Capítulo I. Contiene la descripción de Cartagena del Perú hasta el pueblo de Mahates, con las cosas singulares que en este distrito se hallan singulares
La ciudad de Cartagena está situada en una playa de arena, dentro de un puerto llamado Bocachica, cuyo término es muy propio, porque la boca de dicho puerto es tan chica que dos naves de guerra a la par no pueden pasar juntas. Dentro es muy grande, y tanto, que alrededor tendrá sobre tres leguas. En la bocana tiene una fortaleza y una torre, donde se pone de noche un farol para guía de los navegantes. Y en la fortaleza el estandarte con las armas del Rey de España. A mano izquierda, ya dentro del puerto, hay dos fortalezas, y en medio, en la mitad del puerto, hay otra fortaleza en un escollo de peña, llamado El Pastelillo.
A la mano derecha, a un lado de la ciudad, sobre de un elevado cerro, que predomina la ciudad y el puerto, hay un fuerte castillo, que llaman San Lázaro. Este cerro en la mitad se divide en dos; y sobre el otro hay un Santuario, que es convento de religiosos agustinos, cuya patrona es un simulacro de la Virgen Nuestra Señora llamada la Virgen de la Popa, muy milagrosa, especialmente en favorecer a los navegantes.
Y ya por ser honra de dicha Señora contaré el milagro que con nosotros obré. El año de 1756, a mitad de enero, partí del puerto de Cádiz para Cartagena, alistado a una misión que iba al colegio de la Virgen de Gracia, cito en la ciudad de Popayán, del Nuevo Reyno de Granada, en el Virreynato de Santa Fe, y pertenece a la Provincia de Quito, con una fragata del Marqués de Casa Madrid, llamada El césar. La misión conducía de Comisario un religioso lego español montañés llamado Fr. Lope de San Antonio. Eramos catorce compañeros sacerdotes, el Comisario y cuatro donados.
A los ocho días de navegación llegamos a vista de las islas Fortunatas, que vulgarmente llaman Canarias, y dejándolas a mano izquierda, nos engolfamos por el golfo que por lo apacible de aquel mar llaman el Golfo de las Damas. A los veinte y dos días de navegación nos sobresaltó un temporal con viento de proa, que fue preciso coger todas las velas, excepto el trinquete. Al mismo tiempo el cielo se desgajaba en agua, nieve y granizo, con tal tenacidad, que siendo ya el clima, clima sobremanera cálido, nos helábamos de frío. Todos los Padres estaban tendidos mareados en la cámara de abajo, que se les salía de vómito el estómago, y sólo atendían a confesarse y hacer actos de contrición. Sólo yo, y otro llamado el P. Jacinto, hijo de la Recolección de la Aguilera, nos manteníamos en pie. Ellos todo era rogarme intercediese con el capitán para que virando de bordo nos volviéramos para España.
Esta especie se la administraron varios mercaderes españoles que aterrados del temporal, querían persuadir que los pilotos aprobasen que de pasar adelante habíamos de naufragar. Yo les reconocí bastante miedo, porque cada rato me llamaban para conjurar la tempestad. Y para ello era menester que entre cuatro marineros me sostuviesen agarrado en lo interim que yo hacía los conjuros.
El mar desde el principio empezó a oliscar un olor marisco tan fastidioso, que nos revolvía el estómago; y esto es el origen de los mareos a los poco versados a navegar. Yo ya a más de haberme criado en puerto de mar, estaba curtido a la navegación, y había experimentado en el Golfo de León la tempestad del año anterior de 1755 el día de Todos los Santos, cuando el mar se quiso tragar a Cádiz, como se había tragado en el Perú el Callao. Fue muy mayor el temporal, y duró sin ver Sol ni Luna treinta y ocho días; y