Volar sobre el mundo inmersos en algo extremadamente irreal de puro real. Anulación del tiempo y del espacio al saber que pasamos sobre Varsovia y, unos instantes después, lo hacemos sobre Moscú. En realidad, cuando estoy escribiendo estas páginas nos encontramos encima de Omsk y, muy pronto, allá al fondo de una sutil infinidad de manchas luminosas, podremos imaginarnos los Himalayas, y de madrugada nos espera Pekín.
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ReleoEl secreto de la flor de oro, la interpretación que Jung –maravillosa y lucidísima, como todas las suyas– le dio a este texto chino que le proporcionó el sinólogo Richard Wilhelm. Sólo en un texto así podría concentrarme al saber que estoy volando entre Europa y Asia. A raíz de este viaje a China he pensado mucho en lo que le debo a la poesía y al pensamiento de este país y, en concreto, a un notable grupo de traductores y especialistas. Cierro los ojos, hago el ejercicio de rescatar de mi memoria los títulos más influyentes y creo que son los que siguen: las versiones delTao Te King (Dao de jing), de Lao Tse (Laozi), hechas por Richard Wilhelm, Carmelo Elorduy y José Ignacio Preciado; las delI Ching (Zhouyi), Libro de los Cambios o de las Mutaciones, de estos tres mismos traductores. De las dos últimas, una es más espiritual y la otra más científica (hasta en las versiones del Tao nos encontramos con la inevitable dualidad). También Preciado tradujo elTratado de la perfecta vacuidad, de Lie Zi. Y las versiones delLibro del maestro Chuang-Tzu, otra vez de Elorduy y de Preciado.
Los Cuatro Libros de Confucio, en la versión de Farrán y Mayoral (1956), y las versiones de este mismo autor chino, de Mencio y de los trataditos anónimosLa gran enseñanza yEl justo medio, debidas a Joaquín Pérez Arroyo (1981); la antología de poemas chinos preparada por Marcela de Juan y elRomancero chino o Libro Clásico de la Poesía(Shijing), por Elorduy. También de éste es la traducción de laPolítica del amor universal, de Mo Ti. Un temprano tratado de estética china y de teoría esencial de la literatura esEl corazón de la literatura y el cincelado de dragones, de Liu Xie, monje budista de los siglosV-VI, obra muy bella, rara y sutil en su género, que ha traducido Alicia Relinque.
Recordaría algunos ensayos decisivos, centrales, que –de haber nacido en otros países– hubieran dado gran gloria a su autor, pero que aquí, entre nosotros, siguen sepultados en el olvido y esperando su reedición. Me refiero aLa gnosis taoísta del Tao Te King (1961),Chuang-Tzu, literato, filósofo y místico taoísta (1967) yEl humanismo político oriental, las tres obras de Carmelo Elorduy. Estos libros no han tenido desgraciadamente el eco que, por ejemplo, tuvo en FranciaEl taoísmo y las religiones chinas, de Henri Maspero, ahora editado entre nosotros en versión de Pilar González España y Rosa María López. Lo mismo podríamos decir deConfucio, educador (1965), de J. T. Kung. Y aquí me detengo, pues deseo extraer tan sólo de mi memoria textos esenciales, originarios, en versiones directas, y no la infinidad de textos que a veces nos ofrecen e