Una educación accidentada.
Del exilio al Instituto
LAURE ADLER Hay algo, señor Steiner, que evoca su amigo Alexis Philonenko en losCahiers de l’Herne : ese brazo, esa deformidad, ese defecto físico; se refiere a ello diciendo que tal vez le haya hecho sufrir en la vida. Y a pesar de todo usted nunca habla de ello.
GEORGE STEINER Obviamente me resulta muy difícil tener un juicio objetivo al respecto. La clave en mi vida fue el genio de mi madre, una gran dama vienesa. Era multilingüe, claro, y hablaba francés, húngaro, italiano e inglés; era sumamente orgullosa en su fuero interno, pero no lo manifestaba; y tenía una increíble confianza en sí misma.
Yo tendría tres o cuatro años; no estoy seguro de la fecha precisa, pero fue un episodio decisivo en mi vida. Mis primeros años fueron muy difíciles porque mi brazo estaba prácticamente pegado a mi cuerpo; los tratamientos eran muy dolorosos, iba de un sanatorio a otro. Y ella me dijo: «¡Tienes una suerte increíble! Te librarás del servicio militar». Esa conversación cambió mi vida. «¡Qué suerte tienes!». Era extraordinario que se le hubiera ocurrido algo así. Y era verdad. Pude empezar mis estudios superiores dos o tres años antes que mis coetáneos, que estaban haciendo el servicio militar.
Imagínese: ¡cómo pudo ocurrírsele algo así! No me gusta nada la cultura terapéutica actual, que usa eufemismos para referirse a los minusválidos, que trata de decir: «Vamos a considerarlo un hándicap social...». Pues nada de eso: es muy duro, es muy grave, pero puede ser una gran ventaja. Me educaron en una época en la que no se daban aspirinas ni caramelitos. Había zapatos con cremallera, muy sencillos. «Ni hablar», dijo mi madre. «Vas a aprender a abrocharte los cordones de los zapatos». Es difícil, se lo aseguro. El que tiene dos manos hábiles no se da cuenta, pero atarse los cordones de los zapatos requiere una gran habilidad. Gritaba, lloraba; pero al cabo de seis o siete meses había aprendido a atarme los cordones. Y mamá me dijo: «Puedes escribir con la mano izquierda». Me negué. Entonces me puso la mano en la espalda: «Vas a aprender a escribir con la mano mala. — Sí». Y me enseñó. He sido capaz de pintar cuadros y dibujos con la mano mala. Se trataba de una metafísica del esfuerzo. Era una metafísica de la voluntad, de la disciplina y sobre todo de la felicidad, considerarlo un enorme privilegio; y lo ha sido a lo largo de mi vida.
También fue eso, me parece, lo que me ha permitido comprender ciertos estados, ciertas angustias de los enfermos que no alcanzan a concebir los apolos, los que tienen la suerte de tener un cuerpo magnífico y una salud estupenda. ¿Cuál es la relación entre el sufrimiento físico y mental y ciertos esfuerzos intelectuales? No cabe duda de que todavía no la comprendemos del todo. No debemos olvidar que Beethoven era sordo, Nietzsche tenía migrañas terribles y Sócrates era feísimo. Es muy interesante tratar de descubrir en los demás lo que han podido superar. Cuando estoy cara a cara con alguien siempre me pregunto: ¿qué vivencias ha tenido esta persona? ¿Cuál ha sido su victoria, o su gran derrota?
L. A. EnErrata cuenta usted que su padre, de origen vienés, comprendió enseguida el advenimiento del nazismo al poder y se fue a París con su familia. Por eso nació usted en París, y muy joven, con su madre, asistió en la calle a una manifestación en la que la gente gritaba: «¡Muerte a los judíos!».
G. S. Sí, se trataba del escándalo Stavisky. Un asunto oscuro, que aún no se ha olvidado porque la extrema derecha francesa lo recuerda a menudo. Por la calle desfilaba un tal coronel de La Rocque. Hoy parece un personaje siniestramente cómico pero en aquel entonces se le tomaba muy en serio. Yo estaba al lado, en el liceo Janson-de-Sailly, corría con mi niñera por la calle de la Pompe para volver a casa porque se nos echaba encima un pequeño grupo de manifestantes de extrema derecha que seguían al coronel de La Rocque: «¡Muerte a los judíos!». Un eslogan que pronto se convertiría en: «Más vale Hitler que el Frente popular». Todo eso en un barrio (la calle de la Pompe, la avenida Paul-Doumer) en el que la burguesía judía estaba muy presente. Mi madre, no por miedo, sino por respeto de cierto