: César Vallejo
: El tungsteno
: Linkgua
: 9788490076521
: Narrativa
: 1
: CHF 2.70
:
: Erzählende Literatur
: Spanish
: 125
: DRM
: PC/MAC/eReader/Tablet
: ePUB
El tungsteno es una novela de César Vallejo con marcada pretensión social. La trama transcurre en las primeras décadas del siglo XX. La empresa norteamericana Mining Society es propietaria de las minas de tungsteno de Quivilca. Está decidida a extraer el mineral, ante la entrada inminente de los Estados Unidos en la Primera guerra mundial. Por esta razón se contratan peones y empleados indios de Colca. Estos y los directivos de la empresa, se asientan en un paraje cercano a las cabañas de los soras. En una comunidad indígena que siempre había vivido apartada. En el bazar de los hermanos Marino, se reúnen con frecuencia los directivos de la mina. En una de esas sesiones, José Marino entrega su amante Graciela («La Rosada») al comisario Baldazari para que se la «cuide» durante su viaje. Es un oscuro intercambio de favores. El encuentro termina con la violación y muerte de la joven, en medio de una orgía de alcohol y abuso. Aquí hay un giro dramático. Ante la huida de trabajadores de la minas. Dos jóvenes indios, Isidoro Yepez y Braulio Conchucos, son capturados y los llevan a rastras hasta Colca para comparecer. Debido a los maltrato sufridos, Braulio fallece ante todos. El crimen provoca un levantamiento popular reprimido por los gendarmes, con muertos y heridos. Varios indios van a los calabozos. El tungsteno termina con las reflexiones políticas entre dos personajes: Servando Huanca y Leonidas Benites. Hablan del movimiento revolucionario mundial y del día prometido en que todos los explotadores recibirán una justicia ejemplar y los obreros serán libres.

César Abraham Vallejo Mendoza (Santiago de Chuco, 1892-1938, París). Perú. Sus padres eran Francisco de Paula Vallejo Benítez y María de los Santos Mendoza Gurrionero. Fue el menor de once hermanos. Su tez mestiza se debe que sus abuelas fueron indias y sus abuelos sacerdotes gallegos. Sus padres querían dedicarlo al sacerdocio, lo que él en su primera infancia aceptó. Vallejo estudió en el Centro Escolar No. 271 de Santiago de Chuco, y desde abril de 1905 hasta 1909 hizo la secundaria en el Colegio Nacional San Nicolás de Huamachuco. En 1910 se matriculó en la Facultad de Letras de la Universidad Nacional de Trujillo y en 1911 viajó a Lima para estudiar en la Escuela de Medicina de San Fernando. Tras varios trabajos, Vallejo terminó en 1915 la carrera de Letras. En 1916 frecuentó la juventud intelectual de la 'bohemia trujillana' y se enamoró de María Rosa Sandoval. En 1917 conoció a 'Mirto' (Zoila Rosa Cuadra), pero el romance duró poco y al parecer César intentó suicidarse tras un desengaño. Poco después se embarcó en el vapor Ucayali con rumbo a Lima donde conoció a lo más selecto de la intelectualidad limeña. Llegó a entrevistarse con José María Eguren y con Manuel González Prada, a quien los jóvenes consideraban un maestro y guía. Asimismo, publicó algunos de sus poemas en la Revista Suramérica. En 1918 trabajó en el colegio Barros y tras la muere de su director, Vallejo se hizo cargo de la dirección del mismo. Luego, en 1919 fue profesor en el Colegio Guadalupe. Ese año ven la luz los poemas de Los Heraldos Negros, que muestran cierta influencia modernista. Su madre murió en 1918 y al volver a Santiago de Chuco Vallejo fue encarcelado durante 105 días, acusado de haber participado en el saqueo de una casa. En la cárcel escribió la mayoría de los poemas de Trilce y en 1921 recibió la libertad condicional. Entonces fue admitido otra vez en el Colegio Guadalupe. Con el dinero que le debía el Ministerio de Educación se marchó a Europa en el vapor Oroya el 17 de junio de 1923 y llegó a París el 13 de julio. En París hizo amistad con Juan Larrea y Vicente Huidobro; y tuvo contacto con Pablo Neruda y Tristán Tzara. En 1926 conoció a Henriette Maisse, con quien convivió hasta octubre de 1928. Fundó junto al poeta español Juan Larrea una revista mientras colaboraba con Variedades y Amauta, la revista de José Carlos Mariátegui. Por entonces profundizó en sus estudios de marxismo. En 1927 conoció a Georgette Marie Philippart Travers y ese año viajó a Rusia. Hacia 1929 mantiene sus colaboraciones con Variedades, Mundial y el diario El Comercio. En 1930 el gobierno español le concedió una modesta beca para escritores. Poco después viajó a la Unión Soviética para participar en el Congreso Internacional de Escritores Solidarios con el régimen soviético. Tras su regreso a París se casó con Georgette Philippart en 1934 y se integró en el Partido Comunista del Perú fundado por Mariátegui. En 1937 Vallejo y Neruda fundaron en España el Grupo Hispanoamericano de Ayuda a España en plena Guerra Civil. En 1938 trabajó como profesor de Lengua y Literatura, pero en marzo sufrió un agotamiento físico. El 24 de marzo fue internado padeciendo una enfermedad desconocida y murió en París el 15 de abril de 1938.

II


José Marino fue a Colca por urgentes negocios. En Colca tenía otro bazar, que corría de ordinario a cargo de su hermano menor, Mateo. Los hermanos Marino tenían, además, en Colca, la agencia de enganche de peones para los trabajos de las minas de Quivilca. En suma, la firma «Marino Hermanos» consistía, de una parte, en los bazares de Colca y de Quivilca, y, de otra, en el enganche de peones para la «Mining Society».

La «Mining Society» celebró un contrato con «Marino Hermanos», cuyas estipulaciones principales eran las siguientes: «Marino Hermanos» tomaban la exclusiva de proporcionar a la empresa yanqui toda la mano de obra necesaria para la explotación minera de Quivilca y, en segundo lugar, tomaban, asimismo, la exclusiva del abastecimiento y venta de víveres y mercaderías a la población minera de Quivilca, como medio de facilitar el enganche y reenganche de la peonada. «Marino Hermanos», de este modo, se constituían en intermediarios, de un lado, como verdaderos patrones de los obreros y, de otro lado, como agentes o instrumentos al servicio de la empresa norteamericana.

Este contrato con la «Mining Society» estaba enriqueciendo a los hermanos Marino con una rapidez pasmosa. De simples comerciantes en pequeño, que eran en Colca, antes de descubrirse las minas de Quivilca, se habían convertido en grandes hombres de finanza, cuyo nombre empezaba a ser conocido en todo el centro del Perú. El solo movimiento de mercaderías de sus bazares de Colca y Quivilca representaba respetables capitales. En el momento en que José Marino venía a Colca, después de la jarana y la muerte de Graciela, en el bazar de Quivilca, «Marino Hermanos» iban a decidir de la compra de unos yacimientos auríferos en una hoya del Huataca. Tal era el principal motivo del viaje de José Marino a Colca.

Pero, el mismo día de su llegada, por la noche, después de comer, la atención de los hermanos Marino, en el curso de una larga conferencia, fue de pronto y preferentemente atraída hacia diversas cuestiones relativas al enganche de peones para Quivilca. Antes de su partida de Quivilca, José Marino había tenido acerca de este asunto una extensa conversación con míster Taik. La oficina de la «Mining Society» en Nueva York exigía un aumento en la extracción de tungsteno de todas sus explotaciones del Perú y Bolivia. El sindicato minero hacía notar la inminencia en que se encontraban los Estados Unidos de entrar en la guerra europea y la necesidad consiguiente para la empresa, de acumular en el día un fuerte stock de metal, listo para ser transportado, a una orden telegráfica de Nueva York, a los astilleros y fábricas de armas de los Estados Unidos. Míster Taik le había dicho secamente a José Marino:

—Usted me pone, antes de un mes, cien peones más en las minas...

—Haré, míster Taik, lo que yo pueda —respondió Marino.

—¡Ah, no! No me diga usted eso. Usted tiene que hacerlo. Para los hombres de negocio, no hay nada imposible...

—Pero, míster Taik, fíjese que ahora es muy difícil traer peones desde Colca. Los indios ya no quieren venir. Dicen que es muy lejos. Quieren mejores salarios. Quieren venirse con sus familias. El entusiasmo de los primeros tiempos ha pasado...

Míster Taik, sentado rígidamente ante su escritorio, y después de chupar su pipa, puso fin a los alegatos de José Marino diciendo con implacable decisión:

—Bueno. Bueno. Cien peones más dentro de un mes. Sin falta.

Y míster Taik salió solemnemente de su oficina. José Marino, caviloso y vencido, lo siguió a pocos pasos. Pero un diálogo tal —dicho sea de paso—, lejos de enfriar la amistad —si amistad era eso— entre ambos hombres, la afianzó más.

José Marino volvió al bazar, y en lo primero que pensó fue en hacer venir por medio de un amigo, el cajero Machuca, a míster Taik, a la reunión de despedida al comerciante.

—Tráigame a míster Taik y a míster Weiss.

—Va a ser difícil.

—No, hombre. Vaya usted a traerlos. Hágalo como cosa suya, y que no se den cuenta que yo se lo he dicho. Dígales que solo van a estar unos minutos.

—Va a ser imposible. Están los gringos trabajando. Usted sabe que solo vienen al bazar en la tarde.

—No, hombre. Vaya usted nomás. Ande, querido cajero. Además, ya va a ser hora de almuerzo...

Machuca fue y logró hacer venir a los dos yanquis. Entonces José Marino se deshizo en reverencias y atenciones para míster Taik, lo que, naturalmente, no modificó en nada las exigencias de la «Mining Society» en orden al tungsteno destinado a los Estados Unidos y a la guerra mundial.

—Una vez en el bazar —refería José Marino a su hermano en Colca—, volví a hablarle al gringo sobre el asunto y volvió a decirme que no eran cosas suyas, y que él tenía que cumplir las órdenes del sindicato, muy a su pesar.

—Pero, entonces —argumentaba Mateo—, ¿qué vamos a hacer ahora? En Quivilca mismo, o en los alrededores, no será posible encontrar indios salvajes. ¿Y los soras?

—¡Los soras! —dijo José, burlándose—. Hace tiempo que metimos a los soras a las minas y hace tiempo también que desaparecieron. ¡Indios brutos y salvajes! Todos ellos han muerto en los socavones, por estúpidos, por no saber andar entre las máquinas...

—¿Entonces? —volvió a preguntarse con angustia Mateo—. ¿Qué se puede hacer? ¿Qué podemos hacer?

—¿Cuántos peones hay socorridos? —preguntó, a su vez, José. Mateo, hojeando los libros y los talonarios de los contratos, decía:

—Hay 23, que debían haber partido a Quivilca este mes, antes del 20.

—¿Los has hecho llamar? ¿Qué dicen?

—He visto a algunos, a nueve de ellos, hace quince días, más o menos, y me prometieron salir para Quivilca a fines de la semana pasada. Si no lo han hecho, habría que ir a verlos de nuevo y obligarlos a salir.

—¿Está aquí el subprefecto?

—Sí; aquí está, precisamente.

—Bueno. Entonces, no hay más que pedirle dos soldados mañana mismo, para ir por los cholos inmediatamente. ¿Dónde viven? Mira en el talonario...

Mateo hojeó de nuevo el talonario de los contratos, recitando, uno por uno, los nombres de los peones contratados y sus domicilios. Luego dijo:

—Al Cruz, al Pío, al viejo Grados y al cholo Laurencio, se les pude ir a ver mañana juntos. De Chocoda se puede pasar a Conra y después a Cunguay, de un solo tiro...

José replicó deprisa:

—No, no, no. Hay que verlos a todos mañana mismo, a los nueve que tú dices, aunque sea de noche o a la madrugada...

—Bueno. Sí. Naturalmente. Claro que se les puede ver. A los gendarmes les damos su Sol a cada uno, su buen cañazo, su coca y sus cigarros y ya está...

—¡Claro! ¡Claro! —exclamaba José, en tono decidido.

Ambos