Ya he regresado, aunque en realidad no he llegado aún. Si sales de casa hacia las cuatro de la tarde, llegas al humeante aeropuerto de Río de Janeiro al día siguiente, sobre las doce y media de la mañana, hora nuestra. Todo eso le sucede a tu propio cuerpo, no hay truco que valga, y quejarse es una actitud pueril. Llego a Fráncfort, donde me aburro; a Ginebra, donde hace frío y es de noche; a Dakar, la capital del Senegal, donde también es de noche. Un calor húmedo me sube por las piernas cuando bajo del avión. A continuación cruzo el océano, la luz me adelanta, y estoy en Sudamérica. El piloto me deja sentarme en la cabina. Escucho las órdenes pronunciadas en voz baja y en alemán, pues el avión es de Lufthansa. Luego, a casi diez kilómetros debajo de mí, asoman una línea de costa verde y dentada y una ciudad, Salvador de Bahía. Los hombres de negocios suelen hacer estos viajes con frecuencia, por eso existen las líneas aéreas. Yo soy la excepción: enredado en lazos absurdos de un tiempo incomprensible me encuentro en Dakar sudando en un bar, en compañía de unos negros rapados. Mi reloj ha perdido su validez, mi hora no es su hora, y luego su hora dejará de ser la hora. Las tardes, mañanas y noches rebotan las unas contra las otras y mi parte visible revolotea en medio. En la oscuridad sobrevuelo el Sáhara. Visto desde abajo —de haber alguien que pudiera verlo— es como estar metido en un lejano tubo de aluminio con las luces apagadas. Una de las imágenes más curiosas —de noche, cuando todo el avión duerme— se produce cuando vas al servicio. Los viajeros dormitan en sus asientos como formas retorcidas bajo las mantas. Me deslizo entre ellos caminando en calcetines, la temperatura exterior es veinticinco grados bajo cero, la altura de diez kilómetros y abajo se extiende el océano en el que en ese momento no se ve ni una luz ni un barco. La azafata me ofrece una copita de coñac y, cuando me la he acabado, he recorrido de nuevo una distancia de más de cien kilómetros. La luna cuelga del cielo de manera diferente y yo he dejado de creer que viajar sirva para entender las cosas. Es todo demasiado misterioso.
Estoy de vuelta ahora. Sobre mi mesa hay tres extraños pedacitos de yeso, azul, blanco y de color sangre, unos objetos que le compré a un viejo negro en el mercado de Bahía y cuya función es ahuyentar la mala suerte. Además de esto, el hombre me dio unos polvos para proteger mi casa de los malos espíritus. El regreso fue igual que la ida, mejor dicho, un poco diferente, pues me despidió una gente que anteriormente no conocía.
El vuelo salió de noche. Aún veo las miles de estrellas iluminando los negros tapices del cielo cuando ya dormían todas las almas a mi alrededor. Tal vez fue más extraño el regreso, porque acabó en lo conocido. Cruzamos el océano, cuyas aguas surqué rumbo a Surinam hace diez años como trabajador en un pequeño carguero. Intento recordar aquellos días, pero lo único relacionado con lo de ahora son las estrellas que contemplaba de noche durante horas apoyado en la borda, la luna bañándose en el agua y, detrás del rumor del océano, el silencio infinito. Tres semanas duró la travesía, ahora el viaje no dura ni veinticuatro horas. Aterrizamos, al tiempo que amanece, en Dakar. Tónica y Coca-Cola, el mundo se ha convertido en una aldea cuyos habitantes beben todos lo mismo. McLuhan lleva razón. Un par de palmeras, calor, un mar liso sobre el que empieza a encenderse la luz. El enésimo vuelo, el correr de un lado a otro, el subidón que se siente en el instante del despegue, y luego, al cabo de media hora, el Sáhara, amarillo, marrón, implacable, que durante horas se extiende debajo de nosotros. Usando mi asiento eyectable vuelvo a estar, siete años atrás, frente al último puesto fronterizo tocando Mauritania, Mhamid, mirando ese peligroso paisaje que no termina nunca que ahora sobrevuelo. No solo se ha liado el tiempo en el avión, sino también mi propio tiempo personal, y mientras tanto estoy sentado en mi asiento, muy formalito; leo elFrankfurter Allgemeine; me alimento conSchnellimbiss, comida rápida; dejo que desaparezca la costa española, Marsella y otros miles de recuerdos; veo cómo el mundo se vuelve blanco, alto, nórdico e invernal; veo nieve sobre los dientes de Drácula de piedra de las montañas suizas y paños ensangrentados de niebla sobre la ciudad de Zúrich que ahora sobrevolamos hasta aterrizar y salir al delicioso aire fresco. Un par de horas después estoy en mi casa, que no ha cambiado, y leo el correo. Escucho un avión sobrevolando mi casa y me entran ganas de salir e irme con él. En la calle los árboles están amarillos y pelados. Ha empezado