: Barbara Cartland
: El Tercer Engaño
: Barbara Cartland EBooks ltd
: 9781782136019
: 1
: CHF 2.60
:
: Historische Romane und Erzählungen
: Spanish
: 245
: Wasserzeichen
: PC/MAC/eReader/Tablet
: ePUB

Leila Cavendish, era una bella joven, educada artista, y con talento, que huye de su brutal padrastro y un pretendiente no deseado, buscando refugio en casa de su tía la Baronesa Van Alnrardt, que vivía en Amsterdam, coleccionista de Arte Titulada. Carew, era el Marqués de Kyneston, coleccionador de Arte y sólo tenía tres problemas: era demasiado rico, tenía demasiado éxito y era demasiado guapo. Sin embargo, el Marqués vivía disgustado, por haber tenido algunos disgustos de amor... y así desilusionado, se dijo, no creer más en las mujeres... Navega hacia Amsterdam, prometiéndose, que jamás volverá a caer en la trampa del amor... Mas el Destino tenía otros planes para el Marqués y la bella joven. Leila lo miraba con angustia, impotente para contarle la verdad del embuste que tendría que hacer, para que su tía se salvara... cuando al mismo tiempo, el Marqués había despertado en ella, la maravilla del amor eterno... y sin embargo, él era el hombre, que ella estaba a punto de engañar!

CAPÍTULO I
1903


EL Marqués de Kyneston llegó a Londres de muy buen humor. Lo hizo conduciendo su cuadriga, y los caballos, color castaño, constituían la admiración de cuantos lo veían pasar por la calle.

El Marqués sentía la necesidad de comentarle a alguien su éxito obtenido en lo que había sido una de las carreras más difíciles, y en la que jamás antes había inscrito un caballo, por lo que se detuvo delante delClub White's.

–Llévate los caballos a casa, James– ordenó al sirviente que lo acompañaba–, y envíame el carruaje cerrado. Estaré listo para recogerlo en menos de una hora.

–Muy bien,milord.

El Marqués entró en el club, pisando firmemente.

No sólo había ganado aquella carrera, sino que también superó su propio récord en cuanto a tiempo de regreso a Londres.

Ahora, muchos de sus amigos preferían viajar en el tren, y los más aventureros lo hacían en los nuevos su automóviles, pese a la facilidad con que éstos se averiaban.

En lo que a él se refería, estaba determinado a conservar sus caballos.

Muchos otros como él solían decir que si los caballos estaban condenados a desaparecer, entonces ellos desaparecían también.

Entró en el salón, donde encontró a numerosos amigos, tal y como lo h