: Félix Lope de Vega y Carpio
: ¡Ay, verdades, que en amor...!
: Linkgua
: 9788498166903
: Teatro
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¡Ay, verdades, que en amor...! Félix Lope de Vega y Carpio Fragmento de la obra Jornada primera (Salen Celia e Inés, con mantos. Don Juan y Martín.) Celia: Porfiar no es cortesía, y más con una mujer. Juan: ¿Cuándo ha sido agravio el ver ni el rogar descortesía? Porque pedir luz al día, oro al Sol, plata a la Luna, ¿cuándo fue culpa ninguna? Celia: Culpa es grande porfiar el que no puede alcanzar lo que siguiendo importuna. Juan: César no hubiera llegado al imperio si no hubiera porfiado, ni tuviera del mundo el cetro envidiado. De Troya se vio vengado porfiando Agamenón, y pudo Pigmaleón volver un mármol mujer, y el campo del mar romper con lienzo y tablas Jasón.

Félix Lope de Vega (Madrid, 1562-1637). España. El que fuera llamado 'Fénix de los ingenios españoles', Félix Lope de Vega Carpio, nació en Madrid a finales de 1562. Su padre, el artesano bordador Félix de Vega, y su madre, Francisca Fernández Flórez, eran, probablemente, oriundos del valle de Carriedo (Cantabria), y se trasladaron a Madrid hacia 1561. El origen humilde de Lope de Vega sería transformado por él mismo en una imaginada hidalguía; de hecho, Lope siempre fue dado a investirse con atributos que le favorecieran y nunca ocultó su abultado deseo de fama y éxito. Sea como fuera, cristiano viejo o converso, lo que sí refleja su obra es una completa y cabal asimilación de los valores imperantes en la sociedad de su tiempo. Lope estudió primero en la escuela madrileña de Vicente Espinel, por quien siempre demostró estima y admiración, y después en un colegio jesuita que, años después, se llamó colegio Imperial. Posteriormente, al parecer entre 1577 y 1581, estudió en la Universidad de Alcalá de Henares, aunque no consta que obtuviera ningún título. Es probable, también, que siguiera algunas lecciones en la Universidad de Salamanca. Tras servir, desde muy joven, al obispo de Cartagena, inquisidor general y más tarde obispo de Ávila, don Jerónimo Manrique, Lope se alista en una escuadra de navíos y, en junio de 1583, zarpa de Lisboa rumbo a la isla Terceira (Azores), donde habían de combatir al prior de Crato, aspirante al trono portugués entonces en manos españolas a través de Felipe II. Acabada su misión, Lope regresa e inicia una de sus primeras relaciones amorosas, de entre las numerosas que se le atribuyen. Se trataba de Elena Osorio (su Filis), mujer bella y cultivada, hija de un empresario y actor teatral, la cual estaba separada de su marido (un actor). Lope escribiría algunas comedias para el padre de Elena. Años después, en 1587, tras enterarse de que Elena planeaba sustituirle por un influyente personaje madrileño (Francisco Perrenot Granvela), Lope difundió unos poemas infamantes contra ella y su familia, lo que le valió un destierro judicial de Madrid, por cuatro años, y de Castilla, por dos. En mayo de 1588, Lope toma por esposa a Isabel de Urbina Alderete (su Belisa), en Madrid. Isabel pertenecía a una familia muy influyente y de linaje antiguo, y es probable que el casamiento, aunque se realizó por poderes, pasara antes por algunas dificultades y supusiera la violación de la orden judicial por parte del escritor, que tenía prohibido regresar a la capital.

Jornada segunda


(Salen doña Clara, Julia y don Juan.)

Clara Paso a la calle Mayor,

y quise veros, don Juan.

JuanEl que no tuviere amor

será de todas galán

y todas le harán favor.

Lo que quisieres comprar

quiero esta tarde pagar,

ya que en mi casa has entrado.

ClaraNo vengo a daros cuidado.

JuanNunca me le ha dado el dar.

Clara Saber de vos deseaba,

que ha mil años que no os veo,

y porque ayer donde estaba

creció, don Juan, mi deseo

lo que de vos se trataba.

Solíades navegar

de aquesta corte en el mar

sin que el agua os diese pena;

pero ya cierta sirena

dicen que os supo engañar.

Juan Pues, Clara, fue impertinencia

de algún galán, engañado

por celosa competencia;

que soy Ulises atado

al árbol de mi prudencia,

que, si bien me detenía

cierta dama, a quien servía,

de su misma condición

saqué el olvido, en razón

del amor que me tenía.

Clara Que no hay para qué encubrirme

en lo que os puedo servir;

que, aunque más secreto y firme,

de Celia os puedo decir

más que vos podéis decirme.

Soy su amiga desde un día

que por cierto don García

fingí unos celos con ella.

JuanYa sé yo lo que por ella

ese galán padecía;

que de ejemplo me sirvió

para saber defenderme.

ClaraLuego ¿ya el amor cesó?

JuanNo ha cesado, pero duerme,

y no le despierto yo.

A la hermosa Celia vi,

enamoróme, serví,

obligué, túvome amor,

milagro de su rigor,

y mal empleado en mí.

No porque le fuese ingrato;

que con honesta afición

la visito, sirvo y trato;

mas porque es su condición

del mismo viento retrato.

Pienso que venganza ha sido,

Clara, de Amor ofendido,

pues cuanto crece su amor,

sin estimar su favor,

se va aumentando mi olvido.

Celia es un gran casamiento,

porque es muy rica y hermosa

y de claro entendimiento;

pero el alma, recelosa,

camina en su amor a tiento.

Puede ser también que el ver

el rigor de una mujer,

que a tantos ha despreciado,

reducido a tal estado,

me obligue a no la querer.

Porque ver en su aspereza

lágrimas, y en sus papeles

locuras, a tal tibieza

me obligan que son crueles

mis ojos con su belleza.

Porque de verla llorar,

a diferente lugar

miro, por no me reír

y, aunque lo sabe sentir,

lo sabe disimular.

Ansí se va entreteniendo

Amor de Celia, vengando

los que le andaban sirviendo.

Clara¿Celia llega a estar llorando,

y vos de verlo riendo?

¡Brava vitoria, don Juan!

¿Dónde del amor están

los blasones vencedores?

No se han escrito mayores.

Eterno laurel os dan.

Pero guardaos, que es mujer

que sabrá llorar y hacer

esas finezas con vos;

pero si os coge, ¡por Dios!,

que os dure poco el placer.

Vengará vuestros desprecios

cuando no podáis comprar

su amor con iguales precios.

Juan¿Cómo puedo yo llegar

a pensamientos tan necios?

Quien no se quiere perder,

no se pare.

Clara ¿Qué ha de hacer?

JuanQuerer cuanto ver pudiere,

porque quien a muchas quiere

a nadie puede querer.

Así las libres mujeres

no tienen jamás amor,

variando en sus placeres,

y quieren teniendo honor

por no mudar pareceres.

Clara ¡Qué gran castigo os espera

de esa libertad!

Juan Si fuera

sólo con ella mi amor.

Así lo paso mejor.

¿Dígole yo que me quiera?

(Sale Martín.)

Martín Aunque te causo disgusto,

no puedo dejar de darte

de cierta visita parte.

JuanSin gusto, Martín, no es justo.

¿Quién duda que Celia es?

MartínLa misma.

Juan Pues vuelve y di,

necio, que no estoy aquí.

Martín¿Si viene con ella Inés,

que sabe que en casa estoy?

Julia¿Piensas que celos me das?

Martín¡Oh Julia amiga! ¿Aquí estás?

JuliaAquí estoy.

Martín Volando voy

a decirles que los dos

no estamos en casa.

(Vase.)

Clara Agora

creo que Celia te adora.

JuanCánsame el alma, ¡por Dios!

Clara ¿Una mujer tan gallarda

que te viene a ver despides?

¡Brava arrogancia! A Amor pides

la venganza que te aguarda.

¡Lástima me da! No seas

cruel. Llamarla es mejor,

que yo a la Calle Mayor

me voy.

Juan Clara, no lo creas.

Clara No tendrá celos de mí.

Llámala, ¡por vida mía!

JuanYa fuera descortesía

de saber que estoy aquí.

(Sale Martín.)

Martín Celia se fue recelosa,

señor, de que en casa estás.

Juan¿Qué dijo?

Martín No dijo más

de que es discreta y hermosa.

Echóse el manto, y sería

para cubrir los enojos

que en el papel de sus ojos

Amor con agua escribía.

Dio un suspiro que pudiera

romper, no el doblez sencillo

del manto, mas si el soplillo

lámina de bronce fuera.

Palabras dijo de agravios,

murmuradas con un «mientes»

entre perlas de sus dientes

y corales de sus labios.

Que lloró fue cosa cierta,

o si no, fueron enojos;

algo llevaba en los ojos

que no acertaba a la puerta.

Así por el manto a Inés

y ella sacó por lo bajo;

fuile a remediar un tajo,

y sacudióme un revés.

«No conmigo picardías

—dijo—, su amo está acá;

que, adonde su perro está,

también está Tobías.»

Juan Yo, Clara, gusto en extremo

de atropellar el rigor

de mujer de tal valor.

ClaraYa te he dicho lo que temo.

Juan Ven al jardín, que esto es

querer más mi libertad.

(A Julia.)

Martín¿Cómo estamos de amistad?

JuliaDaréle el revés de Inés.

(Vanse. Salen don García y Alberto, su amigo, de noche.)

GarcíaPensé partirme, y no me dejan celos.

AlbertoAsí castigan al Amor los cielos.

En Milán os contaba, don García.

GarcíaPara el de Feria y Santa Cruz tenía

cartas del Almirante y el de Sesa;

tuvo el Amor de los cabellos presa

mi determinación, y no he podido

partirme, aunque mejor hubiera sido.

Salgo de noche a sólo ver la puerta,

alguna vez a mi favor abierta,

y he visto un caballero disfrazado

llegar, llamar y entrar con un criado.

AlbertoPues ¿por qué no le habéis...