La Atlántida
I
El ignorante, de poco o de nada se admira. Poco o nada despierta su curiosidad. El que sabe algo es quien siente el estímulo de saberlo todo. Y como no es posible que el hombre todo lo sepa, la admiración y la curiosidad persisten siempre y hasta van en aumento a par del progreso y difusión de la cultura.
Cada nuevo objeto que conocemos nos abre extensos horizontes y campos misteriosos donde se nos aparecen mil y mil enigmas, pidiendo a nuestro espíritu que los descifre.
No bien se supo que había un dilatadísimo continente, separado de las costas occidentales de Europa y África por un ancho océano, y del oriente de Asia por otro océano más ancho, la esfinge que tiene obsesas las almas pensadoras, el demonio tentador que nos excita a investigar y a discurrir, nos hizo esta pregunta: ¿Cómo se ha poblado América? Muchas respuestas se le han dado, sin que ninguna nos satisfaga y aquiete; pero como bastantes nos deleitan por ingeniosas, no me parece que esté mal exponerlas aquí en resumen.
Sin duda que, si imaginásemos y creyésemos que los hombres habían aparecido en diversos puntos de la Tierra, no sería necesario cavilar sobre cómo fueron peregrinando, a fin de poblarla toda; pero esto, según se dice, no puede aceptarse porque se opone a la fraternidad humana, dogma importantísimo en la religión que sirve de base a la civilización europea.
No me incumbe explicar en este sitio cómo el saber experimental o si se quiere, la opinión de los sabios más ilustres, coincide con el dogmatismo de la Iglesia en afirmar la unidad de origen de nuestro linaje. Lo que sí considero indiscutible es que en las edades pasadas, los pensadores no se detenían tanto como ahora en ver si sus asertos contradecían o no los de la fe. Estaba ésta tan arraigada y tan firme, que nada era bastante a conmoverla.
La imaginación daba por realidad todos sus ensueños, y cuando el ensueño no se apoyaba en la religión para pasar por realidad, rara vez la religión se oponía que pasase por realidad el ensueño. Al contrario: ¿qué es aquello que por inaudito y maravilloso no quepa dentro de la omnipotencia divina y no valga para ensalzarla? Lo posible, pues no tenía límites, y no había cosa que no se aceptase como verdad, candorosamente, para mayor alabanza y gloria del Creador de todo.
Esta predisposición de los espíritus prevaleció en la Edad Media y persistió en la época del Renacimiento, y aun, durante el siglo XVII, casi hasta nuestros días. La exploración de tierras y mares y el testimonio ocular de los viajeros no bastaron a acabar de súbito con los seres prodigiosos. Para darles albergue siempre quedaban inexploradas comarcas, insuperables cordilleras, islas remotas y selvas esquivas. Duró, pues, mucho tiempo la persuasión, apenas tildada de herética, de que hubo y hay tribus castas y naciones, que no deben proceder de Adán y de Eva, como no se suponga en nuestros primeros padres (y no faltó quien lo supusiese) una virtud generadora pasmosamente multiforme, o en los diversos climas cierto vigor irresistible para transformar la condición natural del hombre primitivo, o en éste rara afición en enlaces híbridos y la capacidad de hacerlos fecundos.
Pocos hombres, aun entre los más estudiosos e ilustrados, llegan hasta el extremo de esceptismo de negar la existencia de los gigantes. Luis Vives habla de un colmillo de san Cristóbal que era tan grueso como su puño; y el padre Fuente de la Peña tuvo en la mano una muela de otro gigante, la cual pesaba siete libras. Pero todo ello era pequeñez comparándolo con la enormidad de otro gigante del tiempo de Moisés, de quien el citado padre nos habla; porque «siendo Moisés —dice— de estatura de diez codos, y teniendo en su mano una pica de otros di