Botín de guerra
I
En el principio fue la carne enlatada. Para ser más precisos: en el principio fue la guerra, la Segunda Guerra Mundial; el asedio de mi ciudad natal, Leningrado; la Gran Hambruna, que se llevó más vidas que todas las bombas, granadas y balas juntas. Y hacia el final del asedio, la carne enlatada procedente de América. Creo que la marca eraSwift, pero puedo estar equivocado; tenía solo cuatro años cuando la probé por primera vez.
Debía de ser el primer bocado de carne que nos llevábamos a la boca desde hacía mucho tiempo. Pero su sabor resultaba menos memorable que las propias latas. Altas, cuadradas, con una llave para abrirlas adherida a uno de los lados, constituían el testimonio de otros principios mecánicos, incluso de una distinta sensibilidad. Aquella llave, que permitía abrir la lata tirando de una lengüeta, suponía toda una revelación para un chico ruso: nosotros solo conocíamos los cuchillos. El nuestro era aún un país de clavos, martillos, tuercas y tornillos: en ello se sustentaba, y así iba a ser durante la mayor parte de nuestras vidas. Por este motivo nadie pudo explicarme entonces el método de precintado que usaban los fabricantes de aquellas latas. Ni siquiera hoy llego a comprenderlo del todo. Me quedaba mirando, con expresión de absoluta perplejidad, cómo mi madre despegaba la llave, enderezaba la pequeña lengüeta, la insertaba en el ojo de la llave y hacía girar esta última una y otra vez sobre su eje en el sentido de las agujas del reloj.
Mucho después de que su contenido se perdiera por las cloacas, estas latas altas, en cierto modo aerodinámicas en sus bordes (¡como pantallas de cine!), de color granate o marrón, con las etiquetas escritas con caracteres extranjeros, sobrevivían en las estanterías y alféizares de numerosas familias, en parte como objetos decorativos, en parte como útiles recipientes para lápices, destornilladores, rollos de película, clavos, etc. También se usaban a menudo como macetas.
Nunca más volvimos a ver aquel contenido gelatinoso ni unas formas como aquellas. Con el paso de los años el valor de las latas fue aumentando. En los intercambios de los escolares, al menos, constituían piezas de gran valor: a cambio de una de ellas podían conseguirse una bayoneta alemana, una hebilla de cinturón de marinero, una lente de aumento... Los cortantes bordes por donde se abría la lata fueron responsables de numerosas heridas en nuestros dedos. En tercer curso yo era el orgulloso propietario de dos de esas latas.
II
Si alguien sacó provecho de la guerra fuimos nosotros: sus niños. Aparte de haber sobrevivido a ella, conseguimos proveernos de un rico material con que dejar volar la imaginación o fantasear. A la habitual dosis infantil de Dumas y Julio Veme, se añadió, en nuestro caso, todo el equipo militar, siempre popular entre los muchachos; y muy especialmente en nuestro país, que resultó vencedor en la guerra.
Lo curioso es que para nosotros el material bélico más atractivo era el del otro bando, no el de nuestro victorioso Ejército Rojo. Teníamos siempre en los labios los nombres de los aviones alemanes –Junkers, Stukas, Messerschmidts, Focke-Wulfs–. Igual ocurría con los rif