: Cees Nooteboom
: Hotel nómada
: Ediciones Siruela
: 9788416120253
: El Ojo del Tiempo
: 1
: CHF 8.90
:
: Essays, Feuilleton, Literaturkritik, Interviews
: Spanish
: 224
: Wasserzeichen
: PC/MAC/eReader/Tablet
: ePUB
Éste es un libro dedicado a los viajeros, a quienes entienden el viaje como un modo de conocerse a sí mismo y no como una huida; a quienes creen que a viajar se aprende, como se aprende a leer, a amar, a morir. En este libro Cees Nooteboom nos lleva a conocer su condición de nómada, en una serie de viajes a través del tiempo por Gambia, Malí, el Sahara, Bolivia y México. «Sigo construyendo mi hotel, ese inexistente edificio que sólo existe en mi cabeza, el hotel del mundo próximo y lejano, de la ciudad y del silencio, del frío y del calor.» Nómadas somos todos porque el origen de la existencia es el movimiento: por eso el viaje es una experiencia que no tiene fin. Sólo tenemos que aprender a no temerla.

Cees Nooteboom (La Haya, 1933) es uno de los mayores y más originales escritores holandeses contemporáneos: traductor de poesía española, catalana, francesa, alemana y de teatro americano; autor de novelas, poesía, ensayos y libros de viaje. Su obra, en constante reflexión sobre el europeísmo y el nacionalismo, ha sido traducida a más de veinte idiomas. Ha obtenido, entre otros reconocimientos, el Premio Europeo Aristeon de Literatura (1993) por La historia siguiente, el Premio Bordewijk (1981), el Premio Pegasus de Literatura (1982), el Premio Grinzane Cavour de Narrativa (1994), la Medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes de Madrid (2003), el Premio Europeo de Poesía (2008), el Premio de Literatura Neerlandesa (2009) y el mayor premio que se concede en la literatura de viajes, el Premio Chatwin (2010), el prestigioso Premio Internacional Mondello (2017) y el Premio Formentor de las Letras 2020. En Francia ha sido nombrado Caballero de la Legión de Honor y es Doctor Honoris Causa por la Freie Universität de Berlín. Vive en constante nomadismo entre Holanda, España y Alemania.

 

Eddy Posthuma de Boer

La primera foto de Dios

Éste era yo después de aquel primer día.

Yo solo, con mis piedras de piedra.

Yo solo, con mis cielos de cielo.

Aquel día yo era todavía feliz,

la tierra todavía solitaria y yerma.

No fue hasta más tarde que creé los árboles,

los animales, el ejército y ese fotógrafo.

A menudo siento nostalgia del día

en que lo creé, mi primera criatura.

Él y yo juntos en mi creación,

yo con mi chaquetita morada entre

[mis cielos de cielo,

él con su ojo como un espejo

sobre mis piedras de piedra,

y nada más.

Madre Tierra

Acabo de barrer el mundo,

le he quitado el polvo

le he perdonado las heridas

le he curado los pecados.

Soy la madre tierra

todos los dioses han desaparecido

ahogados perdidos consumidos

en residencias de ancianos e iglesias.

Sólo quedo yo,

para cocinar, confortar, barrer.

Alguien,

señor fotógrafo,

debe hacer el trabajo sucio.

Mientras miro las fotos deAnte el ojo del mundo [Amsterdam 1996], de mi amigo el fotógrafo Eddy Posthuma de Boer, con el que he viajado entre los años sesenta y ochenta por todo el mundo, me vienen a la memoria unos versos sobre Basho, poeta clásico japonés: «La contabilidad del universo tal como se presenta a diario». Algunas de estas fotos las llevo tan grabadas en el alma que a menudo siento como si hubieran sido impresas sobre mi persona en lugar de sobre papel. Se hicieron en mi presencia; yo vi la transformación en un solo segundo de una persona en fotografía, y sé que de otro modo ese segundo se hubiera disuelto en la inmensidad del olvido en que transcurre nuestra existencia, porque sin el olvido nos volveríamos locos. Borges trata este tema en un famoso relato, «Funes el memorioso». El pobre Funes no es capaz de olvidar nada, ni una rama, ni una hoja, ni la forma de una nube que una tarde o una mañana vio en algún lugar, y acaba muriendo de lastre, de exceso.

Me he preguntado con frecuencia adónde van a parar las imágenes, esos millones o miles de millones de imágenes que vemos a lo largo de nuestra vida. Pueblan nuestros sueños, las empleamos como referencia, como material de reconocimiento, como memoria comprimida, como experiencia y guía. Y, sin embargo, al mismo tiempo dejamos que fluya sobre nosotros, como una esclusa abierta, una infinita cantidad de imágenes que ya nunca retendremos como imagen independiente. Lo irrevocable de esta experiencia tiene el sabor de nuestra mortalidad, pero su naturaleza misteriosa se debe también a otra razón. ¿Para qué sirve esta profusión de imágenes? ¿No podríamos vivir con menos? ¿Tiene algún sentido delimitar nuestro entorno? ¿Acaso vemenos un monje cuya vida transcurre entre las paredes de un monasterio? No, es posible que el monje vea otras cosas, pero no podrá cerrar los ojos, como tampoco podemos los que vivimos en el mundo.

Eddy Posthuma de Boer viaja desde que le conozco, y de eso hace ya muchos años. Nos conocimos en los cincuenta. Él me fotografió como un ser que hoy apenas reconozco, a eso me refiero cuando digo hace muchos