: Alejandro Vázquez Ortiz, Ivan Ilitch, Angelcaído, Amaya Felices Otal, Andrés Almonacid, Daniela Wall
: III Antología de El Desván de las Palabras
: Ediciones Evohé
: 9788493890179
: 1
: CHF 2.20
:
: Anthologien
: Spanish
: 244
: kein Kopierschutz
: PC/MAC/eReader/Tablet
: ePUB
Como cada año, la página web de El Desvan de las Palabras nos ofrece su antología, la tercera ya. Creemos que para el lector será más que interesante descubrir los textos que se encuentran en su interior. Los escritos van desde los relatos cortos a los muy extensos, de los poemas a las reflexiones. El Desván de las Palabras es un baúl bien cargado de sorpresas en donde todo escritor es bienvenido. OBRAS: Fotos de Lili, Larvastar Añoranza, Angelcaído Solipsismo, Jaime Sola, Aleceia Una mujer que sueña, Yazmín Caram Suárez Navidades en Finlandia, María Cabada Mi vida en el camino, Carlos Manuel Alba Hualde Los arañazos, Jugar Poema IV, Néstor Zaragozá Avilés Espejo, Angelcaído Boutique del yo, Asunción Belarte de la Asunción Si hoy amaneciera mayo en Córdoba, Antonio Briones Torres Basado en una historia real, Néstor Zaragozá Avilés Una carta del Tarot, Daniela Wallffiguer La Sacerdotisa, Daniela Wallffiguer La Emperatriz, Daniela Wallffiguer El Ermitaño, Daniela Wallffiguer El aprendiz de magia, Andrés Almonacid La tierra, nuestro planeta, se siente como Sabina, Silvia La claridad de tu amor a través de mi ventana, Amaya Felices Otal Poema LIV del chamarín enverdinado, Angelcaído El espíritu de la montaña, Silvia Espectador de un segundo, Ivan Ilitch La casa de la Sierra de Amboto, Alejandro Vázquez Ortiz

FOTOS DE LILI

Por Larvastar

Abrió un viejo álbum de fotos y la recordó, como pasaba seguido. Últimamente con más frecuencia, desde que se enteró que se había apolillado y la tiraron a la basura. A pesar del sabor amargo que le producía el saber que la había perdido para siempre, recordaba con nostalgia el momento en que la vio por primera vez, mientras caminaba solo por una calle desierta, azotada por el frío viento de invierno, que le lastimaba la cara. Quizás para protegerse de la ráfaga de aire helado giró el rostro y se encontró con la vidriera de una boutique. Entonces la vio.

Lucía una campera de cuero con un pulóver negro de cuello largo, jeans y zapatos a tono. Pelo rubio y largo, piel lisa y brillante. Se erguía desafiante y orgullosa al pie de una superficie, incitándolo a la locura y susurrándole palabras y melodías de una canción dulce. Justo ahí lo supo.

«Lili.»

Cuando no hay nadie que espera, tampoco hay apuro alguno. El individuo llevaba a Lili como si fuera lo más natural del mundo, como si se viera un hombre corriendo con un maniquí a cuestas en la telenovela de las doce. Muy a su pesar, un par de individuos registraron la escena absurda y le dirigieron una mirada intolerante. Pero el desprecio por el prójimo es común en la ciudad, más aún en invierno, así que pronto lo olvidaron.

Figueroa vivía en un departamento viejo en la zona de Villa Crespo, donde día a día se acumulaban propagandas de supermercados chinos y boletas para pagar. En el tumulto de papeles, alcanzó a distinguir una carta documento: «Sr. Figueroa, tenga a bien presentarse…»

La separó del resto y la guardó en su abrigo, como quién reserva algo en una caja fuerte para después olvidarlo. Lo efímero de lo realmente importante.

Ya en la oscuridad de su departamento, Figueroa se sintió en libertad de hablar con su nueva adquisición.

—¿Estás bien, tenés hambre? —le preguntó mientras colgaba el saco.

«No me vendría mal un sándwich de salame, si no es mucha molestia» repuso Lili, desde su irreversible inercia.

—¿Cómo va a ser molestia para mi chica especial?

«Qué dulce.»

Figueroa se apuró a buscar el teléfono de la rotisería. Mientras esperaba que lo atendieran, miró de reojo a su nuevo amor. Estaba allí sentada en la mesa sin moverse, con los brazos erguidos como si tratara de agarrar algún vaso o una botella. Un momento después se cayó hacia un costa