder de lo inestable, deja lo que es sano.

2. La mayoría de los reyes y gobernantes, que no son inteligentes, imitan a los escultores torpes, que piensan que sus estatuas colosales parecen grandes y fuertes, si las modelan con las piernas muy separadas, con los músculos tensos y con la boca bien abierta; estos gobernantes, en efecto, creen que con la firmeza de su voz, con la dureza de su mirada, con malas maneras y con una vida insociable imitan la grandeza y la majestad del poder, aunque en nada se diferencian de las estatuas colosales, que, por fuera, tienen la forma de un héroe o de un dios, pero, por dentro, están llenas de tierra, piedra y plomo; excepto que, en el caso de las estatuas, estas cargas las mantienen siempre derechas, sin inclinarse, mientras que los generales y gobernantes faltos de instrucción, por su ignorancia interior, con frecuencia se tambalean y se caen, pues, al construir su gran poderío sobre una base que no está bien asentada, se inclinan con ella. Y así como una regla, si es rígida e inflexible, endereza del mismo modo a las demás cosas, si se les aplica y yuxtapone, haciéndolas semejantes a ella, de la misma forma el gobernante debe conseguir primero el dominio sobre sí mismo, dirigir rectamente su alma y conformar su carácter, y, de este modo, hacer que sus súbditos se acomoden a él, porque, sin duda, uno que está caído no puede enderezar a otros ni, si es ignorante, enseñar ni, si es desordenado, ordenar, o, si es indisciplinado, imponer disciplina, o gobernar, si no está bajo ninguna norma. Mas, la mayoría cree neciamente que la primera ventaja de gobernar es el no ser gobernado. Así, el Rey de los persas creía esclavos suyos a todos, excepto a