I
Algo más de medio siglo hace que España se levantó del sepulcro en que yacía, y durante este espacio de tiempo han aparecido, han bullido, han pasado, han vuelto a aparecer con distintos trajes y en ocasiones diferentes, multitud de hombres, de sistemas, de partidos y de instituciones, como los delirios de la fiebre, como los actores y decoraciones de un teatro como un mundo de fantásticos sueños. Agarrados a las crines de la política, de ese caballo desbocado que lleva al país precipitada y vertiginosamente a través de abismos insondables, desde la revolución a la reacción, hombres, instituciones, sistemas y partidos han adelantado y vivido sin descansar años en horas, como Pecopin en el corcel del diablo. ¡Qué carreras y que transformaciones! En un mismo día hemos visto cruzar ante nuestros ojos a un mismo hombre ostentando alternativamente el gorro frigio, el chacó de miliciano y el sombrero apuntado de palaciego; hemos visto víctimas convertidas en verdugos, y verdugos convertidos en víctimas; hemos asistido a la monstruosa y rápida representación de un drama shakesperiano y de un entremés burlesco, ambos revueltos y entremezclados. ¿Qué imaginación no está cansada de tantos enredos, peripecias, chistes, lágrimas, héroes, mártires y tránsfugas como han llenado de confusión y ruido la escena? ¿Quién no se siente aturdido con tantos personajes y sucesos, con tantas elevaciones y caídas como ofrece el abigarrado al par que turbulento cuadro de nuestra historia contemporánea? Ha habido acontecimientos a medida de todos los gustos y de todos los deseos; guerras nacionales, invasiones, guerras civiles, regencias, combates en mar y tierra, constituciones, absolutismo, calabozos, destierros, patíbulos, tormentos, tumultos populares, insurrecciones militares, intrigas de cuartel, intrigas de palacio, asambleas avanzadas y retrógradas, pronunciamientos, asesinatos jurídicos, escarapelas, músicas, canciones, palizas, procesiones y arcos de triunfo: nada, nada ha faltado a este medio siglo, que ha sido al mismo tiempo una sátira y una epopeya.
Digo mal: faltábale para ser completamente grande, un sacudimiento nacional que no dejase en nuestra historia remordimiento alguno; una página elocuente que no estuviese escrita con la hiel de nuestras discordias y la sangre de la patria, herida siempre por sus propios hijos. Necesitábase que la energía de nuestra raza, gastada en estériles contiendas, rompiese las mezquinas ligaduras con que pretendían sujetarla los partidos, y se desplegara fuera; allí donde la llaman sus tradiciones, sus deseos, sus esperanzas, tal vez sus errores mismos. Para entrar dignamente en Europa, en el sentido diplomático de esta frase, éranos de todo punto indispensable pasar por África; levantar el pensamiento por encima de nuestras agitaciones intestinas, para lanzarle con el supremo esfuerzo de nuestros soldados, valerosos, sí, pero desconocidos del mundo, sobre esas salvajes costas que se divisan desde nuestras playas, en las tardes serenas del estío ¡nadie sabe si como una amenaza o como una aspiración!
Y este vigoroso sacudimiento estremeció las fibras de España cuando acaso se esperaba menos. No entraré en aclaraciones sobre si la guerra se anticipó, o sobre su conveniencia en el orden material, porque no es este el objeto que pone la pluma en mis manos. Confieso ingenuamente que la cuestión de África no se ha discutido, se ha sentido; al primer anuncio de guerra se removieron en sus tumbas las cenizas de nuestros antepasados, y el espíritu de raza que pasa de generación en generación como un río por su cauce, sin agotar nunca sus ondas, encendió la sangre en nuestras venas, y aceleró los latidos de todos los corazones. Yo seguí con júbilo el impulso general, no sólo porque resonaba en mi alma como en la del pueblo la arrebatadora voz de nuestras cristianas tradiciones, sino porque conocía, según antes he dich