: Edward Hollis
: La vida secreta de los edificios Del Partenón a Las Vegas en trece historias
: Ediciones Siruela
: 9788498418941
: El Ojo del Tiempo
: 1
: CHF 10.80
:
: Architektur
: Spanish
: 396
: Wasserzeichen
: PC/MAC/eReader/Tablet
: ePUB
«Hollis combina una actitud iconoclasta con un brillante estilo para crear una especie de contrahistoria de la arquitectura y narra la biografía posterior de esos 'maravillosos y quiméricos monstruos' que son los edificios.»Washington Post«En el libro de Hollis hay pasión y compromiso; tras leerlo volvemos al mundo más observadores y rebosantes de preguntas.»The Times Literary Supplement Un edificio nace con la expectativa de permanecer para siempre, pero un edificio es un ser voluble: es habitado y modificado, y su existencia habla de una constante y curiosa transformación. Edward Hollis vuelve a imaginar la historia de la arquitectura de una forma radical y hace un seguimiento de trece edificios para revelarnos la historia oculta del Partenón y la Alhambra, de la catedral de Gloucester y Santa Sofía, de Sans Souci y Notre Dame de París, del Templo Malatestiano y Loreto. Pero también explora monumentos recientes, desde los legendarios Hulme Crescents de Manchester hasta el Muro de Berlín y los parques temáticos de fibra de vidrio de Las Vegas.

Edward Hollis nació en Londres en 1970 y estudió arquitectura en las Universidades de Cambridge y Edimburgo. Durante un año colaboró en Sr¯? Lanka con el famoso arquitecto Geoffrey Bawa y, después, de vuelta en Escocia, pasó a formar parte de un estudio de arquitectura, donde trabajó en reformas radicales de edificios como algunas villas victorianas, una antigua fábrica de cerveza o un ayuntamiento. En la actualidad ejerce como profesor de Arquitectura de Interiores en el College of Arts de Edimburgo. La vida secreta de los edificios es su primer libro.

El sueño del arquitecto

Érase una vez un arquitecto que tuvo un sueño. La cortina de su salón burgués se rasgó y él se encontró recostado en lo alto de una colosal columna, desde donde divisaba un gran puerto. En una colina cercana, la aguja de una catedral gótica se elevaba por encima de los puntiagudos cipreses de un oscuro bosque; al otro lado del río, una luz dorada bañaba una rotonda corintia y los arcos de ladrillo de un acueducto romano. El acueducto se alzaba sobre una columnata griega, delante de la cual una procesión conducía desde la ribera hasta un ornamentado templete jónico. A lo lejos, la figura de un templo dórico se acurrucaba bajo un palacio egipcio y, detrás de todos estos edificios, un velo de neblina y un jirón de nube envolvían la Gran Pirámide.

Fue un momento de quietud absoluta. Una perspectiva en el tiempo se había convertido en una perspectiva en el espacio, conforme el pasado retrocedía de una manera ordenada, un estilo tras otro, desde la cortina del salón del presente hasta el horizonte de la Antigüedad. La alta Edad Media ocultó en parte el esplendor clásico; la magnificencia romana se levantaba sobre los cimientos de la razón griega; la gloria de Grecia quedaba ensombrecida por la arquitectura primigenia de Egipto. Aquella selección de edificios formaba un canon arquitectónico: cada ejemplo ofrecía al arquitecto inspiración, consejo y advertencia sacados del tesoro dorado de la Historia.

Todos los grandes edificios del pasado habían resucitado en un monumental día del éxtasis. Todo había sido creado de nuevo y ni las inclemencias del tiempo, ni la guerra, ni el errabundo gusto habían dejado su marca en la escena. Todo estaba fijado tal como había sido concebido: cada edificio era una obra maestra, una obra de arte, un pasaje de música congelada, no deteriorado por las componendas, los errores o la desilusión. No se podía agregar ni quitar nada sin empeorarlo. Todos los edificios eran hermosos, su forma y su función se hallaban en perfecto equilibrio.

Esa escena era lo que la arquitectura fue, es y debe ser. Pero justo antes de despertar el arquitecto se dio cuenta de que estaba soñando y recordó las palabras de Próspero al despedir al reino de espíritus que ha invocado, al final deLa tempestad:

Las torres coronadas de nubes, los suntuosos palacios, los templos solemnes, el inmenso globo mismo y todo cuanto contiene se disolverá y, lo mismo que se ha desvanecido esta apariencia insustancial, no dejará nada tras de sí: estamos hechos de la misma materia que los sueños y nuestra corta vida se cierra con un sueño.

El sueño del arquitecto lo tuvo un emigrado del Viejo Mundo al Nuevo. Thomas Cole nació en Lancashire en 1801, pero pasó su vida adulta entre los riscos y bosques del valle del Hudson, al norte de la ciudad de Nueva York, donde pintó imágenes de una Arcadia todavía no enterrada bajo torres, palacios y templos. Cole no podía evitar pensar en el Viejo Mundo que había dejado atrás y sabía que algún día el Nuevo Mundo llegaría a parecerse a él. Su ciclo pictórico tituladoEl curso del Imperio representa el valle del Hudson en cinco etapas diferentes:El estado salvaje, El estado arcádico o pastoril, La consumación del Imperio, La destrucción del Imperio yDesolación. En estas cinco imágenes, un bosque virgen al amanecer se convierte en una gran ciudad a mediodía. Al anochecer es un confuso montón de piedras, blanqueado por una luna pálida.

En 1840, el arquitecto Ithiel Town encargó a Cole la pinturaEl sueño del arquitecto y le pagó en libros de muestras. A Town no le gustó mucho el cuadro, pero éste llegó a ser considerado la obra maestra de Cole. El panegírico fúnebre de Cole lo ensa