: Félix Lope de Vega y Carpio
: El anzuelo de Fenisa
: Linkgua
: 9788498977042
: Teatro
: 1
: CHF 2.70
:
: Dramatik
: Spanish
: 146
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El Anzuelo de Fenisa es una destacada obra del prolífico escritor español Lope de Vega. En este relato, Lope de Vega demuestra su maestría adaptando un argumento de Bocaccio, famoso escritor italiano conocido por su colección de cuentos 'El Decamerón'. En esta narrativa, una cortesana astuta, Fenisa, engaña a los ingenuos con su picardía, pero a su vez, es burlada por otro personaje, en un giro irónico de los eventos. Este tema de la cortesana engañadora que eventualmente es burlada, ha sido un favorito entre los escritores a lo largo de los siglos, evidenciando su perdurable atractivo. No solo Lope de Vega se inspiró en Bocaccio, sino también Vicente Espinel, un contemporáneo de Lope, abordó este tema en su obra Vida del escudero Marcos de Obregón. Lope de Vega y Espinel tomaron la misma premisa de Bocaccio y la adaptaron en sus respectivos contextos y estilos. Aunque ambas obras, El Anzuelo de Fenisa y Vida del escudero Marcos de Obregón, giran en torno a la misma idea, cada autor infunde su propia perspectiva y voz, resultando en dos narraciones distintas y enriquecedoras. En su obra, Lope de Vega une su dominio del lenguaje y su habilidad para retratar las emociones humanas, ofreciendo una adaptación fascinante y cautivadora de la trama de Bocaccio. Asimismo, Espinel, con su distintivo estilo picaresco, presenta su versión del tema con una agudeza y humor característicos. Así, El Anzuelo de Fenisa no solo es una pieza literaria intrigante en sí misma, sino también un ejemplo de cómo los temas literarios trascienden el tiempo y las fronteras, y cómo los diferentes autores pueden dar nueva vida y perspectivas a las historias que comparten.

Félix Lope de Vega (Madrid, 1562-1637). España. El que fuera llamado 'Fénix de los ingenios españoles', Félix Lope de Vega Carpio, nació en Madrid a finales de 1562. Su padre, el artesano bordador Félix de Vega, y su madre, Francisca Fernández Flórez, eran, probablemente, oriundos del valle de Carriedo (Cantabria), y se trasladaron a Madrid hacia 1561. El origen humilde de Lope de Vega sería transformado por él mismo en una imaginada hidalguía; de hecho, Lope siempre fue dado a investirse con atributos que le favorecieran y nunca ocultó su abultado deseo de fama y éxito. Sea como fuera, cristiano viejo o converso, lo que sí refleja su obra es una completa y cabal asimilación de los valores imperantes en la sociedad de su tiempo. Lope estudió primero en la escuela madrileña de Vicente Espinel, por quien siempre demostró estima y admiración, y después en un colegio jesuita que, años después, se llamó colegio Imperial. Posteriormente, al parecer entre 1577 y 1581, estudió en la Universidad de Alcalá de Henares, aunque no consta que obtuviera ningún título. Es probable, también, que siguiera algunas lecciones en la Universidad de Salamanca. Tras servir, desde muy joven, al obispo de Cartagena, inquisidor general y más tarde obispo de Ávila, don Jerónimo Manrique, Lope se alista en una escuadra de navíos y, en junio de 1583, zarpa de Lisboa rumbo a la isla Terceira (Azores), donde habían de combatir al prior de Crato, aspirante al trono portugués entonces en manos españolas a través de Felipe II. Acabada su misión, Lope regresa e inicia una de sus primeras relaciones amorosas, de entre las numerosas que se le atribuyen. Se trataba de Elena Osorio (su Filis), mujer bella y cultivada, hija de un empresario y actor teatral, la cual estaba separada de su marido (un actor). Lope escribiría algunas comedias para el padre de Elena. Años después, en 1587, tras enterarse de que Elena planeaba sustituirle por un influyente personaje madrileño (Francisco Perrenot Granvela), Lope difundió unos poemas infamantes contra ella y su familia, lo que le valió un destierro judicial de Madrid, por cuatro años, y de Castilla, por dos. En mayo de 1588, Lope toma por esposa a Isabel de Urbina Alderete (su Belisa), en Madrid. Isabel pertenecía a una familia muy influyente y de linaje antiguo, y es probable que el casamiento, aunque se realizó por poderes, pasara antes por algunas dificultades y supusiera la violación de la orden judicial por parte del escritor, que tenía prohibido regresar a la capital.

Jornada segunda


(Habitación de Lucindo en la posada. Mesa, cama, sillas, equipaje, etc.)

(Lucindo, Tristán.)

LucindoNo le congoje, Tristán,

que entre y salga quien quisiere.

Parientes suyos serán.

TristánPor mí, sea lo que fuere

ese señor capitán.

Bien sé que en un mes y más

que ninguna cosa das

y mil regalos recibes,

seguro de engaños vives,

pero de amor no lo estás.

Quien no da, no tiene acción

a pedir celos, ni hacer

de agravios demostración;

solo el dar en la mujer

alcanza jurisdicción.

Pero si al fin la desvía

de tu gusto, otro interés

que enriquecerla porfía,

¡lo que no has dado en un mes

vendrás a darlo en un día!...

LucindoNo pienso yo que Fenisa,

Tristán, por otro me deje,

que eso de interés es risa.

TristánAmor, obstinado hereje,

las mesmas verdades pisa.

El que en mujer se confía

lejos está de discreto.

LucindoNo ha sido la culpa mía,

sino de que no pedía

ni pide...

Tristán Así es, en efecto.

No te echo en cara el entrar

en su casa, pues no hay dar

el valor de un alfiler...

LucindoPues, ¿qué entonces?

Tristán El querer.

LucindoNo lo puedo remediar.

Yo la adoro porque sé

que es verdadero su amor,

que sólo yo lo alcancé,

que no hay más competidor

que yo, desde que la hablé.

Ese español capitán

y otros que entran en su casa,

ninguna pena me dan,

porque es cosa que no pasa

de conversación, Tristán.

Fuera de que yo he venido

y me iré cuando quisiere

gustoso y entretenido,

a donde verla no espere

y me la borre el olvido.

Contaré en Valencia el cuento

a los amigos y damas

con grande gusto y contento...

TristánCon razón cuento le llamas...

(Llaman a la puerta.)

Lucindo¿Llamaron?

Tristán Sí, gente siento

(Entran Celia, con manto, y el Escudero con un tabaque cubierto por el tafetán.)

(Dichos, Celia con Escudero.)

Celia¡Qué, descuidado estarás

de esta visita!

Lucindo Jamás,

Celia, lo estoy de mi dueño.

CeliaAllá nos quitas el sueño,

Y aquí sin memoria estás.

Mas, ¿qué, agora te levantas?

LucindoNo duermen los mercaderes

tanto, y más con penas tantas.

Celia¿Penas, si adorado eres?

Lucindo¿De que las tenga te espantas?

CeliaQuisiera, para un presente

que traigo, hallarte acostado;

y este viejo impertinente

tan tarde se ha levantado

—como ya ni ve ni siente—

que a mediodía he venido.

EscuderoSiempre me culpas a mí...

CeliaA no haber ese descuido...

Lucindo¿Que te trae por aquí?

CeliaSeis camisas he traído,

¡Mira qué suave holanda!

Pues no pienses que esto es randa;

todo es fina cadeneta

de la aguja más perfecta

y de la mano más blanda.

Así, espera el enviado

que las tomes sin orgullo

de corazón regalado,

que más puntos que ha labrado

le quedan pasando el suyo.

Mandóme que te vistiese

la mejor, y te dijese

que ¡ojalá que ella pudiera

servirte de camarera!...

y que mi abrazo te diese.

LucindoVenga ese abrazo en buen hora.

Tristán(No desaprovecha un clavo.)

LucindoBien, dirás a tu señora

que soy su rendido esclavo

desde la noche a la aurora.

Dame, Tristán, esa pieza

de tela, que se la lleve

a la celestial belleza,

que es encarnada y su nieve

tendrá mayor gentileza.

TristánVoy por ella.

Celia No, Tristán,

que sé que me matarán

si la llevo... Que es mujer

que no admitirá en su afán

lo negro de un alfiler.

LucindoYa que ella es de condición

tan esquiva, tú bien puedes

tomar en esta ocasión

estos escudos.

Celia Mercedes

como de tu mano son,

mas no los puedo admitir.

Lucindo¿Quién vio tal obstinación?

CeliaAquesta es la condición

que me imponen al venir

TristánEscribir en el mar quiero

y en la nieve quiero arder,

puesto qué a fe de escudero,

¡hoy he visto una mujer

enemiga del dinero!

(Llaman a la puerta.)

Lucindo¿Llaman, Tristán?

Tristán (Incierto.)Sí... Llamaron.

Celia¿No estorbaré?

Lucindo Aguarda aquí...

(Vuelven a llamar.)¿Será?

Tristán Sin duda avisaron

de la Aduana, y así

a verte lo encaminaron.

LucindoHazte pasar.

(Tristán abre la puerta.)

(Entra micer Jacobo, mercader judío, avaro, receloso y adulador; trae una bolsa con escudos y un pliego de contrato.)

(Dichos, micer Jacobo.)

Jacobo (Con reverencia.)

Excelencia...

LucindoPodéis tratar sin recelo

y dejad la reverencia,

que estas cosas de «coincidencia»

han de tratarse en un vuelo.

Celia (A Tristán.)(Yo me voy.)

Tristán (¡Qué te has de ir

si a esto has venido, a husmear!)

Jacobo¿Queréis tratar?

Lucindo A tratar

vamos.

Jacobo (Por los demás.) Os debo advertir,

excelencia, a mi pesar

Lucindo¿El documento está listo?

JacoboSí.

Lucindo ¿Y el dinero también?

JacoboTambién, excelencia.

Lucindo ¿El «visto»

de la Aduana está bien?

Pues terminemos, por Cristo!

Jacobo (Sacando del jubón la bolsa, un pliego, tintero atornillado y pluma.)

Ved el contrato legal,

los sellos... la tasa...

Lucindo (Leyendo con asombro.)

¿Qué?

Tristán (Ya va sintiendo el dogal

que le aprieta.)

Lucindo ¡No podré

con una humillación tal!

Sanas son mis mercancías

en buen estado han llegado...

Jacobo¡Excelencia!...

Lucindo Y se han sellado

un la Aduana, y los guías

testimoniaron ayer

que telas y frutas son

de excelente condición.

JacoboNo hay, excelencia, poder

que no sufra alteración;

por medianas me las dan

y por medianas las tomo.

Lucindo¿Pero no escuchas, Tristán?

TristánEscucho y reniego.

Lucindo ¿Cómo

los de la Aduana están?

Jacobo (Levantándose y recogiendo el tintero y los documentos.)

Yo imaginaba, excelencia,

que era asunto terminado,

y como tal, pedí audiencia;

que a habérmelo...