«Me enfurece equivocarme cuando sé que tengo razón».
Molière
¿Por qué nos gusta tener razón? Como placer, al fin y al cabo, es de segundo orden como mucho. A diferencia de muchos otros deleites —comer chocolate, surfear, besar— no goza de acceso directo alguno a nuestra bioquímica: a nuestros apetitos, a nuestras glándulas suprarrenales, a nuestro sistema límbico, a nuestro sensible corazón. Y sin embargo el regustillo de tener razón es innegable, universal y (tal vez lo más curioso de todo) casi enteramente indiscriminado. No podemos disfrutar besando a cualquiera, pero podemos estar encantados de tener razón acerca de casi cualquier cosa. No parece que cuente mucho lo que esté en juego; es más importante apostar sobre qué política exterior se va a seguir que sobre qué caballo va a ganar la carrera, pero somos perfectamente capaces de regodearnos con ambas cosas. Tampoco cuenta de qué va el asunto; nos puede complacer igual identificar correctamente una curruca de corona anaranjada o la orientación sexual de un compañero de trabajo. Y lo que es todavía más extraño, puede gustarnos tener razón incluso acerca de cosas desagradables: por ejemplo, la bajada de la Bolsa, el final de la relación de pareja de un amigo o el hecho de que, por la insistencia de nuestro cónyuge, nos hayamos pasado quince minutos arrastrando la maleta justo en sentido contrario al hotel.
Como la mayoría de las experiencias placenteras, no es posible acertar siempre. A veces somos nosotros los que perdemos la apuesta (o el hotel). Y a veces, también, nos acosa la duda sobre la respuesta o la actuación correctas, una preocupación que a su vez refleja lo apremiante que es el deseo de tener razón. No obstante, en conjunto, nuestra indiscriminada satisfacción por tener razón viene a ser igualada por la sensación, casi tan indiscriminada como ella, de quetenemos razón. Ocasionalmente, esta sensación pasa a primer plano, como cuando discutimos o evangelizamos, cuando hacemos predicciones o apuestas. Sin embargo, la mayoría de las veces no es más que un telón de fondo psicológico. Muchísimos vamos por la vida dando por supuesto que en lo esencial tenemos razón, siempre y acerca de todo: de nuestras convicciones políticas e intelectuales, de nuestras creencias religiosas y morales, de nuestra valoración de los demás, de nuestros recuerdos, de nuestra manera de entender lo que pasa. Si nos paramos a pensarlo, cualquiera diría que nuestra situación habitual es la de dar por sentado de manera inconsciente que estamos muy cerca de la omnisciencia.
Para ser justos, esta serena fe en que tenemos razón está a menudo justificada. La mayoría nos manejamos bastante bien en el día a día, lo cual indica que de forma rutinaria tenemos razón sobre muchas cosas. Y a veces no solo de forma normal sino espectacular: sobre la existencia de los átomos (postulada por pensadores de la Antigüedad miles de años antes de la aparición de la química moderna); sobre las propiedades curativas de la aspirina (reconocidas desde el año 3000 a. C. por lo menos); en haberle seguido la pista a aquella mujer que te sonrió en el café (ahora tu esposa desde hace veinte años). En su conjunto, estos momentos de acierto representan los puntos más altos del empeño humano y al mismo tiempo son fuente de innumerables pequeñas alegrías. Confirman nuestra sensación de que somos listos, competentes y fiables y estamos en armonía con nuestro entorno. Lo que es más importante, nos mantienen vivos. Individual y colectivamente, nuestra existencia misma depende de la capacidad que tengamos de llegar a conclusiones correctas acerca del mundo que nos rodea. En pocas palabras, la experiencia de tener razón es imperativa para nuestra supervivencia, gratificante para nuestro ego y, por encima de todo, una de las satisfacciones más baratas e intensas de la vida.
Este libro trata de lo contrario de todo esto. Trata del hecho de equivocarse: de cómo, en tanto que cultura,