: Pedro Antonio de Alarcón
: Diario de un testigo de la guerra de África
: Linkgua
: 9788498970371
: Historia
: 1
: CHF 3.60
:
: Geschichte
: Spanish
: 542
: DRM
: PC/MAC/eReader/Tablet
: ePUB
Diario de un testigo de la guerra de África es el más conocido de los libros de viajes de Pedro Antonio de Alarcón. En él narra sus impresiones de la Guerra del África de 1859, de una manera vivida y realista. Narra desde dentro la vida que llevaban los soldados en aquella campaña en territorio de Marruecos y los lugares por donde se movían. Este libro procede de los relatos periodísticos que Pedro Antonio de Alarcón envió a su editor durante el conflicto y contiene una amplia descripción de la vida militar. Conocida por Alarcón quien se alistó como voluntario al inicio de las guerras en las colonias españolas en Marruecos. Aquí también aparecen numerosos personajes de la política española de aquellos tiempos. Entre ellos cabe citar a Juan Prim, quien posteriormente derrocó a la reina Isabel II de Borbón y fue presidente de España y Leopoldo O'Donnell, quien llegó a ocupar el mismo puesto de gobierno. Diario de un testigo de la guerra de África (1861) es la crónica de esta experiencia, una visión inusitada del Islam y el nacionalismo hispánico. Pedro Antonio de Alarcón recibió un balazo en un combate, y su libro fue tan popular que se vendieron cincuenta mil ejemplares en su época. El Diario es el relato heroico de las acciones bélicas de España en el Magreb. Alarcón parece una extraña mezcla de romántico y patriota colonial. Escribe fascinado por la aventura africana y por las victorias españolas en esta guerra hoy casi olvidada. Sin embargo, cabe destacar que fue uno de los primeros en denunciar la manipulación política que hubo en torno a esta contienda.

Pedro Antonio de Alarcón y Ariza (Guadix, Granada, 1833-Madrid, 1891). España. Hizo periodismo y literatura. Su actividad antimonárquica lo llevó a participar en el grupo revolucionario granadino 'la cuerda floja'. Intervino en un levantamiento liberal en Vicálvaro, en 1854, y -además de distribuir armas entre la población y ocupar el Ayuntamiento y la Capitanía general- fundó el periódico La Redención, con una actitud hostil al clero y al ejército. Tras el fracaso del levantamiento, se fue a Madrid y dirigió El Látigo, periódico de carácter satírico que se distinguió por sus ataques a la reina Isabel II. Sus convicciones republicanas lo implicaron en un duelo que trastornó su vida, desde entonces adoptó posiciones conservadoras.

TOMO II


I. Batalla de Tetuán


Del campamento enemigo, a 4 de febrero de 1860.

Tú, infanda Libia, en cuya seca arena

cayó vencido el reino lusitano

y se acabó su generosa historia,

no estés alegre y de ufanía llena

porque tu temerosa y flaca mano

alcanzó tal victoria, indigna de memoria;

que si el justo dolor mueve a venganza

alguna vez el español coraje,

despedazada con aguda lanza

compensarás muriendo el hecho ultraje,

y Luco, amedrentado, al mar inmenso pagará

de africana sangre el censo.

Herrera.

¡Victoria! ¡Victoria! ¡Dios ha combatido con nosotros! ¡Tetuán será nuestro dentro de algunas horas!

¡Echad las campanas a vuelo!, ¡vestíos de gala!, ¡corred a los templos y alzad himnos de gratitud al Dios de las misericordias! ¡Regocijaos, españoles! ¡Pasead en triunfo, por ciudades y aldeas, por campos y montañas, el pabellón morado de Castilla! ¡Empavesad los barcos! ¡Prended de los balcones vistosas colgaduras; recorred las calles con músicas y danzas; visitad los sepulcros de nuestros mayores; despertad de su sueño eterno a los once Alfonsos, a los Sanchos y Fernandos, a Isabel la Católica y a Cisneros, al Cid y a don Juan de Austria; encomendad al padre Tajo que lleve la fausta nueva a nuestro hermano el Portugal; repique gozosamente la campana de la Vela, cubrid de negros paños el alcázar de Sevilla y la Alhambra; sembrad de flores las llanuras del Salado, de las Navas y Clavijo; resuenen desde Irún a Trafalgar y desde Reus a Finisterre salvas y aplausos, vítores y serenatas; canten los poetas; entonen un Tedéum los sacerdotes; enjuguen su llanto las madres, las huérfanas y las viudas que han perdido en esta guerra las más queridas prendas de su alma, y sea la tierra leve, y gloriosa la resurrección a los ínclitos héroes que han muerto a nuestro lado!

Pero dejemos ya la poesía de las palabras y vengamos a la poesía de los hechos. La mera fecha de este capítulo lo dice todo... ¡Hemos vencido una vez más! ¡Hemos vencido una vez para siempre! ¡Hemos coronado nuestra larga obra! Estamos a las puertas de Tetuán: los campamentos enemigos han caído en nuestro poder; los ejércitos marroquíes huyen deshechos y atribulados por esas montañas. ¡Sus cañones, sus tiendas, sus equipajes, sus víveres todo lo han dejado en nuestras manos! Escribo en la tienda del príncipe y general Muley-Ahmed. Nuestros más humildes soldados dormirán esta noche sobre las alfombras y bajo las tiendas de los vencidos jefes del imperio. ¡El pabellón de España ondea sobre la Torre de Jeleli, sobre la tienda de Muley-Abbas, sobre cien quintas y caseríos! Los himnos que tocan en este instante nuestras músicas son repetidos por los ecos de las murallas de Tetuán. Nuestros cañones, puestos ya en batería, amenazan a la ciudad infiel, y solo la inclemencia y el respeto a la desgracia nos impiden reducirla a escombros... ¡Qué triunfo tan rápido, tan completo, tan maravilloso! Anoche a estas horas (bien lo recordaréis) nos hallábamos a dos leguas de aquí, en la arenosa playa, agitados por mil ocultos temores. Hoy... ya está todo terminado. La misma guerra acaso ha concluido. El sitio de la plaza será de todo punto innecesario. ¿Qué puede hacer sino rendirse? ¡Se acabó, pues, la sangre! ¡Terminó el largo martirio de nuestras tropas! ¡Oh, qué dichosa será España dentro de algunos momentos! ¡Patria del corazón! ¡Cómo nos gozamos desde ahora en tu alegría!

Pero demos tregua por un instante a tan noble entusiasmo. Recordemos el día de hoy; retrocedamos a nuestro antiguo campamento; describamos la portentosa batalla, antes de que nuevas impresiones borren o empalidezcan sus vivísimas imágenes; hagamos, en fin, que vuelva a aparecer en oriente el fausto Sol que acaba de ocultarse, y alumbre otra vez su bendecida llama este venturoso 4 de FEBRERO, que vivirá eternamente en las páginas de la historia.

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Toda la noche de ayer sopló un helado viento del norte, que por vez primera nos hizo probar este año el riguroso frío del invierno. Antes del día nevó un poco, después de lo cual mudose el viento en manso levante, que dulcificó la temperatura y c