: Herta Müller
: Hambre y seda
: Ediciones Siruela
: 9788498418026
: El Ojo del Tiempo
: 1
: CHF 8.90
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: Philosophie
: Spanish
: 192
: Wasserzeichen
: PC/MAC/eReader/Tablet
: ePUB
«Para quien nunca ha vivido la experiencia de una dictadura muchas cosas suenan casi increíbles. Pero ¿a quién creer, si no es a una escritora de la talla de Herta Müller? Habla de experiencias vividas en carne propia. Lo personal no puede separarse de lo político. De ahí lo absurdo de la pregunta que le hizo el funcionario del campo de acogida en Alemania: siendo suaba del Bánato, ¿solicitaba asilo como alemana o como víctima de la persecución política? (Para ambas cosas a la vez no existe formulario apropiado.) La patente autenticidad de estos relatos es la mejor constatación de las conclusiones políticas y morales que se extraen de ellos. No sólo remiten al pasado en Rumanía, sino también al presente de la Alemania recién reunificada. Por ejemplo, al conflicto entre este y oeste, o a la xenofobia.»Die Woche

Herta Müller (Nitzkydorf, 1953), descendiente de suabos emigrados a Rumanía, es uno de los valores más sólidos de la literatura rumana en lengua alemana. Estudió Filología germánica y románica en la Universidad de Timisoara y se vio obligada a salir del país por su relevante papel en la defensa de los derechos de la minoría alemana. Vive en Berlín desde 1987. Premio Nobel de Literatura 2009, ha sido galardonada también con los premios Aspekte (1984), Ricarda Huch (1987), Roswitha von Gandersheim (1990), Franz Kafka (1999) y Würth (2006), entre otros. Desde hace más de una década, está muy vinculada al Museo del Exilio de Berlín, en cuya fundación tuvo un papel muy relevante. Siruela ha publicado en castellano buena parte de su obra.

Sobre la frágil institución del mundo*


Discurso con motivo del Premio Kleist


En la obra de Kleist encontramos una experiencia del mundo que no se adquiere ni a través del conocimiento ni del sentimiento. Al leer descubrimos cómo todo está irremediablemente ligado con todo y todo depende de todo. Cómo aquellas vivencias del exterior que se fijan en el interior de nuestra cabeza obedecen a un proceso de autoselección. Cómo permanecen luego así dormidas, inmóviles, y cómo, mientras duermen, continúan siempre pendientes de sí mismas. Tanto que uno sucumbe a ellas. Con independencia de que uno llegue a saber lo que vale la vida por sí mismo o por otros, de que conserve esa conciencia para sí mismo en forma de silencio o la haga salir del cerebro en forma de frase, el punto de origen de tal conciencia se pierde irremediablemente, sus propias intenciones no alcanzan a cumplirse. Lo que realmente vale la vida es algo que nunca logramos vislumbrar. Sólo vislumbramos frágiles creaciones del instante. Y provisionalidades construidas que apenas se sostienen hasta el paso siguiente.

Una vez, un niño de siete años se metió en el río de las afueras del pueblo a lomos de su caballo, y en la misma agua había muchos otros niños bañándose. El sol era lo único sobre sus cabezas y su propia piel lo único que llevaban sobre el cuerpo. Durante cierto tiempo, miraron con envidia al niño que llegaba a caballo. El vientre del caballo brillaba incluso antes de mojarse.

Cuando el caballo, en medio de los meandros del río, tiró al niño al suelo y lo pisoteó hasta matarlo, nadie quiso mirar. A los otros niños ya se les había pasado la envidia hacía rato y también hacía rato que cada uno tan sólo estaba pendiente de su propia piel mojada. No obstante, todos estaban allí cuando el caballo mataba al niño debajo del agua. También el padre del niño estaba presente. Estaba en la orilla, sacando paladas de arena. Aprovechaba el final del verano para construir una casa en la que pudieran vivir en invierno.

Hasta que no hubo cargado la arena en su camión, el padre no vio al caballo en el río sin el niño. Se tiró al agua con toda su vieja ropa puesta y buceó. Poco después sacó al niño muerto hasta la orilla y lo depositó en el suelo.

Unos cuantos niños vieron en aquel momento cómo una persona puede envejecer en un instante: en un abrir y cerrar de ojos, el cabello del hombre se volvió gris. Doce pares de ojos habían visto todo lo sucedido. Pero, al mismo tiempo, los niños no vieron nada que pudieran describir, no podían decir cómo había sucedido. Habían presenciado un proceso que era completamente transparente a la vez que un enorme espejismo: habían presenciado cómo la vida de aquel hombre se acercaba a su final de un modo similar pero también del todo distinto a la muerte de su hijo.

Aquel proceso lo mostraba todo y nada, igual que cuando alguien, en un único movimiento, se cubre los ojos con una manta gris que no existía antes de tal movimiento.

Luego, el hombre encanecido sacó al caballo del agua y lo ató con una cuerda a un nudoso manzano silvestre. Cogió el hacha del camión y empezó a golpear al caballo en la frente. Las pequeñas manzanas silvestres caían del árbol. El caballo, entre hachazo y hachazo, hasta que cayó al suelo, mantuvo la vista clavada en los ojos del hombre. Y éste siguió propinando hachazos al caballo caído hasta partirle el cráneo. El hombre no pudo parar hasta