: Michelle Perrot
: Historia de las alcobas
: Ediciones Siruela
: 9788498416589
: El Ojo del Tiempo
: 1
: CHF 8.90
:
: Geschichte
: Spanish
: 512
: Wasserzeichen
: PC/MAC/eReader/Tablet
: ePUB
Premio Femina de Ensayo 2009 «El descanso y el amor, el nacimiento y la muerte... Todo, o casi todo, sucede en la intimidad de una alcoba. La historiadora Michelle Perrot cuenta la formidable historia de este lugar donde transcurre el teatro de la existencia.» Emmanuel Hecht, L'ExpressCuando visitamos un colegio, un hotel, un cuartel, un convento o un hospital, e incluso cuando estamos en nuestra propia casa, encontramos natural el hecho de que haya habitaciones (alcobas, cámaras, estancias, gabinetes, tocadores...). Sin embargo, ¿sabemos cuál es el origen y la historia de un lugar tan frecuentado por todos?Este ensayo, que da comienzo de una forma majestuosa en la cámara de Luis XIV, nos lleva desde la Antigüedad a nuestros días y desde la habitación de los niños o de las jovencitas hasta la angosta realidad de las celdas, pasando por el dormitorio de una dama, el harén oriental, la alcoba de una doncella o el pequeño salón de recibir de la cortesana más refinada...    Por sus páginas fluyen sutilmente la mística (y a veces el erotismo) de los conventos para muchachas, el imaginario de los cuentos infantiles y sus maravillosas camas con dosel, el exquisito trastorno de los sentidos al entrar en una alcoba con el ser amado...

Michelle Perrot (París, 1928) es doctora en historia por la Sorbona y profesora emérita de la Universidad París VII-Denis Diderot. Sus investigaciones abarcan diversos ámbitos: el movimiento obrero, el sistema penitenciario y, sobre todo, la historia de las mujeres. Ha dirigido, junto a Georges Duby, la Historia de las mujeres en Occidente y uno de los tomos de la Historia de la vida privada. Por su labor investigadora, ha sido distinguida como Chevallier de la Légion d'Honneur, y Officier de l'Ordre National du Mérite.

Música de cámaras


¿Por qué escribimos un libro?

¿Y por qué escribir precisamente este libro sobre alcobas, un tema extraño que ha sorprendido a muchos de mis interlocutores, vagamente turbados al verme deambular por esos lugares tan sospechosos? Razones personales, que ni siquiera yo tengo muy claras, explican probablemente mi respuesta, bastante espontánea, a la «solicitud» de Maurice Olender, que se preguntaba qué libro podría yo escribir. Un cierto gusto por la interioridad, inspirado en la mística de los conventos para muchachas –del que más tarde comprendería hasta qué punto estaba impregnada por la época clásica–, el imaginario de los cuentos y sus maravillosas camas con dosel, la enfermedad vivida durante la guerra en la soledad angustiosa de una gran casa chejoviana, la sombra fresca de la siesta en los calurosos veranos de un Poitou cuasi español, la turbación sentida al entrar en una habitación con el ser amado, el placer de cerrar la puerta en un hotel de provincias o del extranjero tras un día sobrecargado y repleto de palabras vacías o inaudibles. Son éstas las razones, profundas o frívolas, de la elección de un lugar lleno de intrigas y recuerdos. Mis propias experiencias sobre habitaciones inundan por completo este relato. Pero cada uno de nosotros tiene las suyas, y este libro es una invitación a regresar a ellas, porque son muchos los caminos que conducen a una habitación: el nacimiento, el reposo, el sueño, el deseo, el amor, la meditación, la lectura, la escritura, la búsqueda de uno mismo o de Dios, la reclusión voluntaria o forzada, la enfermedad, la muerte... Desde el parto hasta la agonía, es el escenario de la existencia, o al menos de sus mecanismos, en el que los cuerpos, despojados de máscaras, se abandonan desnudos a las emociones, a la pena, a la voluptuosidad. Pasamos en ellas casi la mitad de nuestra vida, la más carnal, la más adormecida, la más nocturna, la del insomnio, la de los pensamientos errantes, la de los sueños, la de la ventana al inconsciente e, incluso, al más allá; y ese claroscuro refuerza su atractivo.

En estas diagonales se asientan varios de mis centros de interés: la vida privada, que allí se resguarda de forma distinta en las diferentes épocas; la historia social de la vivienda, la de los trabajadores deseosos de encontrar una «habitación en la ciudad»; la de las mujeres que buscan una «habitación propia»; la historia carcelaria polarizada por la celda; la historia estética de los gustos y los colores, descifrada en la acumulación de objetos e imágenes, y los cambios de decoración, el paso del tiempo que les es consustancial, que no es el tiempo que pasa, como decía Kant; sino las cosas. La habitación cristaliza las relaciones entre espacio y tiempo.

El microcosmos de la habitación también me atraía por su dimensión estrictamente política, tal como destacaba Michel Foucault: «Sería necesario escribir una historia de los espacios, que sería, al mismo tiempo, una historia de los poderes, desde las estrategias de la geopolítica hasta las pequeñas tácticas del hábitat, de la arquitectura institucional, de las aulas o de la organización hospitalaria. [...] El anclaje espacial es una forma político-económica que debe ser estudiada en detalle»1. En ese sentido, y siguiendo a Philippe Ariès, Foucault tomaba el ejemplo de la especialización de las habitaciones como signo de la aparición de nuevos problemas. En esas «pequeñas tácticas del hábitat» que son el tejido de los pueblos, en el acondicionamiento de la ciudad, de la residencia, de la casa de campo, del inmueble, del apartamento, ¿qué representa la habitación? ¿Qué significa en la larga historia de lo público y de lo privado, de lo doméstico y de lo político, de la familia y del individuo? ¿En qué consiste la economía «política» de la habitación? La habitación como átomo, como célula, remite a todo aquel