: Félix Lope de Vega y Carpio
: El perro del hortelano
: Linkgua
: 9788498971033
: Teatro
: 1
: CHF 2.70
:
: Dramatik
: Spanish
: 164
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: ePUB
El perro del hortelano es una comedia de enredo que gira en torno al amor, los celos y el honor. Lope de Vega presenta la lucha interior que vive la condesa Diana entre el amor que siente hacia su secretario Teodoro y los convencionalismos sociales que le impiden contraer matrimonio con él. Pero, Diana tampoco consiente que Teodoro, hombre que pertenece a una clase social inferior, se case con su enamorada, la criada Marcela. Es decir: ni come, ni deja comer... El perro del hortelano es una comedia fresca y divertida en la que todos los personajes defienden su felicidad superando prejuicios y presiones sociales. Una buena muestra de la mejor comedia de Lope de Vega.

Félix Lope de Vega (Madrid, 1562-1637). España. El que fuera llamado 'Fénix de los ingenios españoles', Félix Lope de Vega Carpio, nació en Madrid a finales de 1562. Su padre, el artesano bordador Félix de Vega, y su madre, Francisca Fernández Flórez, eran, probablemente, oriundos del valle de Carriedo (Cantabria), y se trasladaron a Madrid hacia 1561. El origen humilde de Lope de Vega sería transformado por él mismo en una imaginada hidalguía; de hecho, Lope siempre fue dado a investirse con atributos que le favorecieran y nunca ocultó su abultado deseo de fama y éxito. Sea como fuera, cristiano viejo o converso, lo que sí refleja su obra es una completa y cabal asimilación de los valores imperantes en la sociedad de su tiempo. Lope estudió primero en la escuela madrileña de Vicente Espinel, por quien siempre demostró estima y admiración, y después en un colegio jesuita que, años después, se llamó colegio Imperial. Posteriormente, al parecer entre 1577 y 1581, estudió en la Universidad de Alcalá de Henares, aunque no consta que obtuviera ningún título. Es probable, también, que siguiera algunas lecciones en la Universidad de Salamanca. Tras servir, desde muy joven, al obispo de Cartagena, inquisidor general y más tarde obispo de Ávila, don Jerónimo Manrique, Lope se alista en una escuadra de navíos y, en junio de 1583, zarpa de Lisboa rumbo a la isla Terceira (Azores), donde habían de combatir al prior de Crato, aspirante al trono portugués entonces en manos españolas a través de Felipe II. Acabada su misión, Lope regresa e inicia una de sus primeras relaciones amorosas, de entre las numerosas que se le atribuyen. Se trataba de Elena Osorio (su Filis), mujer bella y cultivada, hija de un empresario y actor teatral, la cual estaba separada de su marido (un actor). Lope escribiría algunas comedias para el padre de Elena. Años después, en 1587, tras enterarse de que Elena planeaba sustituirle por un influyente personaje madrileño (Francisco Perrenot Granvela), Lope difundió unos poemas infamantes contra ella y su familia, lo que le valió un destierro judicial de Madrid, por cuatro años, y de Castilla, por dos. En mayo de 1588, Lope toma por esposa a Isabel de Urbina Alderete (su Belisa), en Madrid. Isabel pertenecía a una familia muy influyente y de linaje antiguo, y es probable que el casamiento, aunque se realizó por poderes, pasara antes por algunas dificultades y supusiera la violación de la orden judicial por parte del escritor, que tenía prohibido regresar a la capital.

Jornada segunda


(Salen el Conde Federico y Leonido.)

Federico¿Aquí la viste?

Leonido Aquí entró,

como el alba por un prado,

que a su tapete bordado

la primera luz le dio;

y según la devoción,

no pienso que tardarán;

que conozco al capellán

y es más breve que es razón.

Federico ¡Ay si la pudiese hablar!

LeonidoSiendo tú su primo, es cosa

acompañarla forzosa.

FedericoEl pretenderme casar

ha hecho ya sospechoso

mi parentesco, Leonido;

que antes de haberla querido

nunca estuve temeroso.

Verás que un hombre visita

una dama libremente

por conocido o pariente,

mientras no la solicita;

pero en llegando a querella,

aunque de todos se guarde,

menos entra, y más cobarde,

y apenas habla con ella.

Tal me ha sucedido a mí

con mi prima la condesa;

tanto, que de amar me pesa,

pues lo más del bien perdí,

pues me estaba mejor vella

tan libre como solía.

(Salen Ricardo y Celio, que se quedan lejos de Federico y Leonido.)

CelioA pie digo que salía,

y alguna gente con ella.

Ricardo Por estar la iglesia enfrente,

y por preciarse del talle,

ha querido honrar la calle.

Celio¿No has visto por el oriente

salir serena mañana

el Sol con mil rayos de oro,

cuando dora el blanco Toro

que pace campos de grana,

que así llamaba un poeta

los primeros arreboles?

Pues tal salió con dos soles,

más hermosa y más perfeta,

la bellísima Diana,

la condesa de Belflor.

RicardoMi amor te ha vuelto pintor

de tan serena mañana;

y hácesla Sol con razón,

porque el Sol en sus caminos

va pasando varios sinos,

que sus pretendientes son.

Mira que allí Federico

aguarda sus rayos de oro.

Celio¿Cuál de los dos será el toro

a quien hoy al Sol aplico?

Ricardo Él, por primera aflicción,

aunque del nombre se guarde,

que yo, por entrar más tarde,

seré el signo del león.

Federico ¿Es aquél Ricardo?

Leonido Él es.

FedericoFuera maravilla rara

que de este puesto faltara.

LeonidoGallardo viene el marqués.

Federico No pudieras decir más,

si tú fueras el celoso.

Leonido¿Celos tienes?

Federico ¿No es forzoso?

De alabarle me los das.

Leonido Si a nadie quiere Diana,

¿de qué los puedes tener?

FedericoDe que le puede querer;

que es mujer.

Leonido Sí, mas tan vana,

tan altiva y desdeñosa,

que a todos os asegura.

FedericoEs soberbia la hermosura.

LeonidoNo hay ingratitud hermosa.

Celio Diana sale, señor.

RicardoPues tendrá mi noche día.

Celio¿Hablarásla?

Ricardo Eso querría,

si quiere el competidor.

(Salen Diana, Otavio, Fabio; y detrás, Marcela, Dorotea y Anarda, con mantos. Federico a Diana.)

Federico Aquí aguardaba con deseo de veros

DianaSeñor conde, seáis muy bien hallado.

RicardoY yo, señora, con el mismo agora

a acompañaros vengo y a serviros.

DianaSeñor marqués, ¿qué dicha es esta mía?

¡Tanta merced!

Ricardo Bien debe a mi deseo

vuseñoría este cuidado.

(Federico a su criado Leonido.)

FedericoCreo

que no soy bien mirado y admitido.

LeonidoHáblala; no te turbes.

Federico ¡Ay Leonido!

Quien sabe que no gustan de escuchalle,

¿de qué te admiras que se turbe y calle?

(Vanse. Sale Teodoro.)

Teodoro Nuevo pensamiento mío,

desvanecido en el viento,

que con ser mi pensamiento,

de veros volar me río,

parad, detened el brío,

que os detengo y os provoco;

porque si el intento es loco,

de los dos lo mismo escucho,

aunque donde el premio es mucho,

el atrevimiento es poco.

Y si por disculpa dais

que es infinito el que espero,

averigüemos primero,

pensamiento, en qué os fundáis.

Vos a quien servís amáis;

diréis que ocasión tenéis,

si a vuestros ojos creéis;

pues, pensamiento, decildes

que sobre pajas humildes

torres de diamante hacéis.

Si no me sucede bien,

quiero culparos a vos;

mas teniéndola los dos,

no es justo que culpa os den;

que podréis decir también

cuando del alma os levanto,

y de la altura me espanto

donde el amor os subió,

que el estar tan bajo yo

os hace a vos subir tanto.

Cuando algún hombre ofendido,

al que le ofende defiende,

que dio la ocasión se entiende.

Del daño que os ha venido,

sed en buen hora atrevido;

que aunque los dos nos perdamos,

esta disculpa llevamos:

que vos os perdéis por mí

y que yo tras vos me fui,

sin saber adónde vamos.

Id en buen hora, aunque os den

mil muertes por atrevido;

que no se llama perdido

el que se pierde tan bien.

Como a otros dan parabién

de lo que hallan, estoy tal,

que de perdición igual

os le doy; porque es perderse

tan bien, que puede tenerse

envidia del mismo mal.

(Sale Tristán.)

Tristán Si en tantas lamentaciones

cabe un papel de Marcela,

que contigo se consuela

de sus pasadas prisiones,

bien te le daré sin porte,

porque a quien no ha menester

nadie le procura ver,

a la usanza de la corte.

Cuando está en alto lugar

un hombre (y ¡qué bien lo imitas!),

¡qué le vienen de visitas

a molestar y a enfadar!

Pero si mudó de estado,

como es la fortuna incierta,

todos huyen de su puerta

como si fuese apestado.

¿Parécete que lavemos

en vinagre este papel?

Teodoro Contigo, necio, y con él

entrambas cosas tenemos.

Muestra; que vendrá lavado,

si en tus manos ha venido.

(Lee.)«A Teodoro, mi marido.»

¿Marido? ¡Qué necio enfado!

¡Qué necia cosa!

Tristán Es muy necia.

Teodoro Pregúntale a mi ventura

si, subida a tanta altura,

esas mariposas precia.

Tristán Léele, por vida mía,

aunque ya estés tan divino;

que no hace desprecio el vino

de los mosquitos que cría;

que yo sé cuando Marcela,

que llamas ya mariposa,

era águila caudalosa.

Teodoro El pensamiento, que vuela

a los mismos cercos de oro

del Sol, tan baja la mira,

que aun de que la ve se admira.

TristánHablas con justo decoro

mas ¿qué haremos del...