En la lengua de mi pueblo –así me lo parecía de niña– todo el mundo a mi alrededor disponía de las palabras para aplicarlas directamente a las cosas que designaban. Las cosas se llamaban justo como lo que eran y eran justo como se llamaban. Un acuerdo cerrado para siempre. Para la mayoría de la gente no había ningún resquicio entre palabra y objeto a través del cual mirar para toparse con la nada, como si uno se escurriera de su propia piel y cayera en el vacío. Las acciones cotidianas eran instintivas, trabajo manual aprendido sin palabras, la cabeza no acompañaba a las manos por sus caminos pero tampoco tenía caminos propios, distintos. La cabeza estaba para dar soporte a los ojos y oídos, que sí hacían falta para trabajar. El dicho popular: «Tiene la cabeza sobre los hombros para que, cuando llueve, no le entre agua por el cuello» podía aplicarse a la vida cotidiana de todos. ¿O acaso no? ¿Por qué si no, cuando era invierno y no se podía hacer nada a la intemperie, cuando mi padre pasaba días y días borracho como una cuba, aconsejaría mi abuela a mi madre: «Cuando creas que no aguantas más, ponte a organizar el armario»? Trajinar con la ropa de un lado para otro y así desconectar la mente. Mi madre debía sacar sus blusas y las camisas de mi padre, sus medias y los calcetines de él, sus faldas y los pantalones de él, y volver a doblar, apilar o colgar unas prendas junto a otras. Recién reunidas, las prendas de ambos habrían de impedir que las cogorzas acabasen con el matrimonio.
Las palabras sólo acompañaban el trabajo cuando se hacía algo en grupo y uno dependía de la acción del otro. Aunque tampoco era siempre así. El trabajo más pesado, como cargar sacos, roturar o picar la tierra, segar con la guadaña, era una escuela del silencio. El cuerpo ya estaba lo bastante al límite como para perder energías hablando. Veinte o treinta personas juntas podían pasar horas en silencio. A veces, al verlos, me daba la sensación de estar contemplando cómo la gente olvidaba lo que es hablar. Cuando terminen de darse semejante paliza trabajando, habrán olvidado todas las palabras.
Lo que se hace no requiere ser duplicado por la palabra. Las palabras entorpecen los movimientos de las manos, son un estorbo para el cuerpo... eso me era conocido. Sin embargo, la falta de correspondencia entre lo que sucede en el exterior, en las manos, y en el interior, en la cabeza, la conciencia de estar pensando algo que no debes pensar y que nadie te creería capaz de pensar... eso es algo muy distinto. Sólo pasaba cuando aparecía el miedo. Yo no era más miedosa que otros, tendría, al igual que ellos, el mismo montón de motivos inmotivados para tener miedo, motivos urdidos en mi propia cabeza, figurados por mí. Ahora bien, que el miedo sea figurado no tiene nada que ver con sus efectos; cuando uno ha de convivir con él, es un miedo igual de real que los miedos con motivaciones externas de verdad. Curiosamente, como es un miedo construido en el interior de la cabeza podría denominarse un miedo sin cabeza. No tiene cabeza porque no obedece a ninguna causa y no conoce remedio. Emil M. Cioran decía que los momentos de miedo inmotivado son los que más hondo llegan a la existencia. La repentina búsqueda de sentido, la fiebre de los nervios, el temblor del espíritu ante la pregunta: ¿qué vale mi vida? Esta pregunta se imponía sobre lo cotidiano, resaltaba frente a los instantes «normales». Yo no pasaba hambre ni tenía que caminar descalza, por las noches me acostaba en sábanas limpias y tan planchadas que crujían. Antes de apagar la luz incluso me cantaban: «Antes de echarme a dormir,/ oh, Señor, alzo mi corazón hacia ti». Luego, en cambio, la estufa de cerámica junto a mi cama se convertía en una torre de agua, la que había en la linde del pueblo con el vino salvaje. Todavía no conocía el bello poema de Helga M. Novak: «El vino salvaje en torno a la torre de agua se tiñe por entero,/ cuando se marchita es como los labios inferiores de los soldados». La oración que pretendía calmarme y arrullarme para dormir tenía el efecto contrario, me incitaba