FOTOS DE LILI
Por Larvastar
Abrió un viejo álbum de fotos y la recordó, como pasaba seguido. Últimamente con más frecuencia, desde que se enteró que se había apolillado y la tiraron a la basura. A pesar del sabor amargo que le producía el saber que la había perdido para siempre, recordaba con nostalgia el momento en que la vio por primera vez, mientras caminaba solo por una calle desierta, azotada por el frío viento de invierno, que le lastimaba la cara. Quizás para protegerse de la ráfaga de aire helado giró el rostro y se encontró con la vidriera de una boutique. Entonces la vio.
Lucía una campera de cuero con un pulóver negro de cuello largo, jeans y zapatos a tono. Pelo rubio y largo, piel lisa y brillante. Se erguía desafiante y orgullosa al pie de una superficie, incitándolo a la locura y susurrándole palabras y melodías de una canción dulce. Justo ahí lo supo.
«Lili.»
Cuando no hay nadie que espera, tampoco hay apuro alguno. El individuo llevaba a Lili como si fuera lo más natural del mundo, como si se viera un hombre corriendo con un maniquí a cuestas en la telenovela de las doce. Muy a su pesar, un par de individuos registraron la escena absurda y le dirigieron una mirada intolerante. Pero el desprecio por el prójimo es común en la ciudad, más aún en invierno, así que pronto lo olvidaron.
Figueroa vivía en un departamento viejo en la zona de Villa Crespo, donde día a día se acumulaban propagandas de supermercados chinos y boletas para pagar. En el tumulto de papeles, alcanzó a distinguir una carta documento: «Sr. Figueroa, tenga a bien presentarse…»
La separó del resto y la guardó en su abrigo, como quién reserva algo en una caja fuerte para después olvidarlo. Lo efímero de lo realmente importante.
Ya en la oscuridad de su departamento, Figueroa se sintió en libertad de hablar con su nueva adquisición.
—¿Estás bien, tenés hambre? —le preguntó mientras colgaba el saco.
«No me vendría mal un sándwich de salame, si no es mucha molestia» repuso Lili, desde su irreversible inercia.
—¿Cómo va a ser molestia para mi chica especial?
«Qué dulce.»
Figueroa se apuró a buscar el teléfono de la rotisería. Mientras esperaba que lo atendieran, miró de reojo a su nuevo amor. Estaba allí sentada en la mesa sin moverse, con los brazos erguidos como si tratara de agarrar algún vaso o una botella. Un momento después se cayó hacia un costa