Mis casas encantadas
Oh, muerte, mece gentil mi lecho
y tráeme el descanso silente,
que mi espíritu hastiado, inocente,
abandone la prudencia de mi pecho.
Ana Bolena lo escribió, según se dice,
en la Torre de Londres antes de su ejecución
Había una mujer muerta al final del pasillo. Jamás llegué a verla, pero sabía que estaba allí. El pasillo se encontraba en lo alto de las escaleras y giraba a la izquierda hacia la habitación desocupada y el dormitorio de mis padres. El fondo siempre estaba en penumbra. Me desagradaba mucho aun en pleno verano. Al regresar de la escuela del pueblo a media tarde estaba solo en casa, y todos los días retrasaba el momento de subir las escaleras, hasta que emprendía una carrera alocada camino de mi cuarto, con los ojos cerrados con todas mis fuerzas y las manos frías.
Vivíamos en una antigua rectoría del siglo xvii, una casita de campo con el techo de paja, rosales que crecían descontrolados por la fachada oeste y unos antiquísimos muros en el jardín. Era la década de los sesenta, y la isla de Wight seguía siendo una Inglaterra que Thomas Hardy habría reconocido. De un ruralismo inmemorial. La escuela del pueblo cerraba durante la feria agrícola anual: los padres de muchos de los niños trabajaban en el campo.
En el colegio, la señora que nos servía la comida solía contarnos historias. Algunas me calaron, como la del fantasma de un centurión romano en un bosque en las inmediaciones de Bembridge, o la del espectral jinete que se hundía en las marismas cerca de Wolverton, un lugar atravesado por un arroyo de aguas claras al que solíamos ir de excursión.
Comencé a devorar libros sobre el tema. Una de las cosas más intrigantes que aprendí, tal y como se repetía una y otra vez, fue que en Inglaterra había más fantasmas por kilómetro cuadrado que en cualquier otro país del mundo. Ahora bien, ¿por qué?
Al percatarse de mi creciente fascinación por la materia, mi madre mencionó que había visto el fantasma de una mujer al final de aquel pasillo en lo alto de las escaleras. Una amiga, de visita, corroboró que también la había visto. El fantasma entró en la habitación cuando ella estaba tumbada en la cama. La pregunta surgió en el desayuno: «¿Quién es?». Fuera quien fuese aquella mujer, su energía parecía disiparse cuando se producía alguna alteración en la casa.
Aun así, perseveró en mi mente.
Cuando cumplí los quince nos trasladamos a vivir a un edificio aún más antiguo, una casa solariega que antaño perteneció a una abadía normanda; y también estaba encantada. El último rey pagano de la isla de Wight estaba enterrado en uno de los bosques de la colina cercana1. Junto al estanque, un anciano tejo había crecido contra la rueda de un molino, como un dedo que se hinchase en el interior de un anillo nupcial. El panelado de una habitación estaba muy deteriorado. Había marcas con la forma de barcos de vela que los contrabandistas habían grabado en la caliza de un palomar medieval.
A veces se oía charlar a los fantasmas —un hombre y una mujer— dentro de la casa; era como si alguien se hubiese dejado la radio encendida. Los perros gruñían en dirección a un lugar específico de la cocina. También había fantasmas en el exterior. Al caballo de mi padre le asustaba la cantera de yeso que había