: Félix Lope de Vega y Carpio
: Amor, pleito y desafío
: Linkgua
: 9788498971156
: Teatro
: 1
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: Dramatik
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Amor, pleito y desafío. Félix Lope de Vega Fragmento de la obra Jornada primera (Salen don Álvaro, anciano con un báculo, y don Juan de Padilla.) Padilla: Advierta vusiñoría... Álvaro: Yo no tengo que advertir. Padilla: Pues ¿por qué no me ha de oír, por su honor y en cortesía? Álvaro: ¿Sabéis que esta casa es mía? Padilla: Sí, señor. Álvaro: ¿Sabéis quién soy? Padilla: Sé que tan lejos estoy de hacerle agravio, que apelo de vuestro engañado celo, y justas quejas os doy. Álvaro: La que yo tengo de vos, don Juan de Padilla, fuera menos grave cuando hubiera la misma edad en los dos.

Félix Lope de Vega (Madrid, 1562-1637). España. El que fuera llamado 'Fénix de los ingenios españoles', Félix Lope de Vega Carpio, nació en Madrid a finales de 1562. Su padre, el artesano bordador Félix de Vega, y su madre, Francisca Fernández Flórez, eran, probablemente, oriundos del valle de Carriedo (Cantabria), y se trasladaron a Madrid hacia 1561. El origen humilde de Lope de Vega sería transformado por él mismo en una imaginada hidalguía; de hecho, Lope siempre fue dado a investirse con atributos que le favorecieran y nunca ocultó su abultado deseo de fama y éxito. Sea como fuera, cristiano viejo o converso, lo que sí refleja su obra es una completa y cabal asimilación de los valores imperantes en la sociedad de su tiempo. Lope estudió primero en la escuela madrileña de Vicente Espinel, por quien siempre demostró estima y admiración, y después en un colegio jesuita que, años después, se llamó colegio Imperial. Posteriormente, al parecer entre 1577 y 1581, estudió en la Universidad de Alcalá de Henares, aunque no consta que obtuviera ningún título. Es probable, también, que siguiera algunas lecciones en la Universidad de Salamanca. Tras servir, desde muy joven, al obispo de Cartagena, inquisidor general y más tarde obispo de Ávila, don Jerónimo Manrique, Lope se alista en una escuadra de navíos y, en junio de 1583, zarpa de Lisboa rumbo a la isla Terceira (Azores), donde habían de combatir al prior de Crato, aspirante al trono portugués entonces en manos españolas a través de Felipe II. Acabada su misión, Lope regresa e inicia una de sus primeras relaciones amorosas, de entre las numerosas que se le atribuyen. Se trataba de Elena Osorio (su Filis), mujer bella y cultivada, hija de un empresario y actor teatral, la cual estaba separada de su marido (un actor). Lope escribiría algunas comedias para el padre de Elena. Años después, en 1587, tras enterarse de que Elena planeaba sustituirle por un influyente personaje madrileño (Francisco Perrenot Granvela), Lope difundió unos poemas infamantes contra ella y su familia, lo que le valió un destierro judicial de Madrid, por cuatro años, y de Castilla, por dos. En mayo de 1588, Lope toma por esposa a Isabel de Urbina Alderete (su Belisa), en Madrid. Isabel pertenecía a una familia muy influyente y de linaje antiguo, y es probable que el casamiento, aunque se realizó por poderes, pasara antes por algunas dificultades y supusiera la violación de la orden judicial por parte del escritor, que tenía prohibido regresar a la capital.

Jornada segunda


(Salen don Juan de Padilla y Martín, de camino.)

Padilla ¿Hay cosa como llegar

después de ausencia, Martín,

donde un hombre quiere?

Martín En fin,

no queda que desear;

el que sale de la mar,

de la guerra aborrecida,

o cautivo en triste vida,

como lleguen a su casa,

cuanto pasaron se pasa,

todo con el fin se olvida.

Compone un libro el que sabe,

y en el fin descansa y pide

fama, porque no se olvide

ni alguna envidia se alabe;

descansa de noche el grave

de oír tanta variedad

de negocios, sin verdad:

hasta el mar la furia amansa,

y aun el que es necio descansa

después de una necedad.

Padilla Y lo será si porfía,

Descanso, el que hablare en vos,

cuando yo veo que Dios

descansó el séptimo día

de aquella dulce armonía

de elementos y de cielos.

A los humanos desvelos

doy el fin por bien mayor,

y más en quien tiene amor

y descansa de sus celos;

¿qué filósofo no habló

del fin soberanamente?

En fin, quien ama no siente

lo que amando padeció.

Llego al fin.

Martín Y llamo yo;

pero ya te ha visto quien

es mi descanso también.

PadillaBien haya lo padecido,

que quien el mal no ha sufrido,

Martín, no merece el bien.

(Sale Leonor, triste.)

Padilla Aurora del Sol que adoro,

Iris de hermosos colores,

Mercurio de mis amores

y llave de mi tesoro,

luz, diamante, perlas, oro,

de aquel cielo de belleza

¿cómo con tanta tristeza

abres puerta a mi alegría?

¿Son, por dicha, Leonor mía,

efectos de mi pobreza?

Toma este anillo, que yo

en su círculo quisiera

que todo el mundo estuviera.

LeonorNo son intereses, no;

a quien tu bien intentó

no le mueve el interés.

PadillaPues, mi bien, dime lo que es.

¿Falta salud a mi esposa?

LeonorSí falta, aunque es otra cosa.

PadillaHabla, y mátame después.

Leonor Tu esposa está desposada.

PadillaNo he dado a nadie poder.

LeonorEl poder lo pudo hacer.

PadillaConmigo está disculpada.

LeonorDe don Álvaro forzada,

le dio a don Juan de Aragón

la mano.

Padilla Si engaños son,

para templarnos el bien,

ofender suelen también

el bien de la posesión.

Leonor Cuando pediste que hablase

al rey, para sí pidió

a Beatriz, y el rey mandó

que con ella se casase.

Padilla¡Que aquesto en el mundo pase!

LeonorResistió, lloró, tomó

testigos que la forzó.

Padilla¿Gozóla? ¡Responde presto,

que sólo consiste en esto

que muera o que viva yo!

Mas no respondas, detente;

viva hasta verla no más,

que después me matarás.

Leonor¿Qué es gozar, ni que él lo intente?

Antes se fue brevemente,

viendo su mucha aspereza.

Padilla¡Alma, dejad la tristeza,

que aun hay tiempo de morir!

LeonorSeguro puedes vivir,

Padilla, de su firmeza:

a acompañar al rey fue.

PadillaEs verdad, que allá le vi.

¿Y podré verla?

Leonor No y sí;

hasta que más sola esté;

que aunque es casamiento, en fe

de que ha de ser tuya vienen

mil damas que la entretienen

con parabienes injustos,

porque nunca los disgustos

alegres visitas tienen.

Ellas vienen de colores

y ella, de negro vestida,

hace exequias a su vida

en honra de tus amores.

MartínSeñor, ¿qué haces? No llores.

¿Tú eres aquel gran Padilla

que puso asombro a Sevilla,

venciendo en Benamarín

tantos moros?

Padilla ¡Ay Martín!

¿Verme ansí te maravilla?

¿Arrojo yo por ventura

sombrero, capa y espada,

estando el alma obligada

a tan forzosa locura?

¡Vive Dios!

Martín Señor, procura

componerte brevemente,

que sale de adentro gente.

PadillaDile al alma esa razón,

que mis sentidos no son

quien sabe si soy quien siente.

(Sale doña Ana.)

Ana ¿Don Juan de Padilla vino?

Sí, que allí está; pues ¿qué aguardo?

Dadme, capitán gallardo,

los brazos.

Padilla ¡Qué desatino!

Que eres mi muerte imagino;

espero a Beatriz aquí,

a quien cuando yo me fui

dejé con tan tiernos lazos,

y sale a darme los brazos

lo que más aborrecí.

¿Qué es esto? ¡Furia del cielo!

¿Soy demonio? ¿Qué soy yo?

Espero al Sol, y salió

toda una noche de hielo.

¿Cuál labrador sin recelo

de áspid, en él escondido,

puso la mano en el nido,

donde dejó ruiseñores,

como yo, que dejé amores

y vine a topar olvido?

¿Cuál deudor, que huyó sutil,

en los acreedores dio?

¿Qué reo al alcalde vio?

¿Qué ladrón al alguacil?

¿Cuál hombre cobarde y vil

al valiente y arrogante?

¿Cuál, siendo en todo ignorante,

dio en el sabio y el discreto

como yo, pues en efeto

tengo a doña Ana delante?

¡Válame Dios! ¿Esto más?

Ana¿Qué es esto que estás diciendo?

PadillaDigo que vine creyendo

que viera donde tú estás

un ángel.

Ana Sí le verás;

pero con menos rigor;

que a nadie obliga el amor

a que sea descortés.

Mira, don Juan, que esto es

más infamia que valor.

Padilla Perdona, que estoy sin mí.

AnaTambién yo pensé que viera

un hombre en ti que me diera

los brazos que le pedí;

y un hombre ignorante vi,

un descortés, que se enfada

de una mujer lastimada;

pues donde por maravilla

pensé que hallara un Padilla,

vine a topar una espada.

Martín Señora, tienes razón,

mas don Juan está de modo

que has de perdonarlo todo,

o faltarte discreción.

Ana Beatriz viene, y callaré

por no darle mayor pena.

(Sale doña Beatriz.)

BeatrizDe tantas lágrimas llena,

no sé si verte podré.

¡Ay mi don Juan!

Padilla Ya quisiera

que la vida me faltara.

BeatrizNo acierto a mirar tu cara

como si culpa tuviera.

Ana Déjame verte no más,

que viéndote he vuelto en mí.

BeatrizYo he dado un forzado «sí»,

que no lo ha de ser jamás.

Las injurias que he pasado,

los golpes que he padecido,

dicen que el «sí» fue fingido,

y que el «no» fue declarado.

El «sí» y el «no« a un tiempo...