TOMO II
I. Batalla de Tetuán
Del campamento enemigo, a 4 de febrero de 1860.
Tú, infanda Libia, en cuya seca arena
cayó vencido el reino lusitano
y se acabó su generosa historia,
no estés alegre y de ufanía llena
porque tu temerosa y flaca mano
alcanzó tal victoria, indigna de memoria;
que si el justo dolor mueve a venganza
alguna vez el español coraje,
despedazada con aguda lanza
compensarás muriendo el hecho ultraje,
y Luco, amedrentado, al mar inmenso pagará
de africana sangre el censo.
Herrera.
¡Victoria! ¡Victoria! ¡Dios ha combatido con nosotros! ¡Tetuán será nuestro dentro de algunas horas!
¡Echad las campanas a vuelo!, ¡vestíos de gala!, ¡corred a los templos y alzad himnos de gratitud al Dios de las misericordias! ¡Regocijaos, españoles! ¡Pasead en triunfo, por ciudades y aldeas, por campos y montañas, el pabellón morado de Castilla! ¡Empavesad los barcos! ¡Prended de los balcones vistosas colgaduras; recorred las calles con músicas y danzas; visitad los sepulcros de nuestros mayores; despertad de su sueño eterno a los once Alfonsos, a los Sanchos y Fernandos, a Isabel la Católica y a Cisneros, al Cid y a don Juan de Austria; encomendad al padre Tajo que lleve la fausta nueva a nuestro hermano el Portugal; repique gozosamente la campana de la Vela, cubrid de negros paños el alcázar de Sevilla y la Alhambra; sembrad de flores las llanuras del Salado, de las Navas y Clavijo; resuenen desde Irún a Trafalgar y desde Reus a Finisterre salvas y aplausos, vítores y serenatas; canten los poetas; entonen un Tedéum los sacerdotes; enjuguen su llanto las madres, las huérfanas y las viudas que han perdido en esta guerra las más queridas prendas de su alma, y sea la tierra leve, y gloriosa la resurrección a los ínclitos héroes que han muerto a nuestro lado!
Pero dejemos ya la poesía de las palabras y vengamos a la poesía de los hechos. La mera fecha de este capítulo lo dice todo... ¡Hemos vencido una vez más! ¡Hemos vencido una vez para siempre! ¡Hemos coronado nuestra larga obra! Estamos a las puertas de Tetuán: los campamentos enemigos han caído en nuestro poder; los ejércitos marroquíes huyen deshechos y atribulados por esas montañas. ¡Sus cañones, sus tiendas, sus equipajes, sus víveres todo lo han dejado en nuestras manos! Escribo en la tienda del príncipe y general Muley-Ahmed. Nuestros más humildes soldados dormirán esta noche sobre las alfombras y bajo las tiendas de los vencidos jefes del imperio. ¡El pabellón de España ondea sobre la Torre de Jeleli, sobre la tienda de Muley-Abbas, sobre cien quintas y caseríos! Los himnos que tocan en este instante nuestras músicas son repetidos por los ecos de las murallas de Tetuán. Nuestros cañones, puestos ya en batería, amenazan a la ciudad infiel, y solo la inclemencia y el respeto a la desgracia nos impiden reducirla a escombros... ¡Qué triunfo tan rápido, tan completo, tan maravilloso! Anoche a estas horas (bien lo recordaréis) nos hallábamos a dos leguas de aquí, en la arenosa playa, agitados por mil ocultos temores. Hoy... ya está todo terminado. La misma guerra acaso ha concluido. El sitio de la plaza será de todo punto innecesario. ¿Qué puede hacer sino rendirse? ¡Se acabó, pues, la sangre! ¡Terminó el largo martirio de nuestras tropas! ¡Oh, qué dichosa será España dentro de algunos momentos! ¡Patria del corazón! ¡Cómo nos gozamos desde ahora en tu alegría!
Pero demos tregua por un instante a tan noble entusiasmo. Recordemos el día de hoy; retrocedamos a nuestro antiguo campamento; describamos la portentosa batalla, antes de que nuevas impresiones borren o empalidezcan sus vivísimas imágenes; hagamos, en fin, que vuelva a aparecer en oriente el fausto Sol que acaba de ocultarse, y alumbre otra vez su bendecida llama este venturoso 4 de FEBRERO, que vivirá eternamente en las páginas de la historia.
• • •
Toda la noche de ayer sopló un helado viento del norte, que por vez primera nos hizo probar este año el riguroso frío del invierno. Antes del día nevó un poco, después de lo cual mudose el viento en manso levante, que dulcificó la temperatura y c