Jornada segunda
(Sale Eurídice.) Amor desconfiado,
de ti dicen que nadie ha tenido,
dichoso o desdichado,
sin celos, porque apenas al sentido
tocaron tus desvelos,
cuando son de tu Sol sobra los celos.
Yo sola, de tus iras
libre, amando salí libre me veo;
sospechas ni mentiras
no me han dado temor, ni apenas creo
que hay celos más que el nombre,
ni que los tiene la mujer del hombre.
Diga quien celos tiene:
¿de qué manera son cuando atormentan?
¿Cuándo su pena viene?
¿De qué nacen y adónde se sustentan?
Y siendo infierno celos,
¿por qué tienen el nombre de los cielos?
Adórame mi esposo
con tal pureza de alma y de sentido,
que ni él está celoso,
ni celos tengo de él, porque no han sido
tales nuestros amores
que puedan atreverse los temores.
Cuando la noche fría
el mundo baña en miedo, en hurto, en sombra,
amada esposa mía,
y otras veces también mujer, me nombra:
¡Quién tan larga la hiciera
que dos siglos después amaneciera!
Y cuando el alba hermosa
las perlas que le hurtó liberal llueve,
y la encarnada rosa
en copas de coral aljófar bebe,
dice que en mí las mira,
y porque vio la luz del Sol suspira:
En vida tan contenta,
¿qué puede haber que el alma que le adora
más tema, ni más sienta,
que ser corta la vida, pues agora
por gozarle quisiera
que fuera cuerpo el alma, y siempre fuera?
Fílida Si los jueces fieros
que en el infierno con rigor castigan
crueles y severos,
a quien jamás las lágrimas obligan,
hicieron fuego eterno,
celos, ¿cómo no estáis en el infierno?
Quien dijere que pudo
amar sin celos miente claramente,
o es tan grosero y rudo
que las ofensas del amor no siente;
que quien sin celos ama,
no tiene honor y el de ser hombre infama.
El cisne no permite
otro cisne en el agua donde nada,
ni que le solicite
otro amante su prenda: la sagrada
paloma, a Venus bella,
que como sabe amar, teme perdella.
Yo muero de celosa,
mas no puedo estorbar a quien me quita
mi bien, por más dichosa,
que no le goce, aunque a morir me incita;
que el nombre de marido
tiembla el furor que abrasa mi sentido.
¿Qué importa, amado Orfeo,
que me consuma yo por gracias tantas
cuantas ve mi deseo,
cuando hablas, cuando escribes, cuando cantas,
si Eurídice, tu esposa,
mujer te quiere, como yo celosa?
Eurídice Fílida, ¿tú estás aquí?
FílidaGuárdente, ninfa, los cielos.
EurídiceNo sé qué te oí de celos,
¿es verdad que hay celos?
Fílida Sí.
Eurídice ¿Qué son celos?
Fílida Un temor.
Eurídice¿De qué?
FílidaDe perder quien ama
el bien que tiene.
Eurídice ¿Eso llama
celos la que tiene amor?
Fílida Esto pienso.
Eurídice Y ¿a qué efeto
teme quien ama perder
el bien?
Fílida Porque puede ser,
y así el temor es discreto.
Eurídice ¿Cómo?
Fílida ¿No puede mirar
otra mujer lo que quieres?
¿No hay mil hermosas mujeres
que le pueden agradar?
Eurídice ¿Por qué, queriéndome a mí?
FílidaPorque no todas las cosas
de mil mujeres hermosas
estarán juntas en ti.
Si eres blanca, podrá ser
que le agrade una morena:
si eres compuesta y serena,
tan bulliciosa mujer.
Y aunque tú discreta seas,
otra puede saber más,
y hay gracias que no tendrás
que se imaginan en feas;
sin esto, lo que se tiene,
suele no estimarse tanto.
EurídiceDe lo que dices me espanto.
FílidaPues de esto que digo viene
a estar la propia mujer
celosa de su marido,
porque es un bien adquirido
que no se puede perder.
EurídiceCon no apartarme jamás
del bien que el cielo me dio,
no seré celosa yo.
FílidaMás pienso que lo serás;
que si le oprimes, es cierto
cansarle, y el que se cansa,
en otra parte descansa.
EurídiceDe no dejarle te advierto.
Fílida ¿Qué importa para ofenderte
con el pensamiento, y dar
tú en celos de imaginar
que es posible no quererte,
y querer a otra mujer?
EurídiceMás claro verlo quisiera,
aunque celosa me viera.
FílidaPues no es difícil de hacer.
Tu esposo ayer, que salía
de tu casa al prado, vio
que de buenos aires yo
por el arroyo venía;
con las dos manos alcé
el faldellín tan igual,
que, al pasar, aun el cristal
no dio señas de mi pie;
pero diéronla sus ojos,
pues me dijo: «Pies tan bellos,
bien merecen que tras ellos
se vaya el alma en despojos;
menos ligeros quisiera
que en el arena saltaran,
para que estampa dejaran
donde la boca pusiera.
Y así con deseos vanos
rogué al amor que después
tropezaran vuestros pies
para que os diera las manos».
Eurídice ¿Eso te dijo mi Orfeo?
FílidaEsto me dijo.
Eurídice ¡Ay de mí!
¡Muerta soy!
Fílida ¿Siénteslo?
Eurídice Sí.
Fílida¿Mucho?
EurídiceQue morir me veo.
Fílida ¿Tanto?
Eurídice A la muerte me has puesto.
Fílida¿Es gran pena?
Eurídice Es rigurosa.
FílidaPues eso es estar celosa.
Eurídice¿Esto es celos?
Fílida No es más que esto.
(Vase Fílida. Salen Orfeo y Fabio.)
Fabio ¿Tan contento estás?
Orfeo Estoy
tan contento, Fabio amigo,
que es lo menos lo que digo
de lo que dichoso soy.
Si me acuesto, no querría
que el alba se levantase,
para que no me obligase
al ejercicio del día,
o pasase, ya que fue,
con tanta velocidad
que en la misma claridad
pusiese la noche al pie.
Fabio ¡Qué venturoso casado!
Alguno conozco yo
que en una noche pensó
que ya era el mundo acabado.
Tan larga le parecía,
que, cuando el alba salió,
a un espejo se miró
por ver si canas tenía.
OrfeoSería la mujer fea.
FabioSobre que era fea y fría,
algo de necia tenía.
OrfeoFabio, no hay cosa que sea
más extraña para mí,
que a un amigo le sufráis,
cuando muy necio le halláis,
un año y muchos ansí.
Que una grande calentura
o algún terrible dolor,
una noche, que en rigor
parece que un siglo...